Asturias Liberal > Aportaciones > ¿Poder frente a norma? Trump no es causante sino síntoma de un mundo que muere y otro que pugna por nacer

 

El dilema, así en abstracto, es falso, aunque siempre sucede que el poder es anterior y la norma es posterior.

Y si usted sigue siendo un europeo bienpensante y aún sigue aferrado a la ilusión de la norma, tenga en cuenta esta premisa: 

Primero alguien puede y luego justifica.

La norma nace como intento de encauzar el poder, de convertir la fuerza y la arbitrariedad en previsibilidad y procedimiento.

Durante décadas —sobre todo en Europa— se creyó que la norma había vencido definitivamente, que el derecho internacional sustituía al equilibrio de fuerzas, que los tratados reemplazaban a la disuasión y que las instituciones hacían innecesaria la crudeza de la geopolítica. Era una ilusión elegante.

El mundo actual ha desmontado esa comodidad.

Cuando el orden se vuelve multipolar, el poder reaparece como estructura básica. No se trata de barbarie. Tildarlo como tal es mero frase de telenovela.

  • •Los Estados y, por extensión, los humanos, no se mueven por argumentos sin incentivos sino por incentivos a los que dan forma argumental.
  • •Tampoco se alinean por moral, sino por un interés al que legitiman con una moral.
  • •El argumento, la norma y la moral funcionan cuando el poder la respalda y se diluyen cuando el respaldo desaparece.

PERO eso no significa que la norma haya desaparecido. Significa solamente que ha perdido hegemonía.

Y los actores visibles lo demuestran:

  • •China centraliza y ejecuta.
  • •Rusia instrumentaliza reglas según conveniencia.
  • •India combina mayoría electoral con identidad estratégica.
  • •Estados Unidos oscila entre constitucionalismo robusto y tentaciones de hiperliderazgo.
  • •Israel actúa como si la supervivencia fuera la norma suprema y en el fondo es la expresión del más extremo realismo.

Pero incluso en este escenario, la norma no ha sido abolida. Sigue microfuncionando:

•Los contratos siguen firmándose.
•Los tribunales emiten sus fallos.
•Las constituciones continúan organizando elecciones.
•Los mercados aspiran a más seguridad jurídica.

Y es que la norma no ha muerto; se ha replegado del escenario central.

Lo que vivimos no es una victoria definitiva del poder sobre la norma, sino una fase de transición en la que la norma anterior ha perdido su capacidad de universalidad, mientras el nuevo equilibrio aún no ha cristalizado.

Durante la hegemonía occidental, poder y norma estaban alineados: quien dominaba definía reglas que parecían universales. Cuando esa hegemonía se fragmenta, las reglas dejan de parecer neutrales y se perciben como expresiones de un poder parcial. Ahí comienza la erosión.

Ningún orden complejo puede sostenerse indefinidamente en pura fuerza, ni la pura argumentación normativa se sostiene en el aire.

El poder que aspira a durar necesita producir legitimidad, previsibilidad, reglas. Y todas éstas se apoyan inevitablemente, en un poder victorioso.

  • •Roma lo hizo.
    •Westfalia lo hizo.
    •El orden de 1945 lo hizo.

La cuestión no es si volverá la norma sino qué norma emergerá de la redistribución actual del poder.

Probablemente no será el universalismo jurídico-moral de finales del siglo XX ni tampoco será una anarquía permanente.

Lo más más verosímil es que surjan espacios normativos diferenciados: bloques regionales, estándares tecnológicos compartidos, acuerdos de disuasión tácitos, reglas sectoriales que hoy parecen técnicas y mañana serán estructurales.

Estamos en el momento peligroso en que el guion viejo ha perdido autoridad y el nuevo aún no se ha escrito. Por eso el teatro visible es el del poder.

Pero el poder, cuando se estabiliza, siempre produce arquitectura normativa. No por idealismo, sino por necesidad de duración.

El poder crea los hechos consumados y las guerras mientras que la norma organiza esos hechos en cuanto interesen al ganador, o a los ganadores, el tiempo que les convengan.

¿Qué los hechos cambian? Las normas, también. 

Esta fase del mundo no es el triunfo definitivo del poder ni el ocaso de la norma. Es el intervalo en que la norma anterior microfunciona mientras el poder redibuja el mapa que dará lugar a nuevas reglas.

En ese intervalo tenso e inestable vivimos y, por más que duela, España e Hispanoamerica son meras comparsas al albur de la tormenta.

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