El Derecho Internacional no pudo ni puede acabar con los regímenes que lo conculcan. Por tanto este Derecho resulta inservible. Esto es lo que ha ocurrido.
El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes ha provocado en España una reacción previsible: condena de la acción unilateral, apelación al derecho internacional, llamamientos a la desescalada y reproche al belicismo.
No sorprende esta enésima manifestación de incapacidad, pero sí resulta revelador el marco ideológico desde el que se ha formulado ese discurso: la presunción de que el sistema internacional sigue organizado en torno a la impotente idea de que dialogar bajo normas obsoletas resulta útil. Los hechos muestran que el poder precede hoy a la norma y no al revés y los europeos olvidan que el actual entramado de leyes internacionales Derecho surgió para imponer un poder, el anglosajón, y hoy resulta una tara para éste y los demás poderes que surgen hoy en competencia.
La norma como comentario, no como arquitectura
El Gobierno, por boca de Pedro Sánchez y del ministro Albares, ha rechazado la acción “unilateral” y ha reclamado respeto a la legalidad internacional. También ha declarado su apoyo, verbal por supuesto, al pueblo iraní y a las mujeres a las que subyuga.
No ataquemos a Irán y pidamos los clérigos que dejen de ser lo que son. Es lo que viene a decir en un mensaje absurdo dirigido a españoles ingenuos.
El derecho internacional no impidió el ataque, ni lo condicionó, ni generó disuasión suficiente. Y no fue así porque entre sus vicios más relevantes está, estaba, el de considerar soberanos a todos los Estados sea cual sea su naturaleza.
Aparecen declaraciones europeas como retórica hueca por si se logra desmerecer un acto de pura supervivencia como el que Israel ha liderado el 28 de febrero de 2026.
Moralidad selectiva, antisemitismo y antiamericanismo estructurales
La extrema izquierda ha insistido en la ilegalidad del ataque y en la necesidad de reforzar la legalidad internacional. Sin embargo, esa defensa abstracta de la norma convive con una llamativa tibieza a la hora de denunciar la naturaleza represiva del régimen de los ayatolas: ejecuciones, persecución de disidentes, opresión sistemática de mujeres y supresión de libertades básicas.
La asimetría es constante: la indignación legalista se activa frente a Washington o Jerusalén, pero se diluye cuando el actor es Teherán. Esa aplicación selectiva de los derechos humanos sugiere que bajo la retórica normativa opera un sustrato más simple: un antiamericanismo patológico, un castillo mental que sustituye al análisis del caso concreto.
Y un antisemitismo surgido por el mero hecho de la alianza judía en torno a quien asegura su existencia: los EE.UU.
Europa: ambición estratégica sin poder suficiente
Mientras tanto, Europa habla de autonomía estratégica y de actor geopolítico, pero sigue dependiendo de estructuras militares que no controla plenamente.
No reivindica ya la centralidad del derecho internacional, ni defiende la soberanía de Irán. Esto casi es un avance en su lenta caída del caballo del multilateralismo.
Eso sí, pide la desescalada del conflicto y lo hace por una evidente razón: le falta la capacidad militar para hacer algo más efectivo, como, por ejemplo, apoyar el ataque a la República Islámica y estar preparado para esa escalada que teme por impotencia.
La utopía en sentido etimológico
Utopía, en su sentido etimológico, significa “no-lugar”. Europa y España hablan desde ese no-lugar cuando presuponen que pueden ordenar un sistema cuya jerarquía ya no controlan.
La posición europea —y española— es un insulto a la realidad y cuando se niega ésta, el resultado es simplemente inmoral.
El idealismo, esa enfermedad de la razón que rechaza sus consecuencias, no consiste en defender principios, sino en suponer que los principios bastan sin poder que los sostenga y sin coherencia en su aplicación. Creencia letal.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
