“La historia me absolverá”, proclamó Fidel Castro en 1953. Décadas después, el balance histórico no apunta a absolución alguna, sino a una profunda condena moral, política y material del castrismo. Que Fidel y los que le siguen llorando acaben cubiertos por la mayor de las ignominias.
En 1953, ante el tribunal que lo juzgaba tras el asalto al cuartel Moncada, Fidel Castro pronunció una frase que pretendía convertirse en profecía: “La historia me absolverá”.
Con ella cerraba un alegato que más tarde se transformaría en el texto fundacional del castrismo. Era una promesa política envuelta en tono épico: la revolución como redención, Cuba como laboratorio de justicia social, el futuro como absolución.
La historia, sin embargo, no suele comportarse como un registro de ilusiones. Suele ser más bien el juez severo de los resultados. Y el resultado de aquella promesa fue exactamente el contrario de lo anunciado.
Del paraíso prometido al infierno real
La revolución que prometía un paraíso de dignidad y prosperidad terminó convirtiendo la isla en un infierno económico y social. En lugar de liberar al pueblo cubano de la explotación, instauró un sistema donde la supuesta explotación del hombre por otros hombres, se convirtió en la explotación del cubano por el propio aparato del Estado revolucionario.
No era la emancipación lo buscado, fue el monopolio de la explotación.
La economía cubana, que antes de 1959 figuraba entre las más dinámicas de América Latina, fue sometida a una destrucción sistemática de sus recursos productivos:
- •empresas expropiadas,
- •agricultura devastada,
- •industria paralizada
- •y una sociedad entera reducida a la dependencia.
Lo que no producía Cuba debía conseguirse por otra vía: la extorsión geopolítica internacional.
No fue una economía de creación de riqueza, sino un sistema de destrucción interna compensado por subsidios externos, dependencia política y chantaje estratégico.
Ese fue el verdadero modelo económico del castrismo.
Exportación del terror, subsidios y privilegios
Exportar revolución, guerrillas y desestabilización a cambio de petróleo, subsidios y créditos externos. Primero de la Unión Soviética; después de Rusia; más tarde de Venezuela y de una larga lista de gobiernos dispuestos a financiar la supervivencia del régimen.
Mientras tanto, la estructura empresarial militar del poder —encarnada en GAESA, el conglomerado económico de las Fuerzas Armadas— administraba hoteles, divisas y negocios estratégicos, asegurando el alto estatus de la cúpula gobernante.
Todo ello mientras el régimen seguía cantando su propia propaganda:
El trovador oficial Carlos Puebla entonaba aquello de que la revolución luchaba contra quienes estaban “contra el pueblo conspirando para seguirlo explotando”.
La ironía histórica es brutal: nunca el pueblo cubano fue tan explotado como bajo el sistema que afirmaba liberarlo.
1962: cuando Kennedy y Jrushchov evitaron la guerra que Fidel deseaba

Quizá uno de los episodios más reveladores de esa lógica fue la crisis de los misiles de 1962. Cuando Nikita Jrushchov y John F. Kennedy alcanzaron un acuerdo que evitaba una guerra nuclear, Fidel Castro no celebró el alivio del mundo. Al contrario: se indignó.
Había pedido a Moscú, como Moscú desvelo después, que lanzara los misiles contra ciudades estadounidenses, pues el «gran Fidel» prefería la devastación nuclear antes que renunciar a su lucrativa apuesta de odio y revolución.
Ese rasgo —la disposición a sacrificarlo todo, incluso a su propio pueblo— define mejor que cualquier discurso la naturaleza del régimen.
Quien dice gobernar en nombre del pueblo y acepta su posible aniquilación nuclear no actúa como libertador: actúa como verdugo ideológico.
El jineterismo social y el jineterismo de Estado
Porque el castrismo también desarrolló una única forma de supervivencia de «la revolución»: el jineterismo.
En Cuba, el término designa la práctica por la cual muchas mujeres —y también hombres— recurren a la seducción o la prostitución con turistas extranjeros como forma de subsistencia.
No es una tradición gloriosa; es una estrategia desesperada en una economía colapsada. Y fue el propio sistema quien la amplificó.
Y es que Fidel Castro practicó la versión geopolítica de ese mismo fenómeno. Vendió lo que tenía a mano: mano de obra médica enviada al extranjero, la posición estratégica de la isla, la exportación de cuadros políticos y militares, todo ello a cambio de subsidios, petróleo o créditos que jamás fueron devueltos. Un jineterismo de Estado.
La absolución que nunca llegó
Por eso hoy, cuando se examina el balance de aquella revolución, la frase de 1953 suena menos a profecía que a lo que siempre fue: un epitafio equivocado.
No, Fidel, la historia no te absolvió, la historia te condenó. Y que tú y los que te siguen llorando acabéis entre la mayor de las ignominias históricas.
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La crisis de los misiles de 1962

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
