El expresidente acierta al señalar que la división de la derecha favorece al PSOE, pero su intento de aislar a Vox revela algo más profundo: la política española funciona hoy como un triángulo de relatos enfrentados que, al mismo tiempo, se alimentan mutuamente. Y ahí reside el drama estratégico de la derecha.
Aznar, Sánchez y Abascal protagonizan tres narrativas que chocan entre sí, pero también se refuerzan. El sistema electoral, la rivalidad PP-Vox y los incentivos de cada bloque ayudan a explicar por qué España puede acabar repitiendo un resultado parecido al de 2023.
Hace unos días, José María Aznar formuló una idea que, leída deprisa, parecía una simple andanada contra Vox. Pero leída con un poco más de atención, contenía una intuición bastante más seria sobre el funcionamiento del sistema político español.
Según el expresidente, el PSOE gana con la división de la derecha y Vox no tiene verdaderos incentivos para pactar con el PP. La primera afirmación mira al resultado. La segunda, al mecanismo. Juntas componen algo más que una crítica coyuntural: abren la puerta a una radiografía incómoda del tablero español.
Porque lo que aparece ahí no es solo una disputa entre partidos de un mismo espacio ideológico. Lo que aparece es una estructura triangular.
- •Sánchez necesita a Vox como antagonista.
- •Vox necesita al sistema como enemigo.
- •Y el PP necesita combatir a ambos para presentarse como única salida institucional.
Cada uno quiere debilitar al otro, sí, pero al mismo tiempo cada uno contribuye a darle sentido político. Esa es la paradoja Y también, el drama de la derecha española.
Si usted, ciudadano lector, compra acríticamente una narrativa sin ver los efectos reales que tiene dentro del conjunto, puede verse muy decepcionado con los resultados de 2027 (o feliz si es votante de izquierdas) y no podrá entonces decir que no estaba avisado.
Lo que verá a continuación es la verdad de cómo funcionan los tres discursos políticos dominantes y cómo, con el sistema electoral vigente, se alimentan entre sí quedando perfectamente equilibrados.
Para saber por qué haga lo contrario: observe cómo funcionan cuando se toman los mensajes de PSOE, PP Y VOX como piezas de una misma maquinaria. El resultado le sorprenderá.
La política española no parece organizada ya como una pugna simple entre izquierda y derecha, sino como un sistema de relatos en tensión que se legitiman mutuamente mediante el conflicto.
Dicho de otro modo: cada actor escribe sin querer una parte del guion del adversario.
El punto de partida: Aznar y la intuición que va más allá de Aznar
El discurso de Aznar parte de una tesis claramente asumible. El país sufre una deriva institucional impulsada por Sánchez y sostenida por alianzas con fuerzas que no creen en la arquitectura política de 1978. Frente a ello, el PP sería la única fuerza capaz de encarnar una respuesta constitucional, seria y de gobierno.
Hasta ahí, el marco clásico del aznarismo tardío: orden, Estado, instituciones y proyecto nacional.
El matiz relevante aparece cuando Aznar introduce a Vox dentro de su diagnóstico no como socio difícil, sino como problema estructural. No solo porque compita con el PP, sino porque, a su juicio, no quiere realmente pactar. O más exactamente: porque le resulta más rentable políticamente competir con dureza con el PP que contribuir a una mayoría alternativa.
En ese punto Aznar lanza una acusación táctica, pero revela una verdad más profunda: los incentivos de Vox y los del PP no coinciden. Y lo que es peor, no coincidirán en 2027 si el PP se mantiene en la dinámica actual.
La que podemos ya llamar «paradoja Aznar» consiste en:
Retratar a Vox como fuerza populista, desestabilizadora o ajena al constitucionalismo pleno, y presentar al PP como partido del sistema, guardian de todas las esencias de la Constitución, pero reforzar así la narrativa de Vox basada en el aforismo «PSOE y PP, dos caras del mismo sistema»
Buscando así proteger el espacio central del PP, también produce un efecto lateral: refuerza la identidad antisistema de Vox.
Es decir, intenta diferenciarse de Vox y termina ayudando a que éste siga diferenciándose solo. El golpe, en parte, vuelve como un boomerang.
He aquí una de las claves del tablero actual: el PP necesita marcar distancia con Vox para resultar creíble como alternativa de gobierno, pero cuanto más subraya esa distancia en términos morales o sistémicos, más alimenta la narrativa de Vox como única fuerza ajena al consenso. Y cuanto más crece esa percepción, más difícil resulta la concentración del voto en la derecha. El círculo queda así cerrado.
Primera narrativa: Sánchez y la utilidad política de la amenaza
La narrativa del sanchismo es conocida y ha demostrado una notable eficacia. Su idea central es sencilla: la democracia española está amenazada por la extrema derecha. En ese esquema, Vox ocupa el papel de enemigo principal y el PP queda retratado como una derecha que, por convicción o por necesidad, no logra separarse de ese peligro.
Este marco no es solo ideológico. Es también funcional. Sirve para movilizar al electorado progresista, para dar cohesión a una coalición de intereses muchas veces heterogénea y para presentar cada elección como un momento casi existencial. En ese tipo de relato, la política deja de ser una competencia ordinaria de programas para convertirse en una especie de plebiscito moral. Y eso, en términos de activación electoral, suele funcionar.
De ahí que Vox sea extraordinariamente útil para Sánchez. No porque exista una alianza real entre ambos, como sugiere Aznar en clave polémica, sino porque la sola presencia de Vox permite al PSOE organizar el debate en torno a un eje emocional que le conviene: democracia frente a amenaza, progreso frente a reacción, muro frente a abismo. Es un marco, se piense lo que se piense, eficaz.
Ahora bien, esta utilidad política tiene una consecuencia importante. Si Vox desapareciera o quedara irrelevante, el PSOE perdería uno de los motores más poderosos de su movilización. Y si el PP absorbiera completamente a Vox sin coste reputacional, el relato antifascista perdería parte de su fuerza. En ese sentido, la existencia de Vox no es solo un problema para Sánchez. Es también un recurso narrativo de gran valor.
La ironía del sistema aparece aquí con toda claridad: el partido al que el sanchismo presenta como amenaza decisiva es, al mismo tiempo, uno de los elementos que mejor ordenan y justifican su propio discurso político.
Segunda narrativa: el PP como garante constitucional y el dilema que no resuelve
La narrativa del PP, especialmente en boca de Aznar, se organiza alrededor de otro eje. El peligro no sería tanto la emergencia de una derecha radical como la degradación institucional impulsada desde el poder. Sánchez normaliza pactos, concesiones y marcos políticos que erosionan el Estado, desdibujan la nación como proyecto común y degradan el sentido de las instituciones.
En este esquema, el PP se presenta como única fuerza capaz de devolver estabilidad, legalidad y proyecto nacional. Es una narrativa de restauración: recuperar el Estado, recomponer el respeto institucional, poner fin a la excepcionalidad convertida en rutina. Tiene coherencia, es deseable y tiene incluso una base social clara. Hasta aquí todo es positivo.
Pero choca con una dificultad formidable: la aritmética electoral y la competencia con Vox.
Porque el PP no pelea en abstracto. Pelea en un sistema electoral muy concreto, con una geografía de incentivos muy concreta. Y ahí la rivalidad con Vox no es un simple problema de tono o de estilo, sino un problema material de escaños. La derecha española no pierde solo porque esté dividida en un sentido sentimental o moral. Pierde, muy a menudo, porque el diseño del sistema castiga esa división en muchas provincias.
Por eso el dilema del PP es tan difícil de resolver. Si se acerca demasiado a Vox, asusta o eso cree, quizá erróneamente, a parte del electorado moderado y facilita la narrativa del PSOE.
Si se aleja demasiado, refuerza la identidad de Vox y dificulta la reunificación del voto conservador. En uno y otro caso, el drama de la derecha persiste.
La pregunta imprescindible no es solo si el PP puede ganar. La pregunta es si puede ganar de manera suficiente, es decir, con la amplitud necesaria para no quedar atrapado en la misma geometría parlamentaria de 2023.
Tercera narrativa: Vox y la rentabilidad de la diferencia
Vox necesita un relato distinto para justificar su existencia. No le basta con ser una versión más enfática del PP. Si se limitara a eso, acabaría absorbido o subordinado. Su espacio político depende de una idea básica: el sistema ha degenerado y los dos grandes partidos forman parte, con distintos matices, del mismo entramado. Esa es la lógica que le permite presentarse como ruptura y no como simple variante conservadora.
En consecuencia, a Vox le resulta rentable subrayar su distancia respecto del PP. No solo respecto del PSOE, que es su enemigo natural, sino también respecto del partido con el que compite por el votante de derecha. Esa distancia puede adoptar formas diversas: denuncia del “consenso”, crítica a la tibieza del PP, acusación de complicidad con el sistema o impugnación de la cultura política dominante. Todo eso compone una identidad. Y esa identidad exige confrontación.
Eso explica por qué la cooperación entre PP y Vox es estructuralmente difícil si no imposible, y en esto Aznar tiene razón, porque Vox no quiere.
- •El PP teme perder centralidad y credibilidad institucional.
- •Vox teme perder singularidad y energía movilizadora.
Uno necesita parecer partido de gobierno. El otro necesita parecer algo distinto a un mero apéndice del partido de gobierno. Ahí no hay un pequeño malentendido: hay una contradicción de incentivos.
•Vox crece cuando parece imprescindible y autónomo y no se le ha visto gobernando aún.
•Y se debilita cuando parece subordinado o ha participado en gobiernos regionales y locales como ocurrió entre 2019 y 2023 y, específicamente, en Castilla y León.
Por eso la tensión con el PP no es un accidente ni una extravagancia. Es parte de su combustible político.
El fundamento material de todo esto: sistema electoral y castigo a la fragmentación
Hasta aquí tenemos tres narrativas. Pero ninguna de ellas se entiende del todo sin el sistema electoral español. Y aquí conviene dejar a un lado la retórica para entrar en la mecánica. España reparte escaños por provincias, aplica el método D’Hondt y mantiene una estructura que sobrerrepresenta, en términos relativos, a las circunscripciones pequeñas. Eso significa que no basta con sumar votos en abstracto. Importa mucho dónde se concentran, cómo se reparten y cuántos escaños hay en juego en cada territorio.
En provincias grandes, la fragmentación de la derecha castiga menos. Pero en muchas provincias pequeñas y medianas, la división entre PP y Vox puede traducirse en una pérdida directa de escaños para el bloque. No porque el votante “se equivoque”, ni porque el sistema sea misterioso, sino porque la distribución provincial hace que un porcentaje relevante de voto pueda quedarse sin traducción útil mientras el PSOE conserva o gana representación.
Este es el punto decisivo del análisis. No estamos ante una simple disputa sentimental entre partidos próximos. Estamos ante una incompatibilidad entre incentivos políticos y rendimiento electoral agregado. A Vox puede convenirle diferenciarse. Al PP puede convenirle absorber. Al PSOE puede convenirle contemplar esa pelea con una sonrisa discreta. Y el sistema electoral, mientras tanto, convierte ese triángulo en algo mucho más serio que un rifirrafe de plató.
Cómo se pierde un escaño sin que nadie lo “robe”
En circunscripciones medianas como Valencia, Alicante, Murcia, Málaga, Zaragoza o Sevilla, puede darse una situación bastante reveladora. Vox obtiene suficiente apoyo como para entrar en el reparto de escaños, pero al mismo tiempo el PP deja de alcanzar el último diputado que habría conseguido si ese espacio electoral estuviera concentrado. El resultado final no tiene por qué ser una victoria espectacular del PSOE. A veces basta con que la izquierda mantenga una posición algo mejor de la que tendría ante una derecha unificada.
En otras palabras: la suma de PP y Vox puede ser alta, pero la traducción en escaños no acompañar. La división no elimina necesariamente la fuerza social del bloque, pero sí reduce su eficacia parlamentaria. Y la política española, al final, no se decide en debates abstractos sobre afinidades ideológicas, sino en diputados concretos.
Aún más delicado es el caso de muchas provincias pequeñas, donde se reparten pocos escaños y el umbral real para entrar en la disputa se dispara. Ahí, Vox puede obtener un porcentaje nada despreciable del voto y, sin embargo, quedarse fuera del reparto efectivo. Ese voto no desaparece, desde luego, pero sí deja de ser decisivo para arrebatarle el escaño al adversario principal del bloque de derechas.
Eso puede ocurrir en provincias como Ávila, Soria, Segovia, Zamora, Cuenca, Teruel, Huesca, Palencia, Cáceres o Lugo. En ellas, un resultado de Vox entre el 10% y el 15% puede no servirle para lograr representación, pero sí bastar para impedir que el PP alcance el escaño que disputaba al PSOE. El efecto no consiste en que alguien “robe” nada, ni en que el sistema altere mágicamente la voluntad popular. Consiste en algo más simple y más cruel: la división del voto conservador puede volverlo ineficaz en el momento decisivo.
Este es uno de los nervios profundos del drama de la derecha. No basta con que exista mayoría social difusa. Hace falta eficacia territorial y parlamentaria. Y el sistema no premia el sentimentalismo: premia la concentración.
La excepción parcial de las grandes circunscripciones
En ciudades o provincias con un número elevado de escaños, como Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla o Málaga, la coexistencia entre PP y Vox resulta menos costosa. Ambos pueden obtener representación y la fragmentación no siempre conduce a una pérdida inmediata del bloque. Esto introduce un matiz importante: no toda competencia PP-Vox produce el mismo daño.
Pero conviene no exagerar esa excepción. Las grandes circunscripciones cuentan mucho, sí, pero no neutralizan por sí solas el efecto acumulado de las provincias pequeñas y medianas. Y en elecciones muy ajustadas, la diferencia entre gobernar o seguir en la oposición puede residir precisamente en esos territorios donde la división se paga más cara.
Por eso la fotografía completa del sistema no puede hacerse mirando solo a Madrid. España no cabe en una tertulia madrileña, por mucha afición que exista a fingir lo contrario. La aritmética decisiva está muchas veces en provincias que no ocupan portadas nacionales cada día, pero sí pueden inclinar una mayoría.
Los incentivos de cada actor: ahí está la cerradura del problema
Si se observa todo junto, la lógica del sistema se vuelve más nítida. El PSOE gana con la fragmentación de la derecha. El PP gana con la concentración del voto conservador y moderado. Vox gana con la diferenciación frente al sistema y frente al PP. Y como estos incentivos no son plenamente compatibles, el conflicto se reproduce casi de manera automática.
Esto permite entender mejor la intuición inicial de Aznar. No hace falta imaginar conspiraciones sofisticadas para explicar por qué el triángulo se mantiene. Basta con observar que cada actor obtiene una rentabilidad distinta del mismo conflicto. El PSOE moviliza. Vox se singulariza. El PP intenta consolidar una imagen de responsabilidad constitucional. Cada uno cosecha algo. El problema es que el resultado agregado no favorece necesariamente a la alternancia.
Y aquí reaparece la sombra de 2023. Porque la dinámica actual puede conducir a un desenlace electoral y de gobierno muy parecido: un bloque de derecha socialmente amplio, pero parlamentariamente insuficiente; un PSOE capaz de mantener opciones de poder gracias a la fragmentación ajena; y un clima político permanentemente inflamado que, lejos de resolver la disputa, la recicla.
La conclusión incómoda es esta: el drama de la derecha no consiste solo en que esté dividida, sino en que esa división responde a incentivos reales de sus propios actores. No es un simple error táctico corregible con una cena, un eslogan y tres fotos de unidad. Es una estructura.
La paradoja de Aznar: acierta en el diagnóstico parcial, pero entra en la rueda que denuncia
Aznar acierta cuando señala que la división de la derecha beneficia al PSOE. Y también cuando sugiere que Vox tiene incentivos para no disolverse en una lógica de pacto permanente con el PP. Ambas cosas encuentran apoyo en el sistema electoral y en la estructura de incentivos. Hasta ahí, su diagnóstico tiene base.
El problema aparece cuando intenta convertir esa intuición en un relato de legitimidad exclusiva: el PP como único constitucionalismo serio frente a un PSOE desbordado y un Vox populista. Ahí el discurso deja de ser solo descriptivo y se vuelve performativo. Porque al expulsar simbólicamente a Vox del perímetro respetable, refuerza por complementariedad el papel que Vox desea ocupar: el de fuerza ajena al consenso, hostigada por todos, enemiga del sistema y no simple competidora del PP.
Eso, además, tiene otra derivada. Si Aznar se esfuerza en remarcar que solo el PP representa el constitucionalismo y el orden legítimo, también desactiva en parte la narrativa anti-PP de la izquierda, que intenta presentar a los populares como simples rehenes de Vox. Pero esa ganancia tiene precio: el precio es fortalecer, por el flanco opuesto, el relato de Vox.
Ahí está la broma cruel del sistema: Aznar quiere aislar a Vox y termina ayudando a que Vox siga siendo Vox. Sánchez quiere agitar el miedo a Vox y termina ayudando a que Vox conserve protagonismo. Vox quiere denunciar al PP y al PSOE como caras del mismo sistema y termina reforzando tanto el relato antifascista del primero como el constitucionalista del segundo. Un triángulo perfecto, o casi.
Si uno fuera malpensado, diría que parece diseñado por los estrategas de Sánchez. Y quizá ahí está el chiste perverso.
Tres narrativas enfrentadas, tres narrativas complementarias
Llegados a este punto, la idea central del artículo puede formularse con claridad. No hay que dar por cierta ninguna de las tres narrativas para comprender su eficacia conjunta. Al contrario: lo interesante es ver cómo se sostienen entre sí incluso siendo parciales, interesadas o abiertamente propagandísticas. Ese es el verdadero hallazgo.
La narrativa del PSOE necesita una amenaza. La del PP necesita un monopolio de respetabilidad institucional. La de Vox necesita un sistema al que denunciar. Cada una simplifica la realidad a su manera. Cada una exagera, oculta o selecciona. Pero el conjunto produce una dinámica estable. No una verdad, sino un equilibrio.
Y eso permite entender por qué la política española parece avanzar tanto y moverse tan poco. Hay ruido, insulto, dramatización, llamadas al miedo, apelaciones épicas, denuncias de traición y acusaciones de extremismo. Pero por debajo de todo ese estruendo, las piezas encajan con una disciplina casi mecánica. El conflicto parece desordenado; en realidad, se reproduce con notable regularidad.
El riesgo real: volver a 2023 por caminos distintos y con el mismo resultado
Lo decisivo no es solo quién tiene razón en cada relato. Lo decisivo es qué tipo de resultado produce la interacción entre los tres. Y aquí la respuesta es preocupante para el espacio de la derecha. Porque la dinámica actual puede conducir, por distintas vías, a un desenlace electoral y gubernamental parecido al de 2023: una derecha que gana aire social pero no logra traducirlo en una mayoría suficiente, un PSOE que resiste gracias a la geometría parlamentaria y una sensación general de bloqueo estratégico.
Eso es lo que vuelve tan relevante la observación inicial de Aznar. No porque baste con repetirla, sino porque obliga a mirar donde normalmente no se mira: no solo a lo que dicen los partidos, sino a cómo se refuerzan mutuamente sus relatos, incluso cuando se combaten con saña. El problema no es que uno de ellos mienta y los demás digan la verdad. El problema es que los tres pueden decir medias verdades funcionales y producir, con ello, una situación estable para el adversario que todos dicen querer derrotar.
En política, a veces el enemigo no es solo el de enfrente. A veces es también la estructura de incentivos que convierte cada ataque en alimento del otro. Y eso, precisamente eso, es lo que hace tan difícil la salida del laberinto.
Conclusión: el drama de la derecha y el equilibrio que mantiene a Sánchez
La política española actual no puede explicarse ya de forma satisfactoria mediante esquemas simples. No basta con oponer izquierda y derecha, gobierno y oposición, constitucionalismo y populismo. Lo que tenemos delante es algo más complejo y más incómodo: un triángulo de narrativas que chocan entre sí, pero también se sostienen recíprocamente.
Sánchez necesita a Vox para movilizar y para dar coherencia moral a su bloque. Vox necesita enfrentarse al sistema para conservar identidad y energía. El PP necesita combatir a ambos para presentarse como alternativa de gobierno. Cada uno intenta debilitar a los otros, pero muchas veces termina fortaleciéndolos. Y en ese mecanismo se explica una parte decisiva de la resistencia política del sanchismo.
Ese es el drama de la derecha. No solo que esté dividida, sino que la división responde a incentivos profundos, electorales y narrativos, que no se corrigen con mera voluntad. Mientras el PSOE obtiene ventaja de la fragmentación, el PP necesita concentración y Vox necesita diferencia. Con semejante ecuación, la repetición de un escenario parecido al de 2023 deja de ser una casualidad posible y empieza a parecer una deriva lógica.
Por eso conviene tomar en serio la intuición inicial de Aznar, pero también ir más allá de Aznar. La cuestión no es solo que la división beneficie a Sánchez. La cuestión es que Sánchez, Aznar y Abascal forman hoy, quieran o no, una estructura de narrativas complementarias. Y mientras esa estructura siga funcionando, el presidente podrá seguir viviendo, políticamente al menos, bastante mejor de lo que a simple vista cabría esperar.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
