Asturias Liberal > Aportaciones > El dilema cubano de Donald Trump: ni Venezuela ni Irán le son modelos de intervención

 

La presión puede acelerar el final de la dictadura, pero algo muy distinto es ordenar lo que viene después.

Donald Trump puede pasar a la historia como el actor externo que empujó al castrismo hacia su crisis terminal.

La combinación de bloqueo energético, asfixia económica y agotamiento interno ha colocado a Cuba ante una situación algo más al límite de lo que el propio regimen lo había hecho:

Apagones masivos, transporte roto, escasez de combustible, deterioro sanitario y una vida cotidiana sometida a una lógica de mera supervivencia.

Ese es el dato del que partimos hoy, pero lo que se le viene por delante a Marco Rubio es una partida de ajedrez inestable con piezas mutantes .

Porque lo revelador es que las móviles dirigencias (sí, en plural) del  régimen cubano, tras meses de retórica áspera y poses de soberanía ofendida, han terminado admitiendo que mantiene contactos con Washington.

Ahí aparece el verdadero problema, la particularidad cubana. Cuba no es Venezuela y tampoco es Irán.

Cuba no es Venezuela

En Venezuela, incluso después del desgaste del chavismo, el poder conserva un grado considerable de control territorial, policial, militar y administrativo. El régimen dispone de interlocutores reconocibles y de capacidad para pactar sin disolverse de inmediato.

Resulta repugnante, dicho sea a colación, que aún se conserven y que quien colaboró en organizar ese régimen de terror sea la encargada de desmontarlo. Por eso es imprescindible que la oposición tome posiciones  

Por eso y a diferencia del caso de Cuba, resulta muy importante, la existencia de un elemento decisivo de futuro: una oposición organizada, articulada en torno a María Corina Machado y también a figuras como Antonio Ledezma, que mantiene viva una referencia política alternativa para una eventual etapa post chavista.

En Cuba ocurre otra cosa, no se sabe si por suerte o por desgracia.

GAESA, ese entramado empresarial de la cúpula militar, que amasó millones de dólares fruto de las extorsiones internacionales y de la captura de unas rentas que los cubanos de a pie nunca vieron, y otros miembros del régimen NO están cohesionados.

El nonagenario Raúl Castro conserva a duras penas una preeminencia, pero bajo él, a su lado y a sus espaldas los diversos grupos actúan por su cuenta.

Por la parte de la gente, el descontento no cristaliza todavía en una estructura de sustitución. Lo que se ve es una población agotada, fragmentada y empujada a la calle no por disciplina política, sino por una necesidad elemental: comer, moverse, alumbrarse, conservar algo parecido a una vida normal.

La protesta cubana de hoy es más vital que orgánica. Por eso mismo resulta más imprevisible y por eso mismo también Cuba no es Venezuela.

Tampoco es Irán

Irán resiste desde un armazón mucho más duro. Tiene una arquitectura ideológica, militar y represiva compacta. Podrá quebrarse o no, pero mientras tanto presenta una capacidad de cohesión que Cuba ya no parece tener. El castrismo conserva un aparato descoordinado, conserva un miedo menguante y da la impresión de haber perdido algo más importante: densidad social.

Eso explica que la represión cubana, aun siendo real, no proyecte hoy la misma eficacia que la venezolana o la iraní.

El poder sigue golpeando, vigilando y dosificando el terror, pero lo hace desde una eficacia menguante y  sobre una sociedad tan exhausta y enojada como desorganizada.

Un poder con demasiadas bocas y poca autoridad

A la crisis material se suma otra crisis: la de la interlocución. No está claro quién manda de verdad ni quién puede comprometer una salida.

●Por un lado aparece Díaz-Canel, presidente formal con evidente debilidad política.

●Por otro, informaciones recientes señalan canales abiertos por el entorno de la familia histórica del régimen, incluido un nieto de Raúl Castro.

●Y, en paralelo, circulan nombres de mediadores y operadores informales que tantean acuerdos discretos con el entorno de Marco Rubio.

Es decir: Washington no se encuentra frente a un bloque nítido, sino ante una constelación opaca de actores que quizá negocian, quizá compiten entre sí, quizá simplemente ganan tiempo.

Esa es una de las singularidades cubanas: el régimen puede estar debilitándose sin que por ello aparezca un centro claro de decisión.

La sociología del derrumbe

Quienes conocemos los relatos directos de la idiosincrasia del cubano actual sabemos que el problema no es solo económico ni solo político. Es también sociológico.

Tras el impulso inicial de la revolución, la isla fue entrando en una cultura de inmediatismo, supervivencia cotidiana, pequeños arreglos, economía informal, descoordinación y una espontaneidad defensiva que impide la articulación estable de proyectos colectivos.

Ese rasgo encaja con lo que ya se ha descrito en distintos análisis sobre la erosión del ciudadano bajo el castrismo. No solo se empobreció la economía: se empobreció también la capacidad de asociación, continuidad y confianza.

El cubano medio ha aprendido antes a resolver el día que a construir el mañana. Y eso pesa como una losa sobre cualquier transición.

La ruina viene de lejos

Conviene, en este punto, recordarle a la izquierda adoradora de la Revolución de Fidel Castro que la economía cubana no fue rescatada por Castro: fue desarticulada por Castro.

La isla arrastraba desigualdades y dependencias antes de 1959, desde luego, pero también había conocido una relativa prosperidad comparativa en el marco iberoamericano. El castrismo sustituyó aquel sistema imperfecto por otro mucho peor:

estatización masiva, demolición del tejido empresarial, arrasamiento de incentivos, agricultura devastada, industria petrificada y dependencia crónica del subsidio exterior.

●Primero fue la Unión Soviética que se olvidaba de los impagos castristas a cambio de la carne de cañón cubana con uniforme de guerrillas de liberación en Africa y América.

●Luego, en distinta medida, Rusia, ya con menos convicción.

●Después, Venezuela. El modelo sobrevivió como una maquinaria subsidiada que exportaba épica, represión y miseria.

● Por cierto tiempo, Barack Obama, del que habría mucho que decir en su papel de sustento y prolongación de la dictadura.

Y cuando faltó el petróleo ajeno y se agotó el patrocinador de turno, apareció la verdad desnuda: la economía castrista no producía una nación; administraba una ruina.

Trump y la presión de Miami

Hay, además, una dimensión electoral que no conviene ignorar. El exilio cubano en Miami, económicamente influyente y muy conectado con el Partido Republicano, cuenta en la ecuación política de Trump.

De cara a las elecciones intermedias de 2026, la cuestión cubana no es solo geopolítica: también habla al votante hispano anticastrista de Florida, un electorado simbólicamente muy potente para la coalición republicana.

Eso obliga a Trump a una jugada compleja. Necesita exhibir firmeza y resultados frente al castrismo, pero también debe pensar en la Cuba post castrista: quién entra, quién arbitra, quién garantiza orden, qué papel tendrá el exilio y cómo evitar que el vacío se convierta en caos.

El dilema cubano

Ahí está el núcleo del asunto. Trump puede precipitar el final del castrismo. Lo que no está tan claro es que exista ya una fuerza interna capaz de ordenar la sucesión histórica.

●En Venezuela hay régimen y hay oposición.

●En Irán hay régimen y hay estructura.

●En Cuba puede acabar habiendo, a la vez, un poder en descomposición y una sociedad todavía demasiado desarticulada para reemplazarlo con rapidez.

Y esa es la tragedia cubana, pero también su enigma. No estamos solo ante el posible final de una dictadura. Estamos ante la posibilidad de que, por primera vez en mucho tiempo, la historia deje de absolver a sus verdugos y obligue a la isla a reaprender la difícil tarea de ser una nación.

El castrismo quizá no caiga por una gran revolución organizada, sino por algo más humilde y más devastador: el agotamiento simultáneo del miedo, de la energía y de la mentira.


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  1. Joaquín Santiago Rubio: “La historia te condenó” — Artículo de base sobre el balance histórico, económico y moral del castrismo, con especial atención a la destrucción del tejido productivo cubano, la dependencia exterior y el “jineterismo de Estado” como clave interpretativa del régimen.

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