Asturias Liberal > Pensamiento > Eutanasia y caso Noelia: decide el dolor y la sociedad ejecuta

 

Advertencia previa: lo que sigue no parte de ninguna creencia religiosa ni espiritual, ni pretende imponerse a nadie; es una posición personal sostenida durante varios años y bien fundamentada en mi adscripción filosófica.

Noelia Castillo, 25 años, muere tras recibir eutanasia en un centro sociosanitario de Sant Pere de Ribes. Llega ahí tras casi dos años de proceso judicial, con aval de todos los tribunales, con médicos que verifican su decisión y con una sedación intravenosa que pone fin a su vida. Hasta aquí, los hechos.

Noelia no estaba en fase terminal ni en una agonía inevitable. Podía vivir años.

Su situación combina lesión medular, dolor persistente y, sobre todo, un sufrimiento psicológico profundo, arrastrado desde antes del intento de suicidio que la dejó en esa situación.

Y aquí aparece el punto más decisivo: no estamos ante una muerte que llega, sino ante una muerte que se provoca porque Noelia declara que la vida le resulta insoportable.

Un caso distinto por su punto de apoyo

Cuando se habla de eutanasia, se repite la expresión “muerte digna”. Sin embargo, si miramos el caso, lo que aparece no es una dignidad objetiva, sino un entorno cargado de relato que engrosa la idea de que la vida de Noelia es «indigna»: entrevistas en televisión, presencia de cámaras, concentraciones, discursos políticos,  y declaraciones cargadas de decadencia ética y moral. Todo eso envuelve el acto final.

Si retiramos ese envoltorio, queda lo esencial: una persona que dice en una etapa de su vida que quiere morir y un sistema que organiza su muerte con ropaje de cautela y psicólogos cuya «ciencia» se basa en distinguir entre sufrimiento soportable e insoportable.

Algo científicamente indistinguible como regla general. Algo solo sujeto al albur subjetivo de quien sufre y del momento en que sufre.

Ahí está la especificidad del caso Noelia: no gira sólo sobre el dolor físico, sino sobre el sufrimiento psicológico convertido en razón suficiente para que otros ejecuten la muerte.

Ética, moral y derecho: tres planos distintos

Aquí hay una distinción clave que casi nunca se explica. No es lo mismo ética que moral. La ética se refiere a conservar la vida del individuo; la moral se refiere a las normas de un grupo, de una sociedad, de una red humana concreta.

En este caso, la ley permite la eutanasia y parte de la sociedad la respalda. Eso pertenece al terreno del derecho y de ciertas pautas sociales vigentes, pero no garantiza la pervivencia del grupo; al contrario, la erosiona, porque sustituye el cuidado por la eliminación. Y una cosa distinta es si esa acción conserva o elimina la vida del individuo. Ahí entramos en el plano ético.

Desde ese punto de vista, el caso es directo: no se acompaña a alguien que se muere, sino que se causa la muerte de alguien que vive y que puede seguir viviendo.

El dolor, el ambiente y la inducción

Se dice que hay sufrimiento. Claro que lo hay. Pero hay que precisar de qué tipo. El dolor físico hoy se trata con medios médicos eficaces.

Lo que aparece aquí con fuerza es el dolor psicológico: el desgaste, la desesperación, el no querer seguir en determinado momento. Un querer morir rodeado de una ideología emotivista convertida en pomposa retórica falsamente racional.

Y aquí llamo la atención sobre algo que se oculta gravemente: el ambiente.

El ambiente no es neutro. Genera un estado de ánimo y de opinión e influye.

Nadie decide en el vacío y al margen de las influencias persistentes del entorno. El caso de Noelia se desarrolla dentro de una cultura que ha ido extendiendo una idea muy concreta: el dolor no debe soportarse, el sufrimiento no tiene sentido y, si supera cierto umbral, hay que eliminarlo.

Es obligación de cada uno de nosotros, llegados a la situación de Noelia, rechazamos esa influencia o si la asumimos. Y si la asumimos porque estamos deprimidos o aceptamos ser tratados profesionalmente esa depresión. 

Esa idea no es neutra. Genera un clima. Y ese clima influye.

Cuando una sociedad repite que hay vidas que no merecen ser vividas, cuando convierte el sufrimiento en algo intolerable por definición, cuando presenta la muerte asistida como salida razonable, lo que hace no es sólo ofrecer una opción: también orienta decisiones. No obliga, pero empuja.

Por eso, el deseo de morir no puede entenderse como un acto aislado y puro. Está mediado por el entorno, por el lenguaje, por lo que se dice en medios, por lo que se legitima desde las instituciones. En ese contexto, la línea entre decisión personal y decisión inducida se vuelve mucho más fina de lo que se suele admitir.

La cultura que extiende el miedo al dolor y al sufrimiento psíquico no sólo describe un problema: también prepara el terreno para que la eutanasia parezca una salida normal, compasiva y hasta razonable.

No es lo mismo morir que ser llevado a la muerte

Aquí encaja una distinción decisiva. No es lo mismo acelerar la muerte de quien ya está muriendo que provocar la muerte de quien podría seguir viviendo. En el primer caso, se acompaña un proceso. En el segundo, se decide que esa vida se corta.

El caso de Noelia pertenece claramente al segundo tipo.

Y ahí aparece otra cuestión que se evita: la diferencia entre suicidio y eutanasia. Si alguien decide quitarse la vida, estamos ante un acto individual. Aquí no. Aquí intervienen médicos, protocolos, decisiones administrativas y judiciales. La muerte deja de ser un acto individual y pasa a ser una práctica organizada. Y esa intervención de terceros no elimina la exigencia ética de sostener la propia vida; tampoco el suicidio la cumple.

Y eso cambia todo.

La fortaleza como virtud arrinconada

En este punto entra una palabra que casi ha desaparecido del debate: fortaleza. No como gesto heroico, sino como conducta cotidiana: resistir, aguantar, seguir adelante incluso cuando la situación es mala. Durante mucho tiempo, esa actitud ha formado parte de la vida personal y colectiva. Hoy, sin embargo, se debilita y se sustituye por otra lógica: si el dolor supera cierto límite, la solución es eliminar la situación… o eliminar al que la sufre.

Ahí es donde la sociedad cruza una línea.

Porque no estamos sólo ante un caso individual, sino ante un criterio que se instala. Un criterio según el cual el mero sufrimiento psicológico puede justificar que una vida que puede continuar se dé por terminada.

Se dirá que todo ha sido legal. Es cierto. Se dirá que ella lo pidió. También es cierto. Pero eso no resuelve la cuestión de fondo: qué hace una sociedad cuando acepta que matar puede ser una respuesta al dolor.

El caso de Noelia no cierra un debate. Lo abre. Y lo abre en el punto más importante: no en el supuesto derecho a morir, sino en el momento en que el dolor, amplificado por el ambiente y asumido como insoportable, se convierte en argumento suficiente para que otros ejecuten la muerte.


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