En los últimas décadas se ha ido viendo algo que al principio costaba nombrar, porque no se parecía a nada de lo que conocíamos, y sin embargo estaba ahí, avanzando poco a poco, hasta hacerse evidente: hay una especie de guerra en marcha, pero no es una guerra de ejércitos ni de fronteras, sino una guerra cultural, una guerra contra la propia idea de Occidente.
El clima inicial: algo no encajaba
Al principio muchos notábamos que algo no encajaba, porque las discusiones se volvían cada vez más tensas y ya no admitían réplica, y porque ciertas palabras empezaban a sonar raras, como si hubieran cambiado de significado sin avisar. Se hablaba de igualdad, pero no de igualdad de derechos, se hablaba de antirracismo, pero con un tono claramente racista, y se hablaba de justicia, aunque lo que parecía buscarse era castigo. Y así, poco a poco, el lenguaje dejó de servir para entenderse y empezó a servir para imponer.
Un patrón que se repite
Con el tiempo, ese clima se fue haciendo más claro, porque ya no se trataba solo de palabras, sino de hechos que se repetían en muchos países a la vez, desde Europa hasta Estados Unidos, pasando, muy especial y lamentablemente, por España y siempre con el mismo patrón.
En todos esos lugares aparecía la idea de que Occidente debía cambiar profundamente para ser legítimo, y que debía hacerlo cuanto antes, como si arrastrara una culpa permanente que nunca se salda, sino que siempre crece.
El doble rasero
Al mismo tiempo, esa exigencia no se aplicaba al resto del mundo, porque otros países podían seguir siendo como eran sin recibir ese tipo de presión, lo que generaba un doble rasero bastante evidente: Occidente debía justificarse constantemente, mientras que los demás apenas eran cuestionados, incluso cuando ocurrían abusos graves.
La fragmentación interna
A la vez, dentro de las propias sociedades occidentales, se empezó a fomentar una división interna basada en identidades, de manera que la gente dejaba de verse como parte de un mismo país para empezar a verse como miembros de grupos enfrentados por raza, sexo u orientación, y esa fragmentación debilitaba cualquier idea común. Además, quienes se integraban o valoraban el propio entorno en el que vivían eran señalados como traidores, lo que reforzaba todavía más el conflicto.
El giro en torno al racismo
En paralelo, cuestiones como el racismo, que durante décadas habían ido mejorando en Occidente gracias a esfuerzos reales por avanzar hacia la igualdad, empezaron a reinterpretarse como si nada hubiera cambiado, y así se pasó de intentar superar las diferencias a ponerlas en el centro de todo, creando una tensión constante que antes no existía en ese grado.
Lo que no se mira
Mientras tanto, apenas se hablaba de problemas similares en otras partes del mundo, donde existen formas muy duras de discriminación, lo que reforzaba la idea de que solo Occidente debía mirarse con lupa, como si fuera el origen de todos los males.
Educación y cultura
Todo esto también se trasladó a la educación y a la cultura, porque las universidades y muchas instituciones empezaron a dejar de enseñar la tradición occidental como algo valioso, para presentarla casi exclusivamente como una historia de errores y abusos, de modo que las nuevas generaciones crecían sin conocer bien los logros que habían permitido el nivel de libertad y desarrollo actual.
De reconocimiento a deslegitimación
Así, en pocas décadas, se ha pasado de reconocer los avances de Occidente a cuestionarlos casi por completo, y eso no es solo una crítica, que siempre es necesaria, sino una deslegitimación sistemática que acaba erosionando los propios fundamentos sobre los que se sostiene la sociedad.
Tras ese proceso creciente al que nos hemos acostumbrado, todo lo que había ido creciendo con excesiva complacencia y hasta con menosprecio, España, Occidente, se encuentran plenamente hoy inmersos en un cambio que es, rotunda,un retroceso.
Un cambio profundo
Por eso, lo que está ocurriendo no parece algo pasajero ni menor, sino un cambio profundo que afecta a la manera en que una civilización se entiende a sí misma, y que puede llevar a una situación en la que, sin necesidad de un enemigo externo claro, una sociedad termine debilitándose desde dentro.
Y, lo que es peor y actual: ante la evidencia de ese enemigo externo, duro, letal y maligno, nuestra sociedad se encuentra debilitada.
La clave: entender para responder
Y precisamente por eso, si se quiere evitar ese resultado, lo primero es entender bien lo que está pasando, porque solo así se puede responder con claridad y sin confusión.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
