Asturias Liberal > Asturias > Metrotrén de Asturias: el silencio del Colegio de Ingenieros sobre una obra ejemplar

El silencio técnico también es una decisión política.

Hay formas de equivocarse humanamente y formas de mirar hacia otro lado culposamente. Y en asuntos públicos, la segunda suele ser más grave que la primera, porque no deja rastro inmediato, pero consolida errores que luego se vuelven irreversibles.

El Colegio de Ingenieros de Caminos ha elegido, de manera preocupante, la segunda en el caso del metrotrén de Gijón. No solo importa decir lo que se hizo mal, sino también el hecho de que el citado Colegio lo deje de decir.

Un túnel real, un silencio muy conveniente

Porque conviene recordar un hecho sencillo, físico, indiscutible: en Gijón existe un túnel de casi cuatro kilómetros, ejecutado, pagado y hoy inutilizado.

Es una infraestructura real que no presta servicio porque el socialismo asturiano ha decidido que no lo preste. Y, sin embargo, ese dato desaparece del debate del ilustre Colegio justo cuando más debería estar presente.

El origen: planificación, Estado y modelo de ciudad

¿Cómo y por qué se llegó hasta ahí?

No fue fruto de la improvisación ni de una intuición aislada, sino de una planificación estructurada desde el Estado. Al servicio de una lógica de movilidad real nació el Metrotrén de Asturias, gestado por el Grupo Fomento —Ministerio, RENFE y FEVE— en el marco del PIT 2000-2007, cuyo proyecto se inició en 2002 y fue presentado públicamente en 2003 con un documento detallado de actuaciones en la XXXVII FIDMA.

Aquella concepción respondía a un modelo claro: coser la ciudad, reforzar la centralidad y conectar los principales ejes urbanos mediante una infraestructura subterránea eficiente.

Y ese impulso tuvo una dirección política concreta desde el Ministerio de Fomento bajo la responsabilidad de Francisco Álvarez-Cascos, que no ssólo decidió el proyecto, sino que lo integró en una estrategia más amplia de vertebración territorial para toda Asturias. 

Además, incorporaba una ventaja que hoy resulta evidente y entonces era anticipatoria: la reducción del tráfico rodado en superficie y, con ello, de la contaminación urbana, en un momento en el que este problema aún no ocupaba el centro del debate público en Asturias.

No solo se abandonó una obra: se quiso borrar su memoria

Por eso, lo ocurrido después no puede entenderse como una mera evolución del proyecto, sino como una ruptura.

Porque lo que se ha producido en Gijón no es solo el abandono de una obra con ambición regional: es el abandono de un modelo. Y esa ruptura no solo es material, sino también simbólica.

Como ilustran las imágenes, incluso en actuaciones directamente vinculadas a ese mismo proyecto —como la estación de Llamaquique en Oviedo, inaugurada en 2007 por Álvarez-Cascos — las placas institucionales que señalaban el origen de la obra fueron retiradas posteriormente por el que fue Delegado del Gobierno en Asturias, Antonio Trevín, tal y como quedó recogido en su momento en la información pública. Como si el problema no fuera el fracaso, sino su memoria.

Primero se abandona la infraestructura. Después se retiran sus señales. Y finalmente se pretende que nadie recuerde quién la impulsó ni para qué servía.

El Colegio de Ingenieros y el relato de una renuncia

En su lugar, aparecen jornadas, presentaciones y discursos que hablan de “intermodalidad”, de “regeneración urbana” y de “nuevas centralidades”.

Todo muy ordenado, presentado por el ilustre colegio con una apariencia tan presentable como políticamente sumisa y modulada con un discurso vago en su doble sentido.

Estamos, pues, ante un Colegio llamativamente desconectado de lo esencial: qué hacemos con lo que ya está hecho y no funciona.

Lo que se espera de una institución profesional es  ni más ni menos que una respuesta sobre lo ya existente, no una fraseología futurista propia de malos políticos.

Aquí es donde la cuestión deja de ser política y pasa a ser institucional. Porque cuando un organismo como el Colegio de Ingenieros de Caminos acoge y da cobertura a ese tipo de planteamientos sin incorporar la realidad material del proyecto —el túnel, su estado, su inutilización— ya no estamos ante un simple foro técnico. Estamos ante algo más delicado: una validación implícita de la paralización de una importante obra.

Las razones de por qué e

La ingeniería no está para adornar el poder

No se trata de exigir posicionamientos ideológicos ni de convertir al Colegio en una trinchera. Se trata de algo más básico: que la ingeniería, como disciplina, no puede permitirse ignorar los hechos.

Su función no es adornar decisiones previas ni traducirlas a un lenguaje elegante, sino someterlas a contraste con la realidad. Y la realidad, en este caso, es tozuda.

Porque lo que se ha producido en Gijón no es solo el abandono de un proyecto. Es su sustitución por otro modelo que desplaza la centralidad, diluye la función de la estación y prioriza lógicas distintas a la movilidad. A eso algunos lo han llamado, con acierto, pseudourbanismo: una forma de intervenir en la ciudad que utiliza el lenguaje técnico pero responde a otros incentivos.

Apariencia técnica para encubrir una mala decisión

Y ese modelo necesita algo imprescindible para sostenerse: apariencia de racionalidad técnica. Necesita que alguien, con autoridad profesional, explique que todo encaja, que todo tiene sentido, que todo responde a una visión. Aunque esa visión omita lo fundamental.

Ahí es donde el silencio pesa. Porque no hace falta afirmar nada incorrecto. Basta con no plantear las preguntas molestas:

●¿por qué se abandona una infraestructura ya ejecutada?,

●¿qué coste tiene su no utilización?,

●¿qué impacto tiene desplazar la estación del centro?,

●¿qué modelo de ciudad y de región se está imponiendo realmente?

Cuando esas preguntas no se formulan en los espacios tecnicos donde deberían formularse, el resultado no es neutral. Es una toma de posición por omisión.

Subvención, incentivos y silencio selectivo

Y eso enlaza con una cuestión más amplia, pero inevitable: el papel de las instituciones cuando dependen, directa o indirectamente, de financiación pública. No hace falta una consigna explícita ni una orden. Los incentivos funcionan de forma más sutil.

Basta con saber qué temas incomodan y cuáles no y qué subvenciones públicas están en juego. ¿O no?

El vacío del túnel y el vacío del discurso

Por eso, el problema de Gijón ya no es solo el túnel vacío. Es el riesgo de llenar ese vacío con palabras que lo hagan invisible.

Porque una infraestructura puede quedar abandonada.

Pero cuando la ingeniería deja de señalarlo, lo que empieza a abandonarse es otra cosa, la decencia.


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