El intento del Gobierno de Pedro Sánchez de crear un “campeón nacional” en defensa alrededor de Indra fracasa porque nace de un diseño político plagado de improvisaciones:
●no entiende el sector,
●introduce conflictos de interés en su núcleo
●y acaba siendo rechazado por los propios actores industriales, que buscan alternativas fuera y, finalmente, lo impugnan incluso en los tribunales.
Pedro Sánchez y su asesor económico, Manuel de la Rocha, quisieron, repletos de ignorancia, construir un gran grupo de defensa alrededor de Indra utilizanfo a la SEPI como palanca de control.
Ese planteamiento nació con un error de origen: partió de una inequívoca fatal arrogancia al intentar ordenar el sector desde arriba sin estudiar cómo funciona realmente, igual que quien pretende rediseñar un mercado tocando botones sin conocer a quienes están dentro (ver pugna SEPI–Escribano).
Diseño político frente a realidad industrial
Ese error se agrava cuando el Gobierno intenta integrar empresas que ya operan con lógica propia, porque fuerza una estructura artificial y, además, deteriora la relación con Santa Bárbara Sistemas, que no es un actor marginal sino una empresa con capacidad industrial real y respaldo internacional.
De este modo el proceso arrancó generando rechazo en lugar de adhesión, como si se quisiera montar un equipo prescindiendo de quien ya juega el partido (acuerdo SBS–Rheinmetall).
A ese fallo de diseño se suma un segundo error más grave: el liderazgo del proceso recae en Ángel Escribano, cuya prioridad es impulsar su propia empresa, Escribano Mechanical & Engineering, y, con esa decisión, Indra pasa a ser juez y parte dentro del sistema, lo que rompe la confianza necesaria para que otros actores acepten integrarse.
Bloqueo interno y pérdida de control
A partir de ese punto, el conflicto deja de ser potencial y se vuelve real, dado que Escribano intenta integrar su empresa en Indra, mientras la SEPI bloquea la operación por conflicto de interés.
Como consecuencia, el consejo de la compañía queda dividido, el Gobierno presiona sin lograr imponer una solución y la empresa queda paralizada. Es, pues, un coche en el que dos conductores tiran del volante en direcciones contrarias (once meses de pugna).
Ante ese bloqueo interno, el propio Gobierno empieza a corregir el discurso, porque Margarita Robles deja de hablar de “campeón nacional” y exige que las grandes empresas tiren de las pymes.
El modelo inicial no funciona y necesita ser reformulado para ganar legitimidad y sostenerse (advertencia de Robles).
La industria se mueve por su cuenta
Sin embargo, mientras el discurso cambia, la industria no espera, porque Rheinmetall refuerza su presencia en España, colabora con Indra y, además, abre la puerta a acuerdos con el entorno de Escribano, lo que permite a este último ganar margen y no depender solo de su posición interna, como quien abre una salida lateral cuando la puerta principal no se abre (movimiento Rheinmetall–Escribano).
Al mismo tiempo, Santa Bárbara Sistemas, propiedad de General Dynamics European Land Systems, reactiva la producción en Trubia junto a Rheinmetall, lo que demuestra que la capacidad industrial es real y tangible.
Santa Bárbara no habla de planes sino de fábricas en marcha, contratos activos y producción en curso (producción en Trubia).
El salto al Tribunal Supremo
El proceso da un paso más cuando Santa Bárbara lleva al Tribunal Supremo el programa del obús de cadenas del Ejército, porque ese recurso cuestiona el reparto impulsado desde el entorno de Indra y, con ese movimiento, el conflicto pasa a ser jurídico, lo que impide cualquier solución rápida desde un despacho.
Un modelo que se rompe por todos los frentes
De este modo, el modelo del campeón nacional no falla por un único motivo, sino por una secuencia de errores conectados, porque nace de un diseño político que no entiende el sector, introduce un conflicto de intereses en su núcleo, genera rechazo en actores clave, permite la entrada de competidores internacionales y, finalmente, acaba siendo impugnado en los tribunales.
Por eso, el sistema ya no funciona como una pirámide con Indra en la cima, sino como una red donde cada empresa busca su posición, firma alianzas y defiende su espacio, mientras el intento de control central o, cuando menos, de coordinación, se diluye en la práctica.
En consecuencia, el problema ya no consiste en decidir quién lidera el campeón nacional, sino en aceptar que ese campeón no encaja como estructura real, porque la industria de defensa en España precisa, antes bien, de un pool de empresas al modo estadounidense que, coordinadas desde el gobierno, actúen como tractoras de la producción.
Y aceptando además que las empresas españolas ya operan dentro de un marco atlántico, con actores internacionales, intereses cruzados y conflictos abiertos que ningún diseño político ha logrado cerrar.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
