Asturias Liberal > Aportaciones > Agosto productivo: o cómo descubrir que un bloque naval no es un cilindro con vocación marinera

El riesgo de descubrir que no éramos un astillero

Hubo un tiempo —no tan remoto como nos gusta fingir, pero sí lo suficiente para que pueda doler recordarlo— en el que los portátiles eran simples pecés (PC´s), unos cabezones con vocación de oráculo lento. Unas máquinas con programas carísimos de planificación, capaces de convertir una simple modificación en una tarde entera de espera, y que imprimían sábanas de papel continuo que no se sabían muy bien si eran planificación industrial o ensayos experimentales.

En ese ecosistema casi del pleistoceno, uno empezaba a coquetear con Microsoft Project, que por entonces no era una herramienta sino una declaración de intenciones: creías en él, aunque no siempre entendías sus designios. Venía a ser como esos mandos a distancia con treinta botones de los que solo usas tres, pero te niegas a tirar porque “algún día” descubrirás para qué servían los otros veintisiete… aunque ese día, como los materiales en agosto, nunca termine de llegar.

Y ahí estaba López —hombre de Operaciones, que ya es decir bastante— detectando con tiempo de antelación lo inevitable: en agosto el taller se iba a quedar con ese silencio raro y quedo que solo aparece cuando se van los equipos grandes, como si alguien hubiera desenchufado el ruido de fondo.

Porque aquellos semejantes bichos no solo solían ocupar medio taller: también la rutina, las rutas de paso, las conversaciones y hasta las excusas emocionales. Cuando salían por la puerta, no es que quedara espacio… es que quedaba un vacío casi afectivo, de esos que te hacen caminar más despacio sin saber muy bien por qué, como si el propio taller estuviera en fase de adaptación, mirando a su alrededor y pensando: “¿y ahora cómo me lleno?”

Sobra decir que sucedía en aquella época que, si querías cerrar una especificación, unos cálculos o un plano, necesitabas: un original, cuatro copias, un sobre, un sello, paciencia… y una cierta inclinación espiritual hacia el sufrimiento. Total, que la chapa llegaba cuando llegaba, los aceristas cerraban en agosto (porque el acero también necesitaba vacaciones) y el diagnóstico era claro: ese mes iba a ser un erial productivo. Y hasta septiembre no tendríamos nada que hacer.

Y entonces apareció la idea.

Ah, la idea, ese destello de genialidad que solo surge en despachos con moqueta, donde la física industrial se rige por leyes totalmente alternativas. “Oye, ¿y si hacemos bloques navales?”. Y no solo eso: ese alguien que había tirado la pregunta al aire también ya había hecho los deberes —o eso parecía— y había negociado con el astillero de al lado para que nos pasara a fabricar cuatro bloques, con todo el material suministrado por ellos, y que nosotros únicamente tendríamos que ensamblar y soldar. Ensamblar y soldar… casi un pasatiempo de verano, poco más que un mecano industrial. Total, pensaron, si sabemos hacer equipos a presión —redondos, ordenados, civilizados—, ¿qué puede haber de complicado en unos cuantos bloques navales, que básicamente son… bueno… hierro con forma de… cosa?

Además, para nuestra tranquilidad: no era por negocio. Era “por ocupar a la gente”. Y, por si quedaba alguna duda, me aseguraron con tono casi terapéutico que no habría problema de rendimientos, que todos éramos perfectamente conscientes de que no teníamos experiencia en aquello… como si reconocer la inexperiencia, por algún misterioso mecanismo, la neutralizara. Esa frase que, en retrospectiva, debería activarse como alarma sonora en cualquier sistema de gestión.

El plan era perfecto. Tan perfecto que la realidad decidió intervenir.

Agosto llegó

Agosto llegó, pero el material decidió tomárselo con la misma filosofía vacacional que los aceristas.

Primera semana: no nos suministraron nada. Ni rastro. El taller en modo contemplativo, como esperando a que el acero brotara como los eucaliptos, por generación espontánea.

Segunda semana: llegó “algo”, pero no lo necesario para empezar, una especie de caldo como aperitivo industrial. Pero sin cuchara.

Tercera semana: más de lo mismo, piezas sueltas que, con mucha imaginación, podrían haber servido para montar cualquier cosa… menos lo que tocaba.

Y ya en la cuarta semana —cuando, según el plan original, deberíamos estar rematando los cuatro bloques e ir calentando motores para hacer lo nuestro— llegó todo el material de golpe, sin previo aviso y sin anestesia, como una mudanza a traición. Para entonces, el calendario ya no era una herramienta de planificación sino una pieza de humor negro.

Septiembre y el Tetris industrial

En septiembre empezó a llegar “nuestro material”, y entonces ocurrió el fenómeno clásico: la superposición caótica de dos mundos totalmente incompatibles.

Resultado: el taller, que iba a estar vacío, se convirtió en una especie de Tetris industrial donde convivían equipos a presión, bloques navales, chapa propia y chapa ajena. Y probablemente, la dignidad de más de uno buscando salida de emergencia.

Para más INRI, los cuatro bloques iniciales, como toda buena previsión optimista, evolucionaron a doce. No por una necesidad estratégica ni por un estudio sofisticado profundo, sino porque alguien, claramente venido arriba y aprovechando su genial idea anterior, decidió que total, qué más daba hacer cuatro que doce… Porque si algo ha demostrado la historia industrial es que los proyectos no crecen de forma lineal, sino por generación espontánea y entusiasmo mal calibrado. Y, total, si los de al lado hacen barcos sin despeinarse bien podríamos hacer nosotros parte de ellos pues para eso somos los más-mejores del mundo-mundial.

En fin, el primer bloque y que había que entregar a finales de agosto, se entregó en octubre, con ese aroma a “hemos sobrevivido” más que a “hemos triunfado”.

Y el episodio de la valla ya fue la guinda: viernes, 16:00, todo listo… pero en el astillero estaban mentalmente en modo sidra. Porque, al parecer, el concepto de urgencia en una empresa pública navega en otra zona horaria, con mareas propias y calendarios distintos, regidos por extraños parámetros desconocidos para el resto de los mortales. Resultado: la logística naval derrotada por la planificación etílica.

Ya si eso, dad la vuelta con el bloque mastodóntico y volved el lunes que estamos a punto de cerrar la taquilla (y entre que lo pensamos y lo hacemos tardamos una hora).

O más. El lunes, claro. Siempre el lunes.

A diciembre se llegó con seis bloques entregados, varios a medias y otros en fase conceptual avanzada (es decir, sin empezar). Pero eso sí, con un consumo de horas que habría hecho palidecer a los ingenieros de la Torre Eiffel, si estos hubieran decidido montarla con llaves fijas y escaleras de madera y prestadas.

Reflexiones

1. La física de la moqueta vs. la termodinámica del taller

En los despachos, el trabajo ajeno siempre parece una función continua, suave y adaptable. En el taller, en cambio, es una función a trozos, con discontinuidades, picos y algún que otro salto al vacío. Traducido: lo que en PowerPoint es trivial, en fabricación tiene soldaduras, tolerancias, sobrecargas de trabajo y consecuencias.

2. La planificación: ese arte de domesticar lo indomesticable

El papel lo aguanta todo. El Gantt, más aún. Puedes encajar tareas como si fueran piezas de Lego… hasta que aparece la realidad, que no usa Lego sino piezas únicas, deformadas y con plazos que dependen de factores tan exóticos como “que llegue el material correcto y a tiempo”.

La planificación no falla porque esté mal hecha; falla porque asume que el mundo se comporta de manera racional y planificada.

3. El mito del millón de personas

La famosa expresión de que “si un barco lleva un millón de horas, con un millón de personas se hace en una hora” ignora pequeños detalles:

Que dos personas ya pueden estorbarse.
• Que coordinar a mil requiere más tiempo que trabajar.
• Y que añadir gente a un proceso no lineal suele generar un efecto fascinante: el trabajo no avanza más rápido, pero los problemas sí se multiplican exponencialmente.
• En ingeniería real, más manos no significan más velocidad; significan más reuniones para decidir quién estorba a quién.

4. La tentación de invadir territorios ajenos

Hay una constante universal: todo taller cree que el trabajo de otro es más fácil que el suyo. Hasta que lo intenta. Y entonces descubre que detrás de cada oficio hay años de errores ya cometidos por otros.

5. Morir de éxito (o de entusiasmo mal calibrado)

Aceptar más trabajo del que puedes absorber no es crecer: es diluirte. El problema no es la carga, sino la simultaneidad, la falta de experiencia y esa peligrosa combinación de optimismo y desconocimiento que convierte un reto en una tormenta perfecta.

Moraleja

No todo lo que cabe en un Excel cabe en un taller.

Y no todo lo que “parece parecido” lo es.

La especialización no es una limitación: es lo único que evita que acabes soldando bloques navales como quien arma un mueble sin instrucciones. Porque el mueble, en tu casa, puedes armarlo y desarmarlo cuantas veces quieras e, incluso, tirar a la basura aquellos tornillos sobrantes.

P.D. En diciembre volvimos a lo nuestro. Que, visto lo visto, no era poco. Era exactamente lo correcto. Y lo que sabíamos hacer.

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