Asturias Liberal > Asturias > Asturias: la parálisis organizada (quién gana, quién calla, quién paga)

Asturias no vive un bache, sino que vive un equilibrio, un marasmo extraño pero estable en el que la región no crece porque a su sistema no le resulta imprescindible crecer, de modo que necesitas detenerte un instante para entender que no estamos ante errores aislados, sino ante un patrón que se repite y se consolida.

Relato vs realidad. Los ejemplos sin ánimo de ser exhaustivos

El relato que se difunde en Asturias promete industria, vivienda y atracción de talento, pero la realidad contradice pesadamente al relato y esa verdad acumula hechos que desmienten esa promesa.

Existe un retraso de veinte años en la red eléctrica que frena inversiones hasta el punto de que hoy Dupont no elegiría Asturias y ArcelorMittal lleva camino, por esta y otras razones, de ser una realidad asturiana.

Mentras tanto, el Metrotrén, esa infraestructura que hubiera cohesionado Asturias, acumula kilómetros de túnel inutilizado y un Colegio de Ingenieros que guarda silencio ante ello.

Y qué decir del escandaloso episodio de Indra–El Tallerón, en el que la caída de Ángel Escribano deja al descubierto que hubo más política que industria.

Todo ello y un sinfín de ejemplos más, muestran que el decorado cambia pero los resultados no cambian.

Coste oculto del modelo

El problema de la vivienda, tan imperante en nuestras vidas, no radica en el diagnóstico, sino en la ejecución, porque Adrián Barbón firma declaraciones y evita usar plenamente sus competencias ni para ampliar drásticamente el suelo edificable ni agilizar sin recortes las licencias.

Mientras, en paralelo se bloquean universidades privadas como Nebrija o UAX por ideología y corporativismo, lo que supone renunciar a inversión y talento.

En el campo decisiones como la gestión del lobo trasladan costes al ganadero tras los reveses del Supremo, de modo que el resultado es menos actividad, menos oportunidades y más dependencia.

Parálisis como equilibrio estable para los gobernantes directos

Aquí aparece la clave maquiavélica: ya que es la coalición gobernante real, no necesita prosperidad general, sino que necesita estabilidad para ella misma y sumisión derrotista para los demás.

Y esa coalición la encarnan nombres concretos como Adrián Barbón y Ovidio Zapico junto a su red institucional y política, de manera que su lógica se basa en promesas constantes, decisiones pospuestas y control del relato, mientras la oposición, en demasiadas ocasiones, no plantea un cambio de modelo, sino un relevo de gestión, de forma que cambia el conductor pero el autobús sigue la misma ruta.

Corporativismo + política = bloqueo

El colectivo de cooperantes con la parálisis de Asturias sostiene el sistema mediante apoyo expreso, subvención recibida y silencio selectivo.

En ese nivel aparecen nombres propios.

Félix Baragaño, Carlos Paniceres y María Calvo desde el ámbito empresarial.

José Manuel Zapico y Javier Fernández Lanero desde el ámbito sindical.

Ángel Miguel González y Ángeles Rivero desde el ámbito mediático.

Todos los anteriores critican a ratos pero sin cuestionar el tablero, por lo que protestan por el humo pero no por el incendio.

Gestión del tiempo político

Y la mayoría social recibe de forma continua un suministro de relato basado en promesas en futuro, identidad por encima de balance y miedo al cambio, lo que provoca una enajenación clara, ya que se vota por costumbre mientras el deterioro, su propio deterioro, se normaliza, de forma que Asturias y los asturianos no fracasan de golpe, sino responsables y cómplices administran en la decadencia. Pero no la suya, sino la de los demás.

Este sistema no busca crecer, sino que busca durar, y mientras dure, quien vive de la parálisis la protegerá, quien la maquilla la explicará y quien la paga seguirá esperando.

Lo decimos sin rodeos: el sistema no busca crecer, sino que busca durar, y mientras dure, quien vive de la parálisis la protegerá, quien la maquilla la explicará y quien la paga seguirá esperando.

El legado que no olvidamos

Ahora bien, recordemos que Asturias no siempre se pensó así ni se dirigió así, porque hubo momentos —y nombres— en los que la política no consistía en administrar inercias, sino en intervenir sobre la realidad con voluntad de cambio.

Ahí aparece la figura, tan histórica como reciente, de Francisco Álvarez-Cascos con un rasgo que hoy resulta rupturista: la voluntad de hacer. No de anunciar, no de posponer, no de gestionar el relato, sino de actuar.

En su etapa junto a José María Aznar, en responsabilidades clave del Gobierno, no solo se formulaban planes, sino que se ejecutaban, y además con una idea clara: los ciudadanos debían saber qué se iba a hacer… y luego verlo hecho.

Ese estilo —discutible, criticable, imperfecto— tenía, sin embargo, una virtud central que hoy se ha perdido: alineaba discurso y acción. No trasladaba siempre las soluciones al futuro, sino que asumía el coste presente de decidir.

Y cuando llegó al Principado, aunque su gobierno fue breve y condicionado por bloqueos parlamentarios, mantuvo esa lógica de confrontar problemas estructurales, desde la industria hasta la energía, proponiendo acuerdos y reformas que hoy siguen pendientes.

Porque, al final, la diferencia no está en el tono del discurso, sino en la relación con la realidad. Un modelo promete; otro ejecuta. Uno administra tiempos; otro asume costes. Uno busca durar; otro intenta transformar.

Y quizá ahí esté la clave incómoda que Asturias evita mirarse al espejo: no se trata de elegir entre izquierda o derecha, ni entre siglas, ni siquiera entre relatos más o menos seductores, sino entre dos formas de ejercer el poder, una que aplaza y otra que actúa.

Lo demás —todo lo demás— es seguir esperando.

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