La frase que abre la grieta
«El derecho internacional no es ningún derecho», escribe José Fuero, y conviene empezar por ahí porque no estamos ante una provocación retórica sino ante una constatación incómoda que, además, conecta directamente con la intuición que muchos se resisten a formular:
el llamado orden internacional basado en normas ha sido, en gran medida, una arquitectura verbal sostenida por equilibrios de poder y no por principios efectivos.
1945 como relato y no como verdad
Durante décadas, desde 1945, se proyectó la idea de que el mundo había entrado en una fase superior de civilización política, articulada en torno a instituciones como la ONU y a un corpus normativo que pretendía universalizar los derechos humanos, pero, si se examina con frialdad histórica, ese orden nunca tuvo una validez real plena, ya que en el bloque comunista de la Guerra Fría los derechos fundamentales fueron sistemáticamente subordinados al control político, mientras que en el bloque occidental se defendían con intensidad variable pero siempre claramente , lo que revela que la norma nunca fue el motor, sino el lenguaje legitimador.
Esa fractura, que ya estaba presente y que en mi texto “Poder frente a norma: Trump no es causante sino síntoma de un mundo que muere y otro que pugna por nacer” aparecía como síntoma de un mundo que abandona la ilusión de un orden basado en reglas, se hace hoy explícita en conflictos como el de Irán, donde ambos contendientes apelan simultáneamente a la legalidad internacional y a su propio interés nacional, de modo que el discurso jurídico queda vaciado de contenido mientras la lógica del poder actúa sin disfraces.
Irán, la guerra y la desnudez del poder
Teherán invoca soberanía y resistencia frente a Occidente mientras reprime cruelmente a su población y proyecta imperialismo regional mediante actores armados, y, al mismo tiempo, sus adversarios justifican sus movimientos en términos de seguridad y estabilidad frente a la agresión de la teocracia iraní, lo que demuestra que la norma no limita el poder sino que lo acompaña, lo traduce y lo recubre.
Si ampliamos el foco, el patrón se vuelve aún más evidente, porque el actual alineamiento de actores muestra con claridad que el respeto a los derechos humanos no constituye el eje real del sistema internacional: el régimen iraní los vulnera de forma sistemática, mientras que potencias liberticidas como China o Rusia lo respaldan o lo instrumentalizan según convenga, sin que exista un mecanismo efectivo que obligue a corregir esas conductas, lo que confirma que el orden internacional no es un orden jurídico en sentido fuerte, sino un campo de fuerzas donde las reglas son contingentes.
La única pregunta honesta
Llegados a este punto, y una vez despojada la ilusión normativa, la cuestión deja de ser jurídica y pasa a ser existencial y política, porque, si no existe ni existirá un poder único capaz de imponer de manera estable un sistema normativo global —ya que siempre habrá múltiples plataformas de poder en conflicto—, entonces la única pregunta relevante es otra, más incómoda pero también más honesta:
●¿en qué campo desearía uno vivir?
●¿qué tipo de orden, con todas sus imperfecciones, ofrece un marco donde la libertad individual, la democracia representativa y la prosperidad económica tienen al menos una posibilidad real de desarrollarse?
La respuesta, por mucho que incomode a quienes prefieren refugiarse en equidistancias retóricas, es bastante clara, porque, aun con sus contradicciones y errores, el espacio de las democracias liberales sigue siendo el único donde esos valores no son meras palabras vacías, sino realidades imperfectas pero tangibles, y, precisamente por eso, incluso cuando ese campo falla o actúa de forma incoherente, resulta más racional sostenerlo y reformarlo desde dentro que diluirlo en un relativismo que equipara sistemas que no son equiparables.
La incoherencia española
Sin embargo, y aquí aparece el elemento más preocupante en clave nacional, la actitud del gobierno y la izquierda en España introduce una contradicción difícil de sostener, ya que pretende beneficiarse del paraguas político, económico y de seguridad del mundo democrático occidental, mientras, de forma simultánea, adopta posiciones discursivas y diplomáticas que favorecen o blanquean a actores que combaten ese mismo marco.
No solo debilita la credibilidad externa de nuestra nación, sino que revela una falta de inteligencia estratégica que, en un entorno internacional cada vez más descarnado, no es una cuestión menor sino un riesgo estructural.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
