Hay figuras que no caben en una sola etiqueta. Juan Carlos I es una de ellas. Francia le ha concedido un reconocimiento por sus memorias, escritas junto a la historiadora Laurence Debray, y él mismo ha dejado una frase que resume bien su posición actual: “nadie es profeta en su tierra”.
Esta frase, más que una queja, habría que interpretarla como lo que es: un diagnóstico de la absurda España actual, que reniega de quien unió y ensalza todas las apologías del terror que ETA produjo y cuyos beneficios hoy cosecha en forma de las muchas prebendas políticas que Bildu obtiene de Pedro Sánchez, homenajes a etarras incluidas.
De la dictadura a la democracia
Cuando muere Francisco Franco en 1975, España no tenía una democracia. Tenía un régimen autoritario, respuesta inevitable por desgracia al caos y al terror de la II República. Un poder anacrónico, el de Franco, cuyo desmontaje era imprescindible y cuyas secuelas hubo de equilibrar con el hecho inaceptable para la izquierda de que fue desde el mismo régimen y con personas salidas de élcomo se logró la democracia.
Juan Carlos, por lo tanto, hereda ese poder y decide desmontarlo. Aquí no estuvo solo. Torcuato Fernández-Miranda diseñó la ingeniería jurídica y Adolfo Suárez ejecutó la operación política.
Entre los tres construyeron una Transición que, con todas sus imperfecciones, fue eficaz: pasar de una dictadura a una democracia sin guerra civil ni ruptura violenta.
El 23-F y el momento decisivo
Ese es su primer gran mérito. El segundo llegó el 23 de febrero de 1981. Mientras Antonio Tejero tomaba el Congreso y Alfonso Armada maniobraba en la sombra, el Rey apareció en televisión con uniforme militar y desactivó el golpe. Sin ese gesto, la historia de España podría haber sido otra muy distinta y parece algo incontestable solamente con bulos pertinaces, a la vista de lo encontrado en los papeles desclasificados del 23-F.
Hasta aquí, sobresaliente. Pero la vida no se detiene en 1981.
Sombras personales y errores políticos
Su trayectoria posterior se complica. Su vida personal —viajes, relaciones, comportamientos impropios de su posición— proyectó una imagen frívola y dañina para la institución. No es un detalle menor: en una monarquía parlamentaria, la legitimidad no se vota, se construye día a día con ejemplaridad. Y ahí falló pero aún así, solamente desde una conciencia retorcida por el rencor histórico o por la propaganda de los medios oficiales puede anteponerse un asunto como éste a una ejemplar gestión política como aquella.
Tampoco estuvo fino en el terreno político en etapas más recientes. Su cercanía a José Luis Rodríguez Zapatero coincidió con la integración del nacionalismo catalán más exigente en la lógica de poder del sistema. Ese movimiento, que buscaba estabilidad a corto plazo, abrió dinámicas de fragmentación que hoy siguen pesando.
No fue el único responsable, pero sí que fue un espectador demasiado neutral. Cierto es que los poderes que pudo exhibir en contra no son tantos el de quienes, con su voto, hubiera y aún puede cambiar el designio de España:
los ciudadanos que votan y, con ello, abren caminos de resurgimiento de la nación….o los cierran.
La Meca: diplomacia y polémica
Otra acción brillante del emérito: en el proyecto del AVE a La Meca —el Haramain High Speed Rail— España logró en 2011 un contrato de unos 6.736 millones de euros para construir una línea de 450 kilómetros entre Medina y La Meca.
Fue un éxito industrial de primer nivel. Empresas españolas se posicionaron en el exterior y demostraron capacidad tecnológica en condiciones extremas.
Aquí, Juan Carlos jugó un papel relevante. Su relación con la monarquía saudí facilitó el acceso y, en 2015, intervino para evitar que el contrato descarrilara por retrasos y tensiones internas del consorcio. Eso es diplomacia económica efectiva.
Esa misma relación dio lugar a la evidencia de una legítima comisión de 100 millones de dólares procedente de Arabia Saudí. La investigación abierta se archivó en 2022: no se pudo acreditar delito y, además, los hechos estaban cubiertos por la inviolabilidad que tenía como jefe del Estado. Y para más contexto: el beneficio en términos de economía nacional avalan aún más esa legitimidad
Balance final y forma de Estado
Balance final. Si uno separa etapas y contextos, el resultado es claro: un papel decisivo en el momento crítico de España y una deriva posterior que empaña su legado. No es héroe intocable ni perfecto, pero mucho menos un villano.
Un notable alto y muy alto, que pasa a ser un sobresaliente cuando de lo que hablamos de de la institución de la Monarquía española como tal.
Puede preferirse en términos téoricos, la república como forma de Estado, pero ni una ni la otra se deciden, existen y subsisten en abstracto. Las naciones las instauran por razones concretas.
Y en la España de hoy, con fragmentación territorial, polarización y debilidad institucional, la monarquía parlamentaria sigue siendo el mal menor.
Una república española, la tercera, exigiría todo un periodo de auténtica Memoria Democrática desmontando, al igual que se hizo con el franquismo, los mitos angelicales que han dibujado sobre las dos repúblicas habidas, especialmente la que provocó, ella solita, una Guerra Civil.
La conclusión es sencilla: Juan Carlos I acertó cuando España más lo necesitaba y la Monarquía es la menos mala de las formas de Estado que España, hoy, puede tener.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
