Asturias Liberal > Economía > Manual básico: cómo montar un incendio con una sola pregunta
 
Sin tubuladuras no hay paraíso. Y tampoco despidos

Hace muchos años yo estaba en un puesto importante de Operaciones. Fabricábamos equipos a presión, de esos cuya calidad debía ser infinita y los plazos inamovibles: siempre había un barco esperando, una refinería en pausa y media petroquímica rezando para que aquellos “botijos” llegaran a tiempo.

Aquello implicaba penalidades surrealistas que hacían renacer vocaciones místicas… o ganas de hacerse tendero en un pueblo sin cobertura.

Y, en más de una ocasión, también hacían aflorar una extraña mezcla de fe, paciencia y sentido del humor: tres cosas imprescindibles cuando todo depende de algo que aún no ha llegado.

Un buen día, el dueño y gerente me llamó. Tono: volcán en erupción. O más.
—López, ven ahora mismo por la oficina.
—Como rápido y voy.
—No. Ahora mismo. Sin falta.
Raudo y veloz, dejé lo que tenía entre manos. Antes de subir al coche dije al equipo:
—Chicos, algo muy grande -y malo- debimos hacer, porque me reclaman con urgencia.
(Siempre tuve a gala repartir los éxitos… y colectivizar las culpas).

Llego. Me siento. Y dispara:
—¿Están las tubuladuras soldadas en el equipo X?
—No. Sin más: pregunta concreta, respuesta sencilla.

Y ahí arrancó la moto: de 0 a 100 en cero-coma.
—López, eres un inútil, un vendehumos… yo no te contraté para esto. Cuando salgas, pasa por RRHH: estás despedido. Así, sin anestesia.

Siguieron improperios variados: que si no era consciente de lo que nos jugábamos, que una penalidad así nos podía cerrar, que si yo no estaba para vender motos sino para fabricar equipos en tiempo y forma, que si aquello era un despropósito sideral digno de estudio en Cuarto Milenio…


Permanecí largos minutos, entre impasible, inmutable e interiormente entretenido, hasta que dejó de espumar por la boca, bajó el volumen y preguntó:

—¿Y por qué no están soldadas?
—Pues porque no las tengo en mi poder. Y sin ellas… complicado soldarlas. Sin ladrillos no me pidas construir un edificio, salvo que lo dibuje. Podría hacerlo de cartón piedra salvo que tampoco tenga material para esa encomienda. En otras palabras, lo difícil lo hago de inmediato; en cambio con los milagros tardo un poco más.

Le explico, pausado: llevo más de15 días -que se dice pronto- detrás de los responsables de subcontratación, mañana y tarde, incluso ofreciéndome -todos los días, repito, mañana y tarde- a ir yo mismo al taller a mecanizar las caras de asiento de las tubuladuras. Tardaría más seguro que el propio tornero experto del taller subcontratado, pero, después de 15 días, seguro que ya las tendría en mi poder. Siempre la misma respuesta: “no te preocupes; se está en ello”.

Llama a la persona en cuestión (responsable de subcontratación). Diálogo surrealista:
—Fulano, las tubuladuras ¿Están soldadas en el equipo en el taller?
—No.
—Claro, si López no las tiene, difícilmente puede soldarlas. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque me preguntaste si estaban soldadas, no en qué estado estaban. Respondí exactamente a lo que preguntabas. Están aún sin mecanizar a dónde se llevaron así que, López, no las puede tener.

—Pues ve corriendo y que las hagan y, si no pueden, cambia de taller para que las mecanice “ya”. (Y otra vez de 0 a 100, con similares improperios que a mí, pero en este caso al otro)
(Silencio incómodo. Mi sonrisa, discretamente irónica, saludando desde una comisura).

Me levanto para marchar y pregunto:
—Entonces… ¿paso por RRHH a pedir la cuenta?
—López, no me jod.. ¿por qué no me paraste?
—Pues porque tengo a gala no interrumpir a mis mayores o superiores hasta que me dan entrada.

Y porque sigo el criterio de un buen amigo que me dice:
—“López, si tienes razón, ¿para qué discutes? Y, si no la tienes, ¿para qué vas a discutir?”
Y ahí quedó la función.

Tiempo después, con la misma persona en otro de esos monólogos desenfrenados, queriendo hacerme comulgar con ruedas de molino acerca de ciertos rendimientos en el conformado de piezas, entró en su despacho una tercera persona a la que dijo:

—Fulano, ¿te das cuenta de que somos más de 300 personas y solo discuto con López?. Y estoy hasta las narices de eso. No puedo con él.
Respuesta de fulano (persona de gran sentido común):
—El tema está muy claro. López es el único de toda la plantilla que ha tenido prácticamente tus mismas vivencias y, de los más de 300, es el único que solo te da la razón cuando la tienes; el resto acata órdenes sin rechistar. Esa es la razón de por qué López ostenta la posición que tú le has dado y el resto están donde están.

Te lo voy a resumir muuuuuy sencillo en dos puntos y luego, ya si eso, haces lo que quieras (como siempre):
1. No creo que estés discutiendo, porque solo levantas la voz tú y, cuanto más la levantas, más sosegado está López.
2. Si quieres hacer la empresa grande, deja que haya gente como López y que contraste y debata opiniones; en cambio, si la quieres hacer mediocre, rodéate de palmeros que jamás te lleven la contraria. Ésos, nunca se equivocarán, pero tampoco avanzará la empresa.

El eco de sus palabras quedó suspendido en el aire como una verdad incómoda. Nadie añadió nada. El gerente, por primera vez en mucho tiempo, no tenía réplica inmediata. Miró la mesa, luego la ventana… y finalmente asintió muy levemente, como quien entiende algo que siempre había estado ahí pero nunca quiso escuchar.

Aquel silencio estirado no fue vacío: fue de los que ordenan jerarquías sin decir una palabra. Y, curiosamente, desde ese día, ya no volvimos a discutir igual.

Reflexiones:

Preguntar mal sale caro. Responder literal, a veces más.
• La información incompleta es el combustible favorito de los incendios innecesarios.
• Liderar no es subir el volumen, es afinar las preguntas.
• En operaciones, sin material no hay milagros; solo PowerPoints.
• La serenidad desespera… pero también desenmascara.
• Más vale ponerse colorado una vez que un ciento amarillo

Moraleja:

Antes de despedir a alguien, asegúrate de que no le faltan… las piezas.


 

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