El 11 de mayo de 1932 nacía en un humilde hospital de Lavapiés Francisco Umbral. Aunque nacido en Madrid, pasó los primeros años de su vida en Valladolid y Laguna de Duero, soportando lo que él mismo definió como una “infancia cruel y una adolescencia atroz”: hijo de una madre soltera y de un padre que nunca lo reconoció, se pasó gran parte de su infancia engañado -curiosamente como Eric Clapton- sin saber que una de sus tías era, en realidad, su madre.
Hasta los diez años no pisó las aulas, una experiencia que resultó desastrosa para un niño que no era capaz de adaptarse a la estricta disciplina en la educación de la época; además, la resistencia de su madre a presentar su partida de nacimiento en centros de enseñanza oficiales –para evitar que se descubriera su verdadera filiación- le cerró el acceso a estudios superiores e hizo que Paco Umbral se convirtiera en un devorador de libros autodidacta.
Sin estudios, el joven Umbral empezó a trabajar con catorce años de botones en el Banco Central de Valladolid, aunque su mente viajaba entre palabras, relatos e historias… especialmente desde que conoció el poemario Cántico de Jorge Guillén: el gozo del ser, la exaltación del instante y la conciliación del hombre con el mundo pasaron a convertirse en una obsesión en la existencia de Umbral.
Delibes, Madrid y el Café Gijón
Después de pasar por la prensa de León y Valladolid, el talento para la prosa de nuestro autor llamó la atención de Miguel Delibes y éste lo apadrinó para dar el salto a Madrid en 1961: allí se convierte en un habitual de las tertulias del Café Gijón, adoptando -además- una estética dandi que le acompañaría el resto de su vida.
Su calidad literaria no pasa desapercibida y enseguida empiezan las publicaciones de sus novelas y ensayos, así como sus colaboraciones en diarios con un novedoso estilo inconfundible que mezcla la actualidad con una esmerada prosa lírica y humorística, una clase que consagra su carrera literaria.
Ya a mediados de los años setenta, en 1974, pierde a su único hijo -con sólo seis años- a causa de una terrible leucemia, pero es capaz de canalizar ese inmenso dolor hacia la obra Mortal y rosa (1975), considerada su obra cumbre y una de las más bellas elegías de la literatura española.
También en 1975 gana el prestigioso Premio Nadal y a partir de ahí comienza su etapa de consagración absoluta, con una prolífica producción literaria unida a una no menor influencia política; sus columnas (primero como figura destacada en El País, más tarde en Diario 16 y finalmente en El Mundo) se convertirán en retratos de la cara y la cruz de la capital: de la efervescencia de la democracia y la Movida Madrileña, pasando por los excesos de la alta sociedad o los nuevos ricos (beautiful people)… hasta el ocaso del “felipismo”.
La década roja y el colmillo afilado
La intensa andadura vital de aquel pobre botones en un banco de provincias, del escritor de elevada prosa o del dandi del Café Gijón, cuyo acercamiento al Partido Comunista (merced a su amistad con Santiago Carrillo) le llevó inmediatamente al escepticismo político, le otorgó a nuestro autor la autoridad moral y el colmillo afilado para para escribir en 1993 La década roja, un libro que muchos no habrán leído pero cuya presentación en televisión seguramente todos recordamos:
Lo que pudiera parecer una intervención excéntrica y extemporánea tiene un trasfondo mucho más profundo; más allá de la indignación, el enfado de Francisco Umbral entraña también la sospecha de una supuesta censura: recordemos que, en 1993, cuando las cosas ya no le iban tan bien al PSOE de Felipe González, esta obra supone un retrato crítico, ingenioso y mordaz sobre los diez primeros años de gobierno socialista en la que el autor no sólo se atreve a criticar el socialismo, las contradicciones políticas o la corrupción… sino a plasmar el desencanto con una situación y una sociedad que nada tienen que ver con aquella ilusión democrática con la que se iniciaba la década de los ochenta.
Además, a través de su disertación el escritor también deja en evidencia a la moderna televisión que llegaba con la década (recordemos que la entrevista es en Antena3, una de las cadenas privadas que empezaron a emitir a principios de los noventa) con sus comentarios: “esto es un engaño, como toda la televisión, que es putrefacta, como dicen todos los días los columnistas de televisión”, “el que hagáis programas, que os pagan muy bien la televisión, y os los llenemos gente que no cobramos un duro… ya está bien”, y aún le queda tiempo para reprender a la afamada y profesional periodista Mercedes Milá: “me has prometido por teléfono que el tema iba en torno a mi libro… Entonces yo me voy, porque mi opinión la expreso todos los días en el periódico y para eso me pagan y ahí me desahogo y digo lo que pienso, y me juego la vida y el porvenir”.
El público, el sainete y la televisión
Por último, también es digna de mención y análisis la reacción del público, quienes, ante las evidencias del escritor exteriorizando la farsa del programa, le afean la intervención, le invitan a marcharse y se posicionan del lado del sainete (supongo que pensarían “show must go on”), algo que recibe el aplauso del propio Umbral.
Esta escena, ocurrida hace más de treinta años, es el día a día en muchas empresas, en muchos ámbitos y en nuestra propia sociedad; para cualquier acto o debate se buscan voces autorizadas (a veces incluso rogando su asistencia por favor) que den lustre a la ponencia: si sabemos que su discurso no va a ser conveniente se deja pasar el tiempo sin darles la oportunidad de expresarse, y si se les ocurre pedir la palabra… es mejor que abandonen la sala. Nunca antes en la historia habíamos visto tantas evidencias dignas de comentario o meritorias de crítica o debate y, bien las partes interesadas o bien el mensajero (la mass media en este caso) se encargan de maquillar o silenciar.
En 1993 la TV fue a por lana y volvió trasquilada con Francisco Umbral, me temo que hoy eso sería casi imposible.

Licenciado en Filología Española (Literatura)
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