Hay visitas políticas llenas de contenido y otras plenas de humo y rosas.
Ésta pertenece a las segundas.
La visita de Adrián Barbón al Vaticano no se orienta a producir decisiones, compromisos o consecuencias verificables, sino a generar una atmósfera emocional: paz, emoción, identidad, elevación moral. Es política entendida como experiencia subjetiva, no como ejercicio racional del poder.
Ese desplazamiento no es menor. Cuando un gestor público convierte su vivencia interior —«un inmenso sentimiento de paz»— en el eje comunicativo de un acto institucional, no informa: sustituye la razón pública por la emoción privada. No se discute qué se defendió, qué se pidió o qué se obtuvo. Se invita al ciudadano a compartir un estado de ánimo. Y los estados de ánimo no rinden cuentas.
La emoción ocupa el lugar de la decisión.
La palabra paz, colocada en el centro del relato, actúa como comodín moral. Es irreprochable y, precisamente por eso, inoperante. Nadie puede oponerse sin quedar como un salvaje, pero nadie sabe qué implica políticamente. Funciona como anestesia crítica.
A ese registro se suma un identitarismo de baja exigencia. Asturias aparece como repertorio simbólico —historia, patrimonio, tradición— sin traducción operativa.
Es identidad como atmósfera: reconforta, une, genera adhesión estética. Pero no ordena prioridades, no fija criterios, no impone deberes. Es comunidad sin proyecto. Y una comunidad sin proyecto es terreno fértil para la política decorativa.
Progresismo eclesial: influencia cómoda, moral sin filo

Nada de esto es improvisado. La visita se articula a través de una red concreta del catolicismo izquierdista español, representada por figuras como Ángel Fernández Artime o el Padre Ángel, eficaz en la verborragia humanitaria de concordia y con sensibilidad social.
Un marco moral impecable para la fotografía institucional y extraordinariamente cómodo para el poder.
Su límite también es conocido. Cuando la realidad exige nombrar al responsable, señalar al verdugo o asumir el coste de la claridad, ese progresismo tiende a refugiarse en la abstracción. Se habla de sufrimiento, pero no de culpables; de preocupación, pero no de condena; de paz, pero no de justicia.
El humanitarismo sin coraje moral no es virtud: es una forma elegante de mirar hacia otro lado.
El episodio venezolano lo ilustra con precisión quirúrgica. Se expresa inquietud por la situación internacional, se alude al dolor, se invoca la concordia. Lo que no aparece es una condena explícita de la dictadura. La ambigüedad no es neutral: beneficia siempre al poder de facto.
Para un gobernante, este marco es ideal. Permite exhibir sensibilidad sin asumir riesgos, proyectar ética sin conflicto y construir respetabilidad sin compromisos incómodos.
Es moral de bajo voltaje, perfectamente compatible con la inacción.
Mensaje interno: distanciamiento del arzobispo incómodo

La tercera clave es interna y decisiva. La visita confirma el distanciamiento deliberado de Barbón respecto del arzobispo Jesús Sanz Montes, con quien mantuvo un enfrentamiento público meses atrás. No es un desacuerdo teológico. Es un conflicto de modelos de Iglesia en el espacio público asturiano.
Sanz Montes representa una voz incómoda. Introduce fricción moral, rompe consensos fáciles y obliga a posicionarse. Exactamente lo que una política basada en la gestión emocional necesita neutralizar. La alternativa es una Iglesia amable, pastoral, fotogénica, capaz de acompañar sin interpelar y de bendecir la concordia sin exigir decisiones costosas.
La visita al Vaticano, gestionada sin el arzobispo de Oviedo y apoyada en otros actores, funciona como desautorización simbólica indirecta. No se combate la voz incómoda: se la rodea, se la margina con agenda, se la sustituye por decoración.
Mucho aroma moral. Poca sustancia política.
El patrón es claro. Cuando el poder renuncia a ordenar la realidad, se refugia en los símbolos. Cuando evita el conflicto, eleva la emoción. Cuando teme la crítica, busca aliados morales sin nervio. El resultado es una política de incienso.
La ironía final es evidente. Se viaja a Roma para hablar de paz sin atravesar los conflictos reales; se exhibe Asturias como emblema mientras se aplazan decisiones estructurales; se invoca la elevación espiritual para practicar una técnica muy terrenal: convertir la emoción en coartada.
La visita no demostró fe expresamente y si lo hizo fue una fe evanescente. Usó el símbolo para no asumir el coste de la verdad.
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- Covadonga: latido del corazón asturiano (y algo más) (Asturias Liberal)
- La intrahistoria de la visita de Barbón al Papa (El Periódico)
- Barbón siente «un inmenso sentimiento de paz» en la audiencia con el Papa (El Comercio)

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED