Asturias Liberal > Asturias > Barbón, Ferraz y el silencio calculado: gobernar mirando a Madrid

“Gobernar no es administrar silencios ni calcular ausencias. Gobernar es decidir, asumir costes y ofrecer un rumbo.”

Adrián Barbón no actúa solo como presidente del Principado; actúa, sobre todo, como cuadro orgánico del PSOE que conoce bien dónde están los límites de su autonomía. Y ese conocimiento explica más de su comportamiento político que cualquier discurso institucional sobre prudencia, diálogo o responsabilidad.

Cuando estalla el conflicto de la financiación autonómica, Barbón no da la cara. No porque no tenga opinión, sino porque no puede permitirse convertir esa opinión en un pulso personal con Moncloa.

El choque lo protagoniza Guillermo Peláez, lo secunda la FSA como aparato y se verbaliza en comunicados, ruedas de prensa técnicas y declaraciones medidas.

Barbón observa. Calla. Calcula. Y eso, en política, no es neutralidad: es estrategia defensiva.

La comparación con Emiliano García-Page es inevitable y reveladora.

Page confronta porque controla su federación y, sobre todo, porque controla sus listas. Barbón no. En Asturias, Ferraz sigue teniendo una capacidad de intervención real en la confección de candidaturas autonómicas y en el equilibrio interno del partido. Y Barbón lo sabe.

  • •Por eso no cruza determinadas líneas.
  • •Por eso evita la foto del enfrentamiento directo con María Jesús Montero.
  • •Por eso su crítica nunca apunta al núcleo del poder federal, sino que se queda en la periferia técnica.

Aquí entra el primer silencio significativo: Barbón no cuestiona a Sánchez, solo al modelo. No cuestiona la lógica política que lo sustenta, solo sus efectos para Asturias.

Es una crítica amputada, diseñada para no incomodar a quien decide más arriba. No es casualidad. Es supervivencia orgánica.

Ese silencio se acompaña de otro aún más elocuente: el de quienes, dentro del socialismo asturiano, sí mantienen una relación fluida con Moncloa.

La ausencia de Adriana Lastra en momentos clave no es anecdótica. Es una forma de no quemarse, de no tener que elegir públicamente entre Asturias y Ferraz, de no dejar huellas innecesarias. En el PSOE, las ausencias hablan tanto como los discursos.

Mientras tanto, Barbón juega su otra carta: la del cálculo electoral por descarte.

No necesita entusiasmar; le basta con resistir. Álvaro Queipo no ha conseguido aún articular una alternativa sólida, ni un liderazgo que trascienda el anti-PSOE.

El PP asturiano sigue siendo un proyecto en construcción, con dificultades para marcar agenda y para ofrecer una narrativa regional potente. Barbón lo sabe y lo explota.

A eso se suma la incógnita de Vox. Su crecimiento existe, pero no se desboca. Y, sobre todo, la posibilidad de que Vox y el PP lleguen a acuerdos estables en Asturias sigue siendo limitada, por tensiones internas y por miedo a costes electorales.

Y el pacto con el Foro Moriyón y Pumares, que ni suma ni ayuda a que la figura de Queipo se acerque a parecerse a un liderazgo.

Barbón confía en ese bloqueo. Confía en que la fragmentación del adversario le regale otra legislatura, aunque no tenga un balance que exhibir con orgullo.

Porque ese es el fondo del asunto: el balance.

Asturias no está mejor que cuando Barbón llegó al poder:

  • •El paro estructural persiste,
  • •la desindustrialización continúa,
  • •la reindustrialización prometida se ha quedado en anuncios y planes sin ejecución transformadora,
  • •el sector agrario retrocede,
  • •la fiscalidad pesa sobre una economía débil
  • •y la población autóctona sigue decreciendo.

Frente a eso, Barbón no ofrece un proyecto de ruptura ni una visión ambiciosa, sino gestión del declive con palabras suaves.

La financiación autonómica vuelve a retratar este modo de gobernar.

Barbón no lidera la defensa de Asturias frente a Moncloa; la terceriza. Se distancia de la ministra Montero, pero no rompe con Sánchez ni se moja lo suficiente como para que en Ferraz se sientan incómodos.

Es la política del equilibrista que mira más al mástil que al suelo que pisa. Puede que la estrategia funcione.

Puede que la suma de debilidades ajenas le permita revalidar el cargo.

Pero una pregunta queda en el aire, incómoda y persistente:

¿Merece una reelección un presidente que ha gobernado mirando más a Ferraz que a Asturias?

Porque gobernar no es administrar silencios ni calcular ausencias. Gobernar es decidir, asumir costes y ofrecer un rumbo. Y hoy, bajo Barbón, Asturias no tiene rumbo. Tiene espera. Y la espera, cuando se gobierna una región que se vacía, no es prudencia: es renuncia.


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