Imagina un parque infantil. Piensa en esta imagen como arranque sencillo para algo más profundo, tal y como nuestro colaborador José Manuel López nos tiene bien acostumbrados en sus artículos.
En un lado del columpio están los trabajadores y en el otro, los jubilados.
Mientras haya suficientes trabajadores empujando, el columpio se mantiene, pero si cada vez hay más gente en el lado de los jubilados y relativamente menos en el lado de los trabajadores, el equilibrio se complica.
Eso es lo que le pasa a España: el sistema funciona hoy, pero la tendencia demográfica y la estructura de ingresos hacen que el futuro sea más exigente.
El debate, por tanto, no debería ser “si aguanta”, sino “qué condiciones hacen que aguante sin romperse”.
1) La foto: pensiones relativamente altas, salarios relativamente bajos

(Renta real): Los pensionistas españoles superan en torno a un 17% la media europea, mientras los trabajadores están cerca de un 4% por debajo. Pensiones relativamente altas financiadas con salarios relativamente más bajos.
En este texto ponemos el foco en una comparación dolorosa: ajustando por coste de vida, los pensionistas españoles tienen una renta real superior a la media europea, mientras los trabajadores españoles quedan por debajo.
- Pensionistas: en torno a +17,5% sobre la media de la UE (renta real ajustada).
- Trabajadores: en torno a −3,9% frente a la media de la UE (renta real ajustada).
Estamos ante una enfermedad social y económica con un diagnóstico claro: el Gobierno de Sánchez presenta un país con una base salarial comparativamente más débil para sostener un nivel de pensiones comparativamente alto.
Esto no es un juicio moral. Es una relación contable.
2) El motor silencioso: la demografía

(Envejecimiento): El índice de dependencia crece de forma sostenida desde 2000, lo que indica más personas mayores por cada trabajador. La presión demográfica sobre el sistema de pensiones aumenta claramente hacia 2050.
En todo esto hay un factor que lo domina todo: cada año entran más personas en edad de jubilación y, proporcionalmente,
entran menos jóvenes al mercado laboral. Eso reduce el número de cotizantes por pensionista.
En informes europeos sobre envejecimiento, la tasa de dependencia (mayores respecto a población en edad de trabajar) crece durante las próximas décadas.
Esa subida empuja, por tanto, el gasto en pensiones al alza como porcentaje del PIB,
incluso aunque no se “mejore” la generosidad del sistema, aunque no haya más subidas de pensiones.
Por eso, cuando alguien dice “no pasa nada”, conviene traducirlo: “no pasa nada… si la economía crece suficiente, si el empleo aguanta, y si la financiación pública sigue barata”.
Son muchos “si” que NO se cumplirán con este modelo económico de descenso de la productividad maquillado con un PIB basado en destrucción industrial, incremento del sector servicios y menor capacidad para financiar la fiesta.
3) El riesgo de una crisis económica o agravamiento de la financiación
Si llega una recesión dura o se encarece de forma persistente la financiación de la deuda, la política pierde margen, lo cual no está lejos de ocurrir, aparecerá el ajuste rápido: recortes, subidas bruscas de ingresos, o una mezcla.
Es el escenario que nadie planifica… y el que castiga más. Y visto el talante nacional, eso sería lo mejor que debería suceder.
4) Por qué cuesta tanto reformar: la trampa electoral (sin conspiraciones y con verdad pura y dolorosa)
La parte más importante del problema no es técnica. Es política. Y no porque “los políticos sean malos”, sino porque los incentivos están diseñados para premiar lo inmediato.
Las democracias son propensas al corto plazo, sin duda, y las democracias fallidas, sin un núcleo dirigente (un Estado profundo) comprometido materialmente con la supervivencia nacional, más aún.
Tocar pensiones es, en un Estado así, electoralmente explosivo: el coste se concentra en un grupo suficientemente grande y muy movilizado.
En cambio, mantener el sistema sin cambios reparte el coste entre trabajadores, empresas, contribuyentes y generaciones futuras.
Ese coste difuso, diluido que se nota se nota menos en cada bolsillo, se identifica mal sl culpable y se castiga menos en urna.
Resultado: suele ser más rentable para la supervivencia del gobierno proteger el presente y dejar que el futuro “se apañe”.
El problema es que el futuro llega. Y cuando llega con prisa, suele llegar caro.
Conclusión
El sistema no se cae mañana. Si esta afirmación sirve a los acomodados votantes españoles para no preocuparse, que disfruten lo votado, pero la trayectoria tiene tintes dramáticos y las generaciones futuras no deberían ser tan agradecidos a su predecesores como sí lo somos las de hoy.
La cuestión no es elegir entre jóvenes o mayores. Es evitar que el ajuste lo imponga una crisis
en lugar de una reforma planificada. Porque, en pensiones, lo peor no es cambiar: lo peor es cambiar tarde.
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ANEXO — La trampa electoral explicada con fichas
Imagina una mesa con fichas. Sin falsa ideología, solo puro comportamieto de incentivos para cada sector.
Ficha A: Pensionistas
- Grupo suficientemente numeroso.
- Alta participación electoral.
- Alta sensibilidad a cambios en su renta (subidas, congelaciones, recortes).
Ficha B: Trabajadores
- Grupo muy amplio, pero más disperso y menos capaz de ejercer presión en su favor.
- Costes menos visibles: cotizaciones, impuestos, menor salario neto, y deuda futura.
- Queja fragmentada: cada sector protesta por lo suyo, no por el sistema entero.
Ficha C: Gobierno
Objetivo típico en democracia: maximizar estabilidad y votos en el próximo ciclo.
La pregunta que decide el movimiento
¿A quién es más arriesgado incomodar hoy?
El beneficio de proteger o subir pensiones es concentrado y visible.
El coste de sostenerlo sin cambios es difuso y se reparte en el tiempo.
Eso crea un sesgo estructural:
proteger el presente es rentable electoralmente, mas reformar a fondo lo que va mal es un riesgo.
Y como decía Andrés Manuel López Obrador, padre del Estado fallido que hoy es Méjico, mantener en dependencia a la población es «ir a la segura».
No hace falta suponer mala fe. Basta con entender el tablero de la política democrática, que optimiza el corto plazo y va contra la realidad de la demografía y de las cuentas: ésta es la realidad.

