El paraíso que definió una época
Hubo un tiempo en que el mundo no miraba a la famosa Côte d’Azur ni a la moderna Dubái para encontrar el arquetipo de la relajante desconexión o el paradigma del lujo, sino a una discreta bahía en forma de herradura en el Pacífico mejicano.
Entre los años 40 y finales de los 60, Acapulco era un destino turístico que se convirtió por méritos propios en un estado mental donde las estrellas de Hollywood cambiaban el esmoquin por las guayaberas, la realeza europea caminaba descalza y donde la jet set internacional acabó instaurando el concepto moderno de «vacaciones de lujo».
La transformación de Acapulco comenzó tras la Segunda Guerra Mundial: mientras Europa se reconstruía, Méjico ofrecía un paraíso intacto, exótico y -sobre todo- cercano a Los Ángeles merced a la inauguración de la carretera desde Ciudad de México y a una conectividad aérea que hicieron posible que el trayecto desde California fuera de apenas unas horas.
Además, uno de los argumentos que hacían a este paradisíaco destino aún más atractivo era la privacidad; en una época sin redes sociales, pero con una prensa de espectáculos voraz, Acapulco ofrecía a las estrellas tranquilidad y un pacto de silencio: los habitantes locales respetaban su espacio, permitiendo que figuras de la talla de Cary Grant o Greta Garbo cenaran en terrazas abiertas sin ser molestados.
Los Flamingos y la banda dorada de Hollywood
La fama era creciente y los años 50, un grupo de actores liderado por John Wayne y Johnny Weissmüller -el eterno Tarzán- decidió comprar el Hotel Los Flamingos, en lo alto de un acantilado de 150 metros, para convertirlo en su club privado y en cuartel general del denominado «Hollywood Gang»: además de los dos mencionados, Errol Flynn, Richard Widmark, Cary Grant, Tyrone Power, Rex Allen, Roy Rogers, Fred MacMurray y Red Skelton formaban el grupo que disfrutaría de las tardes bebiendo margaritas y jugando a las cartas.
Weissmüller se enamoró perdidamente del lugar y fue más allá al punto de construirse allí, dentro del complejo, su propia residencia -la «Casa Redonda»– donde vivió hasta sus últimos días.
La Quebrada, vértigo y leyenda
Pocos sitios simbolizan mejor el exotismo de Acapulco que el acantilado de nombre La Quebrada, donde algunos valientes hombres aún hoy mantienen una de las tradiciones más peligrosas y bellas del mundo que se remonta a 1934: los clavadistas.
En aquella glamurosa época a la que nos referíamos más arriba, mientras los jóvenes se zambullían en el mar desde un acantilado de más de 30 metros de altura, los famosos se sentían cautivados admirándolos al atardecer desde la terraza del Club La Perla… como por ejemplo Frank Sinatra, quien solía pasar horas con un whisky en la mano contemplando maravillado la valentía de los locales.
La Quebrada fue inmortalizada en 1963 por Elvis Presley en la película Fun in Acapulco (El ídolo de Acapulco), una obra que, a pesar de ser filmada por el «Rey del Rock» en un set en Hollywood por razones de seguridad, ayudó a promocionar y consolidar la fama del lugar.
Romances, política y glamour internacional
Acapulco también fue el escenario predilecto para algunos distinguidos romances. En 1953, un joven senador llamado John F. Kennedy y su esposa Jacqueline Bouvier eligieron el puerto para su luna de miel, alojándose en una villa privada y pasando unos días navegando en yate, hecho que cimentó la imagen de Acapulco como destino vacacional para la “aristocracia” política estadounidense.
Cuatro años más tarde -en 1957- Elizabeth Taylor celebró su tercera boda con el productor Mike Todd por todo lo alto, en un evento legendario que duró varios días; los testigos fueron nada menos que Debbie Reynolds y Eddie Fisher, y se considera que la fiesta, en la que no faltaron el champagne y los fuegos artificiales sobre la bahía, marcó el punto máximo del glamour mediático de la época.
Las Brisas y la elegancia hecha refugio
Volviendo a las residencias, si Los Flamingos era el refugio de los «tipos duros» de Hollywood, el Hotel Las Brisas se convirtió en el santuario de la elegancia: inaugurado en 1957, revolucionó la idea de la hospedería con su concepto de casitas individuales donde cada mañana no faltaba la decoración con pétalos de flores frescas.
Sus icónicos jeeps rosas y blancos se convirtieron en el símbolo del estatus en el puerto, y sus dependencias fueron testigos de visitas ilustres: desde Brigitte Bardot hasta Sharon Stone, pasando por los astronautas del Apollo XI a su regreso de la luna… e incluso por el mismísimo Henry Kissinger cuando quería escapar de las tensiones diplomáticas de Washington.
La huella mexicana en la edad de oro
Pero no podemos hablar de aquella época de oro sin mencionar a las estrellas nacionales. Acapulco era el patio de recreo de “La Doña” María Félix, quien desplegaba su encanto y su estilo por las playas de Caleta y Caletilla, sirviendo de inspiración para Agustín Lara -el «Músico Poeta»- que le compuso canciones ambientadas en los atardeceres del puerto.
También podríamos encontrar -entre otros- a Silvia Pinal, Pedro Infante o Mario Moreno Cantinflas, con una imponente propiedad a la orilla del mar donde organizaba fiestas que mezclaban a la política mexicana con la élite de Hollywood; esta mezcla de culturas —la sofisticación europea, el poder estadounidense y la calidez mexicana— creó una atmósfera envolvente que no se ha repetido en ningún otro lugar.
En 1987, durante un concierto en Acapulco, Plácido Domingo se enteró de que entre el público se encontraba María Félix y no dudó en improvisar este magnífico tema (pidiendo que le escribieran la letra en un papel porque no la llevaba preparada) para dedicárselo:
El final del mito y su permanencia
A finales de la década de los años 60 el turismo de masas comenzó a cambiar la fisionomía de Acapulco, haciéndolo abandonar el foco del lujo exclusivo… aunque dicen que el «Acapulco tradicional» todavía conserva las cicatrices gloriosas de aquella época: caminar por la zona de los acantilados, visitar el Hotel Los Flamingos o contemplar el atardecer desde el Fuerte de San Diego es hacer un viaje en el tiempo, porque el glamour de esa época no residía en la tecnología o la modernidad sino en el misticismo de un lugar donde las leyendas del cine se sentían humanas, donde buscaban el refugio mental protegidas por la sencillez de un pueblo pesquero, por unas inigualables puestas de sol o por el abrazo de una bahía que parecía brillar con luz propia.
Por más que cambien los tiempos, Acapulco siempre será ese rincón del mundo donde Elizabeth Taylor se casó, donde Kennedy soñó con la presidencia mientras pasaba su luna de miel o donde Tarzán decidió retirarse a ver el mar: el primer gran paraíso del mundo moderno.
El Acapulco íntimo
Les confieso que, desde hace unos años, un grupo de amigos tenemos nuestro Acapulco particular, un oasis que sirve de refugio mental para evadirse de los problemas diarios, un observatorio donde relajarse mientras contemplamos frugalmente a las aves de paso o nos admiramos con algunos saltos al vacío… a la vez que experimentamos la importancia de la amistad y la ayuda de un equipo para seguir adelante cuando la mediocridad campa a sus anchas, las borrascas perseveran y la cuesta se empina.

Licenciado en Filología Española (Literatura)
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