Proponer a Morante de la Puebla para el Premio Princesa de Asturias de las Artes no es solo hablar de un torero. Es obligar a responder una pregunta más necesaria y más profunda: qué consideramos hoy cultura en España.
Si la respuesta incluye creación, tradición viva, capacidad de emocionar y de generar lenguaje propio, entonces la candidatura de Morante no es extravagante. Es coherente con algo tan tímidamente dicho en estos tiempos de emotivismo animalista en el que todos los seres sintientes tienen tantos derechos como los humanos si estos son españoles que sufren los costes las políticas antihumanas. Es decir, si pertenecen a la cultura occidental en la que España ha dejado un legado cultural, científico y político sin igual.
Un origen que explica una obra
Nacido en La Puebla del Río en 1979, Morante no surge, además, de una fábrica de toreros ni de un sistema diseñado para producir figuras previsibles.
Se hace a sí mismo, en el campo, en el contacto directo con el toro y con una intuición que no se aprende en manuales.
Esa raíz explica todo lo que vendrá después: un torero que no ejecuta, sino que interpreta. Y esa es la máxima expresión artística en un entorno mediterráneo e ibérico donde la tauromaquia es honra del animal y del hombre.
Una trayectoria que ya es historia reciente
Morante no solo ha sido una figura más: ha marcado época.
El rabo cortado en la Maestranza de Sevilla en 2023, los grandes triunfos en Las Ventas y su presencia destacada en las temporadas recientes no son simples datos de escalafón, son la prueba de una cosa más importante: su huella cultural.
Y ese es el punto decisivo. Porque el argumento para un Princesa de Asturias no puede reducirse a la acumulación de trofeos. Debe apoyarse en algo más exigente: en la capacidad de dejar una marca reconocible en el ámbito de las artes. Y Morante de la Puebla la ha dejado.
La tauromaquia cuando se eleva a arte
Morante pertenece a una genealogía muy concreta: la de los toreros que convierten el ruedo en un espacio de creación.
Su toreo tiene rasgos que no caben en una simple estadística: el capote como instrumento expresivo central, el dominio del tiempo hasta ralentizar la acción y la búsqueda deliberada de la belleza como fin.
Eso no es un adorno retórico. Es la diferencia entre un oficio bien hecho y una manifestación artística.
Cuando Morante está inspirado, el toreo deja de ser ejecución y se convierte en forma estética. Así ha de ser un artista: genuino y trascedente a las épocas y las modas mediáticas.
La candidatura obliga a defender algo más grande
Apoyar la candidatura de Morante de la Puebla no es solo apoyar a un torero. Es defender una idea más amplia y, en el fondo, más importante: que la tauromaquia, en su nivel más alto, forma parte esencial del patrimonio cultural español y mediterráneo.

La tauromaquia no es solo una tradición. Es también ritual, técnica, narrativa, riesgo real y creación estética en tiempo real. Pocas manifestaciones culturales reúnen de forma tan intensa esos elementos.
Por eso figuras como Morante cumplen una función decisiva: mantener viva la dimensión artística del toreo frente a su banalización, su reducción a costumbre o su caricatura por parte de quienes prefieren descalificar antes que comprender.
El valor de lo irrepetible
Morante no es un torero de producción en serie. Es un torero de momentos.
Puede no ofrecer siempre el mismo nivel, pero cuando alcanza su altura deja algo que no se fabrica ni se programa: un instante irrepetible. Y eso, en cualquier disciplina artística, vale más que la mera regularidad mecánica, mucho más.
La cultura que perdura no es la que repite fórmulas con pulcritud burocrática siguiendo modas importadas y de consecuencias ridículas. Es la que produce presencia, memoria y emoción duradera.
Por qué el Princesa tendría sentido
Un Premio Princesa de Asturias de las Artes reconoce algo más que la excelencia técnica. Reconoce influencia cultural, aportación a un lenguaje artístico y relevancia dentro de una tradición viva.
Morante cumple esos tres requisitos con claridad. Ha influido en aficionados y profesionales, ha desarrollado un estilo reconocible e inconfundible y mantiene viva una de las expresiones culturales más hondas de España.
Respaldar su candidatura significa, por tanto, defender una idea de la cultura que no se arrodilla ante la moda, ni ante la comodidad moral, ni ante los filtros de una corrección que a menudo confunde refinamiento con vaciamiento.
Una cuestión de criterio cultural
La cuestión de fondo no es solo Morante. La cuestión de fondo es si España conserva todavía el pulso y la honradez cultural suficientes para reconocer como arte aquello que nace de su propia tradición y que, además, alcanza una forma singular de belleza.
Porque si el criterio cultural consiste únicamente en premiar lo mediocre, lo homologado y lo perfectamente digerible por el emotivista clima dominante, entonces el problema no sería de Morante. Sería del propio premio.
Morante de la Puebla no es una figura más del toreo. Es uno de esos casos en los que un oficio se eleva hasta rozar el arte mayor. Y en una época inclinada a lo uniforme, a lo previsible y a lo plano, su figura introduce algo escaso: personalidad, riesgo y belleza.
Si el Premio Princesa de Asturias de las Artes aspira de verdad a reconocer lo mejor de la creación cultural, la pregunta no es por qué Morante debería estar ahí. La pregunta es si ese premio puede permitirse ignorarlo.
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin la cita expresa de Asturias Liberal y de su autor.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
