El Día de la Madre llega cada año envuelto en flores, anuncios emotivos y homenajes sinceros. Todos tenemos en cuenta a nuestra madre y, si vamos más allá del sentimiento individual, también valoramos como uno de los pilares de toda sociedad el hecho de la maternidad y de la paternidad.
- 2024: El gasto medio se situó en 65 euros.
- 2025: El presupuesto subió a 72 euros, lo que supuso un incremento de aproximadamente un 10% respecto al año anterior.
- 2026: Para este año, la previsión de gasto medio ha alcanzado los 80 euros, consolidando esta tendencia al alza.
Y, sin embargo, nunca habíamos celebrado con tal profusión de gasto y de obsequios la maternidad y nunca había sido tan difícil ejercerla.
Lo que estamos viendo en Europa, y en España de forma muy clara, no es simplemente una caída dramática de nacimientos. Es algo más profundo: un cambio estructural, en las condiciones que hacen posible tener hijos; y un cambio cultural en el valor de la vida humana presente y por venir.
Ese cambio tiene varias capas que encajan entre sí.
El coste real de tener hijos
Primero, el coste de tener hijos se ha disparado. No solo en términos económicos, con vivienda, educación y conciliación, sino también en tiempo, energía y renuncias personales.
- Incremento porcentual: El gasto medio ha subido un 13% respecto a 2022, cuando el coste mensual se situaba en 672 euros.
- Factores clave: Los mayores aumentos se han registrado en las partidas de alimentación, suministros del hogar (electricidad, gas) y vivienda.
- Perspectiva histórica: Si se amplía el margen, criar a un hijo hoy es un 29% más caro que en 2018.
Tener un hijo ya no aparece como lo que debería seguir siendo, una extensión natural de la vida, sino como una reconfiguración completa del proyecto vital.
A eso se suma un segundo elemento: las exigencias legales y culturales de la crianza. Hoy se espera que los padres, y especialmente las madres, cumplan estándares altísimos de seguridad, formación, estabilidad emocional y dedicación intensiva.
Criar bien ya no consiste solo en amar, cuidar, acompañar y empujar a ganarse la vida. Consiste también en cumplir un protocolo implícito cada vez más exigente, vigilado por la escuela, la administración, los expertos y, cómo no, el tribunal supremo de nuestro tiempo: los medios de comunicación oficiales.
La vida adulta que llega tarde
El tercer factor es el retraso de la entrada en la vida adulta real. Estudios prolongados no costeados por el propio hijo ni siquiera parcialmente, empleo precario o tardío, dependencia familiar más larga y acceso difícil a la vivienda han desplazado hacia adelante el momento en que muchas personas pueden formar una familia.
- 2023: 26,5 años.
- 2024: 26,8 años (estimado basado en la tendencia de prolongación formativa).
- 2025/2026: Entre 26,9 y 27 años. Los informes de 2026 indican que la entrada al mercado laboral se sigue retrasando debido a la especialización académica y las dificultades de inserción juvenil.
El problema no es solo biológico. Es también social. Cuando la estabilidad llega tarde, la decisión de tener hijos también llega tarde, y muchas veces llega ya cargada de miedo, cálculo e incertidumbre.
El cuarto factor es el propio modelo económico. Las sociedades desarrolladas han generado prosperidad, sí, pero también costes de vida elevados (agravados por políticas fiscales gravosas y gestión inflacionaria del dinero), entornos urbanos exigentes y una supervivencia constante que deja poco margen para proyectos familiares amplios.
La paradoja es evidente: Europa ha construido un tipo de bienestar que, en muchos casos, encarece la continuidad de la vida.
Rigidez institucional y familia a la defensiva
Quinto, aparecen las rigideces institucionales y un alto proteccionismo social y económico. Mercados laborales cerrados, vivienda bloqueada, exceso regulatorio y dificultad para integrar dinámicamente a los jóvenes reducen la capacidad real de asentarse, proyectar y formar familia.
No basta con decir a los jóvenes que tengan hijos. Antes hay que mirar el tablero completo: empleo, vivienda, impuestos, horarios, estabilidad y horizonte vital.
El sistema exige madurez, ingresos, prudencia, previsión y estabilidad, pero retrasa todos los mecanismos que permiten alcanzar esas condiciones y lo que produce no es natalidad, es espera, aplazamiento y renuncia.
La cobertura ideológica del desistimiento
Sexto, existe una capa ideológica y cultural que no siempre actúa de forma frontal, pero sí constante. Se ha ido instalando una narrativa supuestamente progresista en la que la maternidad aparece como carga, renuncia, pérdida de autonomía o proyecto secundario frente a la realización individual.
No se dice siempre burdamente que tener hijos sea malo. Se sugiere algo más eficaz: que tenerlos es una opción problemática, carísima, ecológicamente dudosa, emocionalmente arriesgada y vitalmente limitante.
Así, la crianza deja de ser una forma natural de continuidad humana y pasa a ser una decisión que debe justificarse. Y cuando lo natural necesita justificarse demasiado, empieza a dejar de ser natural.
Cuando la vida se mide en estándares
Hay una capa más, menos visible pero decisiva: la cultural e ideológica.
Se ha ido filtrando, poco a poco, una idea que casi nadie formula abiertamente, pero que está ahí: la vida solo merece la pena si cumple ciertos estándares mínimos de calidad.
Y “calidad”, en la práctica, suele traducirse en comodidad, estabilidad y ausencia de sufrimiento relevante. Dicho con menos envoltorio: muchas veces llamamos calidad de vida a lo que, en realidad, es comodidad protegida.
Se instala así una cultura preventiva de la vida: si no puedo garantizar esas condiciones, mejor no empezar, no existir, no vivir o no dejar vivir.
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De ahí que estemos en una revisión del valor de la vida ya existente cuando no cumple esos estándares. Aquí entran problemas como la eutanasia o el aborto, donde el criterio de fondo tiende a girar en torno a lo mismo: ¿qué nivel de sufrimiento, dependencia o incertidumbre estamos dispuestos a aceptar como parte legítima de la vida? Si este es bajo, la vida no merece la pena, ¿no?
Se trata, sin dejar de advertir la complejidad de estos temas, de señalar el desplazamiento cultural de fondo: pasamos de una civilización que asumía la vida como algo valioso en sí mismo, incluso en condiciones imperfectas, a otra que tiende a condicionarla a parámetros previos de bienestar.
Dicho de forma clara: cuando la comodidad se convierte en criterio supremo, la vida deja de ser el punto de partida y pasa a ser el resultado de una evaluación, de un cálculo ante un paso que ha pasado de ser natural a ser temido.
Cada vez más regalos para la madre en su día y cada vez menos niños en nuestras vidas.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
