Asturias Liberal > España > La prevención sanitaria y la política del miedo
 

Cuando la gestión sanitaria deja dudas entre la prevención médica y la política del miedo, surge una pregunta inevitable: ¿alguien piensa realmente en los ciudadanos del barco?

La reciente decisión de España de intervenir sobre el crucero MH Hondius, con bandera holandesa, ante el posible riesgo de contagio por el denominado “hantavirus”, ha vuelto a abrir un debate incómodo, pero absolutamente necesario:

hasta qué punto las medidas sanitarias responden estrictamente a criterios médicos y cuándo empiezan a entrar factores políticos, mediáticos y de imagen pública.

La cuestión no es menor. Según se ha explicado, el buque no se dirigía inicialmente a España ni se encontraba en una situación de emergencia vital.

Sin embargo, las autoridades decidieron intervenir y trasladar a personas aparentemente sanas desde el barco hasta instalaciones en tierra para mantenerlas aisladas y bajo vigilancia. Eso es, al menos, lo que se transmite desde prácticamente todos los medios de comunicación.

Las contradicciones que percibe la ciudadanía

Aquí aparece la primera contradicción que percibe buena parte de la ciudadanía.

Si las personas ya estaban aisladas en mitad del mar y no necesitaban tratamiento hospitalario urgente, ¿qué sentido tiene movilizar un operativo que implica todas estas acciones de riesgo?:

●acercarlas a tierra,

●trasladarlas a un aeropuerto,

●realizar desplazamientos en avión,

●pasar por terminales aeroportuarias

●y finalmente ingresarlas en instalaciones sanitarias.

Además, surge otra cuestión llamativa. Apenas existen declaraciones directas de las personas que viajan en el barco. Toda la información llega a través de autoridades y portavoces institucionales, pero rara vez se escucha a quienes están viviendo la situación en primera persona.

Parece que lo que menos importa es cómo se sienten esos pasajeros emocionalmente en estos momentos. Lo más probable es que se les esté generando mucho más estrés del que podrían tener inicialmente por convertirse, de repente, en el centro de atención mundial y, quizá, hacerles sentir una culpabilidad que no les corresponde.

¿Se les ha preguntado realmente qué quieren o qué necesitan?

Porque, suponiendo que sea cierto que no presentan síntomas, que están correctamente aislados y que llevan ya tiempo confinados en el barco, cabe preguntarse si el traslado forzoso responde de verdad a una necesidad médica urgente o, más bien, a una lógica burocrática y política.

Más aún cuando, según se ha explicado, en el propio barco pueden salir a cubierta de manera ordenada, tomar el aire y mantener cierta movilidad dentro de un entorno ya controlado.

La lógica técnica frente al escepticismo social

Por otro lado, las autoridades sanitarias argumentan que un aislamiento controlado en tierra permite un seguimiento médico constante, realizar pruebas diagnósticas, disponer de capacidad de reacción rápida y garantizar mejores condiciones de supervisión epidemiológica.

Ese razonamiento tiene lógica técnica. Pero también resulta legítimo preguntarse si la medida es realmente proporcional al riesgo existente o si responde, al menos parcialmente, a una necesidad política de demostrar control, firmeza y capacidad de reacción ante cualquier posible amenaza sanitaria.

Tras años de pandemia, restricciones, mensajes cambiantes y saturación informativa, una parte importante de la población observa con creciente escepticismo cualquier nueva alerta sanitaria.

Muchos ciudadanos sienten que el miedo se ha convertido en una herramienta recurrente de gestión política y mediática.

Los medios de comunicación contribuyen a ello cuando convierten cada posible riesgo en cobertura continua, titulares alarmistas y recuentos permanentes.

Aunque no exista necesariamente una intención deliberada de generar pánico, el resultado práctico puede ser exactamente ese: una sensación constante de amenaza.

La erosión de la confianza pública

Por otra parte, en un contexto político especialmente deteriorado, marcado por los casos de corrupción que rodean al presidente del Gobierno, y al partido que representa, además de las sospechas sobre presunta financiación fraudulenta, resulta inevitable que aparezcan dudas entre muchos españoles.

No pocos ciudadanos interpretan de forma intuitiva que determinadas crisis sanitarias también pueden servir para desplazar el foco mediático, reorganizar agendas políticas o reforzar discursos de excepcionalidad.

Eso no significa necesariamente que exista una conspiración organizada ni que toda medida sanitaria sea ilegítima. Pero sí refleja una realidad preocupante: la progresiva erosión de la credibilidad institucional.

Porque el problema de fondo ya no es únicamente médico; también es un problema de confianza pública. Tan importante como proteger la salud colectiva es evitar que la gestión del miedo termine sustituyendo al debate racional.

Por eso, el verdadero desafío consiste no sólo en contener la enfermedad, sino también en recuperar algo mucho más difícil: la confianza de la población, porque de ella depende igualmente la preservación de nuestra salud mental.

Y esa confianza únicamente puede construirse mediante transparencia, proporcionalidad, datos claros, criterios coherentes y una comunicación verdaderamente responsable.

Alegato final

En medio de debates políticos, titulares alarmistas y estrategias institucionales, conviene no olvidar algo esencial: dentro de ese barco hay personas.

●Ciudadanos que probablemente sólo desean recuperar la normalidad, regresar a sus hogares sanos y salvos y dejar atrás una situación que jamás eligieron vivir.

●Personas que merecen información clara, respeto, dignidad y decisiones proporcionadas.

Porque ninguna sociedad democrática debería permitir que seres humanos atrapados en una situación sanitaria incierta terminen convertidos, aunque sea indirectamente, en piezas de una batalla política, mediática o propagandística.

La salud pública debe servir para proteger a las personas, no para alimentar el miedo ni para distraer la atención de otros problemas.

Y quizá la pregunta más importante de todas siga siendo también la más sencilla:

¿se está pensando realmente en quienes continúan embarcados, esperando simplemente llegar a buen puerto —en todos los sentidos— y volver a casa sanos y salvos?


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