Asturias Liberal > Aportaciones > Mucho hierro y solo el tic-tac del reloj de un club social
 

Así fue el misterio de la fábrica silenciosa.

Cuando el trabajo existe, pero se diluye en corrillos infinitos, las carretillas descansan más que los empleados.

El misterio de las naves silenciosas

Hace poco más de una década, me vi envuelto en una experiencia que bien podría titularse “El misterio de las naves silenciosas”.

Un empresario conocido por mí, aunque muy poco proclive a publicitarse en los medios, foráneo y con instalaciones que prometían ser la catedral del metal y la mecanización, me invitó a visitar su imperio fabril y ponernos al día.

Allí que fui.

Cafelito formal de cortesía, conversación agradable, ese tipo de charla ligera que sirve lo mismo para arreglar el mundo-mundial que para no arreglar nada.

Hasta que soltó la frase:

—López, la cosa no va bien. Tenemos mucho trabajo… pero los números no salen.

Lo clásico. Y lo que he visto, por desgracia, ya varias docenas de veces.

Instalaciones de catálogo, actividad de siesta

Así, pido hacer un recorrido rápido para contrastar lo observado, y la realidad comenzó a filtrarse entre los engranajes.

Y no cualquier realidad: naves de dimensiones importantes, puentes grúa capaces de levantar bicharracos de 50 toneladas sin pestañear, maquinaria con la última tecnología, casi de catálogo, y un equipo humano numeroso.

“Esto debería marchar a toda máquina”, pensé.

Nave 1.

Nave 2.

Nave 3…

Y así sucesivamente.

Un largo tiempo de recorrido. Todo, aparentemente, en orden. Demasiado en orden.

Antes de volver a la oficina, con carácter previo a la despedida, le pedí dar otra vuelta. Esta vez rápida.

Me miró extrañado, pero accedió.

Al terminar, vino la pregunta:

—López, ¿cómo lo ves?

El ruido del fracaso

Y aquí es donde empieza lo interesante.

—Mira, tienes unas instalaciones que quitan el hipo, maquinaria de primer nivel y proyectos importantes en marcha… pero también tienes un problema de falta de actividad bastante serio.

Silencio sepulcral y ojos, o números económicamente hablando, en rojo: el ruido del fracaso.

Se quedó clavado.

—No puede ser. La gente está trabajando.

Claro. Pero me asalta la gran duda de si esa gente “está trabajando” o “hace” que trabaja.

Mi respuesta, sin pelos en la lengua:

—Fulano, te lo repito, tenéis unas instalaciones muy chulas, equipos dignos de destacar y maquinaria casi de ciencia ficción, pero hay un pequeño asunto: falta de actividad. Mucha, pero mucha, falta de actividad.

Ah, y ojo, no te conozco los números de presupuesto. Puede que, si las obras están todas muy bien cogidas y los precios son muy buenos, al final haya margen, pero me huelo que no.

Así que…

—Vamos por partes.

Corrillos, carretillas y productividad en reposo

En la nave 1, al fondo, había cinco o seis personas en corrillo. Conversación animada. Dos carretillas elevadoras aparcadas, perfectamente alineadas, sin conductor ni intención de tenerlo.

Inmóviles, más quietas que pez en seco y observando el panorama con toda la paciencia de un gato esperando a que abran la puerta.

En la nave 2, una máquina de café ejercía de centro de reuniones moderno: cerca de diez personas debatiendo, no precisamente sobre mejoras de proceso.

Aquello parecía más un debate extendido de tertulia televisiva, Gran Hermano y fútbol del fin de semana. Y otra carretilla parada, por supuesto, haciendo compañía.

En la nave 3, mismo patrón. Sin vending, eso sí, pero con idéntica vocación social.

En la nave 4, dos corrillos más y tres carretillas que, aunque aparentemente nuevas, parecían haber solicitado la jubilación anticipada.

Y así, nave tras nave.

Y en la zona, intuyo, de almacén o cuarto de herramientas, un pequeño embudo humano alrededor de un mostrador, con la urgencia propia de quien va a iniciar una maratón… en algún momento indeterminado del futuro.

La segunda vuelta no era curiosidad: era confirmación

Pero también te digo que quise repetir el recorrido. No para descubrir algo nuevo, sino para confirmar que lo que había visto no era casualidad y que los encuentros “sociales” eran habituales en el taller.

Y efectivamente: los corrillos seguían ahí, con ligeras variaciones de composición, como si fueran turnos rotativos de conversación.

—En resumen —le dije—: he contado 5 naves, aunque hay más, y, como mínimo, cinco personas paradas en cada una.

Eso son 25 personas sin producir durante los numerosos minutos que hemos estado en cada nave. Digo “numerosos sólo” porque es lo que hemos estado.

Silencio.

—Y tienes al menos una carretilla parada por nave. Si son tuyas, has invertido de más. Si son alquiladas, estás pagando por verlas en reposo.

Porque seguro que pasas, y esto lo aprendí hace muchos años, varias veces al día, visita rápida de 5 minutos y durante varios días en distintos husos horarios, la media seguirá siendo muy parecida.

Más silencio.

Cuatro señales que gritaban en silencio

Pero lo mejor no era eso.

—¿Sabes qué fue lo que más me llamó la atención?

Levantó la ceja.

—Cuatro cosas. Te las digo según se me van ocurriendo y sin ningún orden de prioridad.

Primera: cuando entramos, esperaba oír el estruendo esperado de un taller metalmecánico, pero este se había transformado en un silencio quedo, casi reverencial.

Más ruido hacen en una cafetería universitaria en clase de álgebra que en vuestra instalación.

Y sin embargo, el problema no era solo el ruido, sino la actividad que se intuía detrás del mismo: escasa, lenta, improductiva.

Segunda: me llamó poderosamente la atención que pasabas tú, el máximo responsable, al lado de la gente… y nadie hacía ni el amago de aparentar actividad.

Ni por cortesía. Ni por instinto de supervivencia profesional. He visto palomas en parques mostrar más respeto escénico al que les da de comer.

Tercera: un tipo en la primera visita miraba el reloj a destajo y de forma compulsiva.

En la segunda, seguía igual.

Te pregunté:

—¿A qué hora paráis?

—A las 14:00.

Eran las 13:15.

Ese hombre no tenía hambre. Tenía entrenamiento.

Faltaban aún cuarenta minutos para la parada técnica, fin de turno o almuerzo, no te lo pregunté, y parecía que estaba sobreviviendo a base de desesperación y promesas incumplidas.

Cuarta: si casi una hora antes había una amplia cola en el cuarto de herramientas, ¿estaban devolviendo las mismas acabando el turno mucho antes del horario de fin o buscaban nuevos utensilios para finiquitar ese corto espacio de tiempo?

Intuyo que lo primero.

El problema no era de trabajo, sino de rendimiento

En ese momento ya lo tenía claro.

—Tu problema no es de trabajo. Es de rendimiento.

—Pues no lo había notado —me dijo.

Pero tranquilo, es habitual, ya que cuando el ruido desaparece, también lo hace la señal de alarma.

—Me di cuenta nada más acercarme al portón —le expliqué—. Un taller de calderería debería sonar a trabajo: golpes, corte, movimiento, vida industrial.

Lo tuyo parecía una biblioteca. Hay más ruido en una sobremesa familiar tirados en el sofá, sin cuñados, que en tus naves.

Entonces vino la pregunta clave:

—¿Y qué debería hacer?

Diagnóstico exprés: qué propondría un López en apuros
  • Diagnóstico de procesos: desde la recepción de materiales, pasando por fabricación, control de calidad, hasta la entrega final. Identificar cuellos de botella y cuántas carretillas, entre otras cosas, son realmente necesarias, no solo por capricho. Presupuesto Base Cero.
  • Análisis de tiempos y movimientos: olvida los corrillos eternos y mira, sin necesidad de ningún estudio sofisticado, cuánto tiempo se dedica realmente a trabajar.
  • Plan estratégico: establecer metas claras, indicadores de rendimiento y un sistema de menos “Gran Hermano” y más “Gran Productividad”.
  • Cultura organizacional: hacer que el jefe sea visible, sí, pero también exigente y justo. Nada de turistas en sus propias naves.
  • Plan de acción inmediato: formación, comunicación clara y control efectivo, porque sin ello, las máquinas, carretillas incluidas, seguirán acumulando polvo y los números, rojos, no cambiarán.
La productividad, ese concepto tan etéreo

Asintió.

—¿Y tú podrías venir una vez a la semana y seguir dándome consejos?

—Por supuesto. Pero esta vez ha sido gratis. La próxima, empiezo a facturar desde que descuelgue el teléfono.

Pausa.

—Ah, no. Entonces no me interesa.

Y ahí terminó todo. En fin, que, para algunos, la productividad o el arreglo de la misma, o ambos, sigue siendo un concepto tan etéreo como la nube cuando falla internet.

Reflexiones
  • La actividad visible no es productividad. A veces es solo teatro mal ensayado.
  • Tenerla no garantiza ganar dinero; ejecutarla mal sí garantiza perderlo.
  • De igual manera, tener mucho personal y máquinas caras no es sinónimo de trabajo bien hecho. A veces es solo un buen decorado para una tragicomedia del absurdo.
Posdata

Un par de años después, la empresa cerró. Seguramente fue un negocio que murió de éxito, mal gestionado.

Obviamente, sin ruido de fondo. Porque la gente quizá pensaba que había acabado su turno y se había ido a descansar.

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