Asturias Liberal > Aportaciones > Manual del manipulador (y del ciudadano idiota)
 

No se escandalice cuando lea la palabra idiota aplicada a determinada categoría de ciudadanos. Lo uso en el título según la acepción clásica.

La palabra ‘idiota’ viene del griego ἰδιώτης idiṓtēs y originalmente no era un adjetivo irrespetuoso, despectivo ni insultante. Pero como los griegos valoraban mucho la participación cívica, reconociendo que sin ella la democracia colapsaba, se esperaba que todos los ciudadanos estuvieran interesados, y versados, ​​en los asuntos públicos. O sea, que no fuera idiotas.

  • El peor analfabeto
  • es el analfabeto político.
  • Él no oye, no habla
  • ni participa en los acontecimientos políticos.
  • No sabe que el costo de la vida,
  • el precio de los frijoles, del pescado,
  • de la harina, del alquiler, del calzado y de las medicinas
  • dependen de las decisiones políticas».

Pero para no ser ni parecer un ἰδιώτης así, hay que conocer a los dirigentes. Muchos, más de lo deseable, discuten para convencer, con datos, con ideas coherentes no sólo entre sí, sino con los hechos.

Otros discuten para dominar la percepción. Parece lo mismo, pero no lo es. Los primeros intentan acercarte a una idea. Los segundos intentan dirigir tu realidad, cambiar tu percepción y anular tu raciocinio, ese que sí empleas para dirigir tu vida cotidiana. 

Y si lo empleas, me refiero al raciocinio, con frecuencia para manejar tus asuntos más cercanos pero te sitúas en la pereza mental cuando se trata de las cosas que ocurren en tu país, acabarás perjudicando a todos.

Mucho, demasiado de esto ocurre en Asturias y en el resto de España.

El manipulador eficaz entiende una verdad: la mayoría de las personas no reaccionan tras un análisis racional, sino mediante emociones rápidas, pereza, miedo, pertenencia y percepción social. La gente suele responder antes a cómo se siente en un momento concreto que a lo que es objetivamente cierto.

La sencillez como arma

Por eso las técnicas más eficaces casi nunca son complejas. Funcionan mejor cuanto más simples son: reducir problemas enormes a consignas fáciles, repetir mensajes hasta convertirlos en paisaje mental, fabricar enemigos absolutos y convertir cualquier duda en traición.

Y algo extremadamente letal para la salud mental de cada individuo y de la colectividad: que cada cosa que ocurre tiene una única causa inmediata y un solo culpable señalable.

También sirve crear la sensación de que “todo el mundo piensa igual”. O alternar miedo y esperanza como quien usa acelerador y freno. No hace falta demasiada genialidad. Basta con comprender los reflejos humanos básicos.

Diez escenas del presente

Cuando un político aparece ante las cámaras con casco y chaleco reflectante en una fábrica, mientras detrás suenan radial y martillos, no solo comunica industria. Comunica autoridad, control y cercanía al “trabajo real”.

Cuando una rueda de prensa coloca enormes pantallas llenas de gráficos verdes y flechas ascendentes, aunque luego la letra pequeña contradiga el entusiasmo, la imagen ya hizo su trabajo antes que el dato.

Cuando en redes sociales miles de perfiles repiten simultáneamente la misma frase exacta, como si hubieran salido de una fotocopiadora emocional, no suele ser espontaneidad colectiva. Suele ser fabricación de clima.

Cuando un partido político cambia el color de su logotipo durante una campaña electoral, no vende soluciones. Vende alineamiento moral y pertenencia emocional.

Cuando un tertuliano repite veinte veces “los enemigos de la democracia”, “la extrema derecha” o “los vendidos al capital”, muchas veces no intenta describir. Intenta activar reflejos automáticos.

Cuando un dirigente habla rodeado de público, niños o trabajadores cuidadosamente colocados detrás, el decorado ya forma parte del mensaje. El escenario también manipula y ordena.

Cuando un telediario sube un vídeo con escenas ante la cámara los heridos de un bando en una guerra y no del otro frente a la cámara, con fraseo emotivista de un supuesto periodista, iluminación tenue y mirada quebrada, quizá cuente algo real fuera de contexto, sin cifras ni otro datos que hagan algo imprescindible: establecer contexto.. O quizá esté convirtiendo vulnerabilidad en autoridad moral.

Cuando una manifestación se acompaña de imágenes de personas voceando, clamando como en un drama teatral pero con planos cerrados, aunque el hecho sea menor y los asistentes no pasen de 50 o 100, la emoción visual termina sustituyendo al análisis racional.

Cuando un gobierno anuncia una medida polémica justo el día de una gran crisis internacional o nacional, sabe que media población estará mirando hacia otro lado.

Cuando alguien responde a cualquier duda compleja con una frase tipo “todo es culpa de X”, normalmente no intenta explicar el mundo. Intenta darte un enemigo portátil y fácil de recordar. Y si hay percepción de peligro, no se diferencia entre realidad y ficción.

La verdad deformada

El manipulador tampoco necesita mentir constantemente aunque desde hace unos años da la sensación de que así sucede.

A veces basta con seleccionar fragmentos reales, exagerarlos, ocultar contexto y dirigir emocionalmente la interpretación. Una verdad deformada suele ser más eficaz que una mentira completa, porque conserva apariencia de credibilidad.

Además, el manipulador rara vez se presenta como manipulador. Suele adoptar la apariencia de sensatez, moderación, cercanía o superioridad moral. Comprende algo decisivo: las personas bajan la guardia cuando creen estar frente a alguien “bueno”, “responsable” o “de los suyos”.

El cansancio psicológico

Cuanto más emocionalmente saturada está una sociedad, más sencillo resulta el proceso. En un entorno donde todo el mundo opina, grita, reacciona y comparte impulsivamente, quien logra simplificar emocionalmente la realidad obtiene una ventaja gigantesca.

No porque tenga razón, sino porque consigue ocupar espacio mental. Ahí entra el cansancio psicológico y la deformación educativa.

Cuando una persona recibe demasiada información contradictoria, termina buscando comodidad cognitiva: una narrativa sencilla, un culpable claro y una explicación rápida.

Cuando desde niño se está expuesto a una educación alejada del rigor, de la precisión y cercana a una «espontaneidad» que nunca es expresión genuina de la inteligencia del alumno, sino estimulación de una emotividad simplona inducida por el sistema docente, de adulto se comporta, simplemente, como un ἰδιώτης.

La manipulación elegante

El problema es que mucha gente imagina la manipulación como algo burdo y evidente. Como un discurso teatral lleno de fanatismo. Pero la manipulación moderna suele ser elegante, dosificada y aparentemente razonable.

A veces adopta forma de experto. Otras de líder político, sindicalista, empresario de salón, activista o incluso amigo cercano. Y casi siempre estos actores están, por uno u otro canal, recibiendo subvenciones, dinero público encubierto o transferido mediante intermediarios legales o no tanto.

Porque manipular consiste en algo muy concreto: conseguir que otro actúe creyendo que decidió libremente y que el manipulador actúa con intenciones angelicales o, cuando menos, responsables.

El antídoto

El gran riesgo no es solo que existan manipuladores. Siempre los hubo y siempre los habrá. El verdadero problema surge cuando las personas pierden el hábito de pensar críticamente y empiezan a consumir relatos como entretenimiento.

Una sociedad incapaz de distinguir entre información y estímulo emocional termina siendo extremadamente vulnerable: al miedo, a la propaganda, a la presión grupal y a las narrativas diseñadas para provocar reacción instantánea en lugar de reflexión. Y esto, reflexión, es lo que más se echa hoy en falta en toda la línea que une a líderes y ciudadanos.

Por eso el antídoto nunca ha sido prohibir discursos, sino fortalecer criterios. Aprender a detectar cuándo alguien intenta empujarte emocionalmente hacia una conclusión prefabricada. Preguntarse qué intereses hay detrás, qué parte de la realidad se omite y qué emoción están intentando activar.

Pero para eso hay que deshacerse de la cultura del facilismo y mostrar disposición al esfuerzo por entender, leer, escuchar, ver y preguntarse siempre: ¿qué hay detrás de esto? ¿qué lo motiva? ¿qué interés tiene el mensajero? Y, por supuesto, ponerse a buscar respuestas. Ponerse en serio, o fiarse de quien ofrezca contrastes, incisividad y sentido común o ambas cosas en medida equilibrada.

Porque su voto, si es desinformado y sesgado por el discurso no contrastado, si responde al prototipo de ἰδιώτης pesa en la urna tanto como el que sí se preocupa de que lo sea. Y eso ni es justo ni beneficia a nadie. Ni siquiera a usted.

Porque el manipulador siempre necesita algo esencial: que el otro deje de pensar durante unos segundos. Y esos segundos donde decides opinar cerradamente sobre algo bastan para dirigir sociedades enteras.

Todos somos capaces de estar de acuerdo con lo dicho en este artículo, pero una buena (o más bien mala) parte de ustedes seguirán poniendo el piloto automático tanto más cuanto no se considere nunca dentro del grupo designado en el titulo. Ya se sabe, pensar críticamente es malo para la paz acomodada de esta España reincidente.


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