«Reconstruir a Venezuela no será solo levantar los ladrillos caídos por el último temblor; será, por encima de todo, refundar el Estado de Derecho, devolver la dignidad a nuestros profesionales y levantar instituciones tan sólidas que ningún caudillo, presente o futuro, pueda volver a derribarlas.
Pero mientras llega ese tiempo para ejecutar esa tarea, corresponde ahora dedicar todo esfuerzo a salvar vidas y, para ello, es indispensable reunir apoyos de grupos especializados en rescates de víctimas que aún sobreviven entre los escombros.
Acopiar alimentos, medicinas, agua, cobijas, colchones y todos los bienes imprescindibles será la forma de ayudar a que nuestra gente sobrelleve este suplicio.»
El terremoto visible y los terremotos invisibles
El pasado 24 de junio, la tierra volvió a sacudir nuestra Venezuela. El sismo natural, con su fuerza implacable, dejó al descubierto el miedo, la vulnerabilidad y la angustia de un pueblo que ya no tiene de dónde aferrarse.
Ver a nuestra gente acorralada por la naturaleza es una imagen profundamente dolorosa, pero también nos obliga a una reflexión urgente: la tragedia de una nación no se mide solo por la escala de Richter, sino por el estado de las instituciones llamadas a protegerla.
Porque mucho antes de que la tierra temblara, Venezuela ya venía siendo demolida. Hemos soportado durante más de dos décadas los otros terremotos: los sismos institucionales provocados por la conducta atrabiliaria de Hugo Chávez, continuados por las políticas destructivas de Nicolás Maduro y sus sucesores.
Esas réplicas dictatoriales, sistemáticas y calculadas, son las que verdaderamente han dejado al país en ruinas. El sismo natural solo vino a desnudar el escombro institucional que el régimen ya había construido.
Cuando se derrumban las instituciones
El primer gran epicentro de esta catástrofe fue el derribo del Estado de Derecho y la liquidación del sistema de justicia. Cuando los tribunales se convirtieron en paredones políticos y las leyes en herramientas de extorsión, la República perdió su primera línea de defensa.
A ello siguieron el cercenamiento de la libertad de expresión y el asalto a la propiedad privada. Un país sin voz y sin certezas económicas es un edificio sin cimientos, condenado a desplomarse.
La persecución política y la desaforada corrupción —un verdadero saqueo de las riquezas nacionales— terminaron por quebrar la columna vertebral de nuestra sociedad: los servicios públicos y la dignidad humana.
El precio del sectarismo
Hoy vemos las consecuencias de ese deslave moral. Mientras los jerarcas del régimen exhiben opulencia, nuestros médicos, enfermeras y maestros sobreviven con salarios paupérrimos, resistiendo únicamente por su vocación de servicio y amor al prójimo.
La meritocracia fue sustituida por el sectarismo ideológico. En lugar de especialistas preparados, los organismos públicos fueron entregados a la incompetencia leal al partido.
Los resultados de esa exclusión son criminales. Grupos de élite de los Bomberos, Protección Civil y cuerpos de socorristas —auténticos héroes sin capa— trabajan con las manos atadas. Carecen de herramientas, de grúas operativas, de ambulancias suficientes y de hospitales adecuadamente equipados.
A ello se suma la deserción y el éxodo forzado de paramédicos y personal de rescate que debieron abandonar su patria para buscar el sustento que Venezuela les negó.
La indefensión de un pueblo
Frente al sismo del pasado 24 de junio, la ciudadanía quedó en la más absoluta indefensión. No por culpa de la naturaleza, sino porque las instituciones que debían prever, mitigar y responder a la emergencia habían sido previamente dinamitadas por la irresponsabilidad gubernamental.
Escribo estas líneas sin odio, porque el odio nubla el juicio, pero también sin un milímetro de concesión ante la negligencia criminal con la que se han manipulado los destinos de Venezuela. La historia no puede ser indulgente con quienes cambiaron la planificación por el dogma y la seguridad ciudadana por el control social.
Reconstruir mucho más que edificios
La lección más amarga, pero también la más necesaria, es que cuando un pueblo permite que el autoritarismo derrumbe sus instituciones, queda expuesto a la intemperie total. Los terremotos dictatoriales son más devastadores que los geológicos, porque sus réplicas duran años y destruyen el alma de una nación.
Reconstruir a Venezuela no será solo levantar los ladrillos caídos por el último temblor; será, sobre todo, refundar el Estado de Derecho, devolver la dignidad a nuestros profesionales y levantar instituciones sólidas que ningún caudillo pueda volver a destruir.
Pero mientras llega ese momento, corresponde salvar vidas. Es indispensable reunir apoyos para los equipos especializados en rescate, asistir a quienes permanecen entre los escombros y movilizar alimentos, medicinas, agua, cobijas, colchones y todo aquello que permita aliviar el sufrimiento de nuestra gente.
¡Vamos todos a unirnos en estas faenas para ayudar a Venezuela!

Antonio José Ledezma Díaz (San Juan de los Morros, 1 de mayo de 1955) es un político y abogado venezolano, destacado opositor al régimen de Nicolas Maduro. Actualmente exiliado político en España. Fue el alcalde mayor del Distrito Metropolitano de Caracas hasta 2015, cuando fue sustituido por Helen Fernández.También se ha desempeñado como alcalde del municipio Libertador de Caracas en dos ocasiones y gobernador del antiguo Distrito Federal. Fue dos veces Diputado del extinto Congreso Nacional de Venezuela (actual Asamblea Nacional) desde 1984 y fue elegido Senador de la República en 1994, siendo la persona más joven en ser elegida para ese cargo.
