Asturias Liberal > Asturias > Asturias y el País de las Maravillas

«Si no sabes adónde vas, cualquier camino sirve». Lewis Carroll puso esa frase en boca del Gato de Cheshire. Viendo la historia reciente de Asturias, uno llega a sospechar que algún político de esta santa comunidad la tomó como programa de gobierno.

Si Carroll hubiera conocido Asturias, probablemente nunca habría escrito Alicia en el País de las Maravillas. Habría venido un fin de semana, habría cruzado el Huerna pagando peaje, habría escuchado unas cuantas promesas sobre el AVE y su velocidad supersónica, la reindustrialización y el futuro brillante del Principado y habría concluido que la realidad era demasiado inverosímil para competir con la ficción.

La madriguera sin salida

Alicia cayó por una madriguera. Los asturianos llevamos décadas descendiendo por un túnel donde siempre parece verse una luz al fondo. El problema es que esa luz nunca termina de acercarse.

A veces dicen que es el AVE; otras, los fondos mineros, posteriormente los europeos; otras, la gran inversión industrial que cambiará el rumbo de Asturias. Pero la luz siempre permanece a la misma distancia, como un espejismo perfectamente administrado.

El Conejo Blanco corría desesperado gritando: «¡Llego tarde!». En Asturias ese personaje y su mantra se han convertido en institución. Llega tarde el tren, llegan tarde las autovías, llegan tarde las inversiones, llega tarde la reindustrialización y llegan tarde las soluciones.

Eso sí, los anuncios siempre llegan puntuales, acompañados de maquetas espectaculares, infografías tridimensionales y titulares que prometen una nueva Asturias que, curiosamente, nunca empezará hoy sino «mañaaaaaana».

El reino de los planes estratégicos

La Reina de Corazones resolvía cualquier problema con un «¡Que le corten la cabeza!». Aquí somos más civilizados. Faltaría más. No hace falta cortar cabezas; basta con crear una comisión, una mesa de diálogo, un observatorio, un grupo de trabajo o un plan estratégico con sus correspondientes docenas de estrategias impregnadas del «Ahora sí», con un nombre tan largo que ocupe más páginas que las medidas que contiene.

Después se presenta en rueda de prensa, se hacen fotografías, se promete un seguimiento riguroso… y hasta luego, Lucas; ya si eso, para la siguiente legislatura.

Asturias presume, con razón, de una profunda tradición de izquierdas. Una izquierda nacida entre minas, altos hornos y luchas obreras que escribió algunas de las páginas más importantes de la historia social de España.

Sin embargo, en algún momento el discurso de crear riqueza fue dejando paso al de gestionar su escasez. La épica de construir fábricas fue sustituida por la épica de inaugurar planes estratégicos. El humo de las chimeneas dejó paso al humo de las presentaciones institucionales.

La sonrisa del Gato de Cheshire

La industria asturiana parece uno de esos personajes que desaparecen y reaparecen como el Gato de Cheshire. Cada cierto tiempo se anuncia una inversión histórica que revolucionará la economía regional.

Primero llegan los discursos, después las fotografías, luego las infografías… y finalmente desaparece el proyecto. Lo único que permanece es la sonrisa de quienes lo anunciaron y la promesa de que el siguiente sí será definitivo.

Mientras tanto, el Sombrerero Loco sigue organizando su merienda eterna. En Asturias esa merienda consiste en networkings, vinos españoles, desayunos-cafeses, acompañados de reuniones sobre el futuro industrial, la transición energética, la innovación o el empleo juvenil. Café, pastas, declaraciones optimistas y otra mesa de trabajo. Cuando termina la reunión, el problema sigue exactamente donde estaba.

El unicornio llamado AVE y el eterno peaje

El AVE merece un capítulo propio. Durante décadas ha sido algo parecido al Santo Grial asturiano. Todos aseguran que está muy cerca. Y que viene tremendamente rápido. Todos anuncian que ahora sí. Todos ponen fechas. Todos las incumplen.

Han pasado gobiernos de todos los colores y el relato apenas ha cambiado. Si el AVE fuera un personaje del cuento, sería el Unicornio: todos hablan de él, algunos dicen haberlo visto, pero nadie termina de tenerlo delante cuando toca. Eso sí, los letreros anuncian AVE a Asturias.

Y luego está el peaje del Huerna. Ya forma parte del patrimonio sentimental de Asturias. Hay quien no recuerda haber cruzado nunca la cordillera sin sacar la cartera. Varias generaciones han escuchado promesas sobre su desaparición. Gobiernos van, gobiernos vienen y la barrera sigue allí, levantándose y bajándose con la serenidad de quien sabe que sobrevivirá a todos los programas electorales.

¿Quién eres tú, Asturias?

La Oruga Azul preguntaba continuamente: «¿Quién eres tú?». En Asturias responder a esa pregunta resulta cada vez más complicado. Durante generaciones era fácil decir, y con mucha honra: soy minero, soy siderúrgico, soy trabajador de la naval, soy ganadero, soy agricultor.

Hoy muchos responden: soy opositor, soy interino, soy pensionista o estoy esperando una oportunidad que quizá llegue… fuera de Asturias.

Porque el sector primario también parece atrapado en el País de las Maravillas. Agricultores y ganaderos producen alimentos, mantienen vivos los pueblos y conservan el paisaje del que tanto presumimos en los anuncios turísticos.

Sin embargo, cada año desaparecen explotaciones familiares mientras aumentan los trámites, las inspecciones, las normativas y el papeleo. Da la impresión de que para mover una vaca hacen falta más permisos que para cambiar un consejero.

Después aparece otro Conejo Blanco anunciando un plan para luchar contra la despoblación. Lo curioso es que muchas veces lo hace desde una ciudad, delante de un mapa, mientras los pueblos continúan perdiendo vecinos y cerrando escuelas, consultorios y negocios.

La exportación más eficiente

Los jóvenes son, probablemente, la verdadera Alicia de esta historia. Estudian más que nunca, hablan idiomas, manejan tecnologías que sus padres ni imaginaban y salen de la universidad convencidos de que les espera el futuro.

El problema es que ese futuro suele encontrarse a cuatrocientos o a dos mil kilómetros de casa. Asturias se ha convertido en una potencia exportadora de talento. Forma magníficos profesionales para que desarrollen su carrera en Madrid, Bilbao, Barcelona, Alemania o los Países Bajos. Es, quizá, el sector económico más eficiente del Principado.

Mientras tanto, el paro juvenil sigue siendo uno de esos monstruos invisibles que nadie consigue derrotar del todo. Se anuncian programas, incentivos, ayudas y estrategias. Los nombres cambian, los folletos cambian, los logotipos cambian… pero demasiados jóvenes siguen haciendo la maleta porque aquí encuentran más discursos que contratos.

Sanidad, educación y «paguinas»

La sanidad asturiana cuenta con excelentes profesionales que sostienen el sistema con una dedicación admirable. Sin embargo, el paciente acaba descubriendo que el reloj del Conejo Blanco también marca el ritmo de muchas listas de espera.

Uno entra esperando rapidez y termina aprendiendo que el tiempo, en este rincón del País de las Maravillas, transcurre según unas leyes que la física todavía no ha conseguido explicar.

La educación vive una paradoja similar. Se forman excelentes médicos, ingenieros, investigadores, docentes y técnicos. Asturias invierte en conocimiento con notable esfuerzo.

El inconveniente es que demasiados de esos profesionales terminan poniendo su talento al servicio de otros territorios porque aquí no encuentran oportunidades suficientes. Se produce inteligencia… pero se exporta casi toda.

Y luego están las famosas «paguinas», palabra tan asturiana como la sidra o la lluvia. Hay quien las menciona con ironía y quien las pronuncia con alivio. Las ayudas sociales, incluido el Ingreso Mínimo Vital, cumplen una función importante para quienes atraviesan situaciones difíciles.

La cuestión no es criticar a quien las necesita; la cuestión es preguntarse si una tierra que durante décadas fue símbolo del trabajo industrial puede resignarse a que cada vez más familias dependan de prestaciones porque no encuentran oportunidades estables.

El éxito de una sociedad no debería medirse por la cantidad de ayudas que reparte, sino por el número de personas que ya no las necesitan porque han encontrado un empleo digno.

El despertar pendiente

Y así seguimos. Cambian los gobernantes, cambian los ministros, cambian los consejeros y cambian los eslóganes. Pero las palabras permanecen: transformación, resiliencia, transición justa, innovación, sostenibilidad, digitalización, cambio de modelo productivo…

Son como el poema del Jabberwocky: suenan extraordinariamente bien, aunque a veces uno termina preguntándose si significan algo más que una nueva forma de ganar tiempo.

Lo más extraordinario es que Asturias posee todos los ingredientes para ser una historia de éxito: recursos naturales, una universidad de prestigio, una posición geográfica privilegiada, una enorme calidad de vida, patrimonio industrial, cultural y natural, un tejido empresarial capaz y una población trabajadora.

Lo difícil de explicar es cómo, disponiendo de tantas fortalezas, llevamos tanto tiempo conformándonos con administrar las debilidades.

Quizá la mayor diferencia entre Alicia y nosotros sea que ella acabó despertando del sueño. Los asturianos seguimos esperando ese despertador que anuncian cada cuatro años y que, por alguna misteriosa razón, siempre parece quedarse sin pilas justo después de las elecciones.

Porque el verdadero milagro no sería que llegara definitivamente el AVE, que desapareciera el peaje del Huerna, que renaciera la industria, que los jóvenes dejaran de marcharse o que los pueblos recuperaran vida.

El auténtico milagro sería que algún día dejáramos de considerar todo eso como si perteneciera a un cuento de fantasía.

Moralejas

Primera. Cuando un político promete el País de las Maravillas, conviene revisar el mapa antes de aplaudir. A veces la madriguera lleva al futuro… y otras simplemente da vueltas sobre sí misma.

Segunda. Los cuentos están para ilusionar a los niños. Los gobiernos están para cumplir compromisos. Si después de cuarenta años seguimos confundiendo una cosa con la otra, quizá el problema no sea Lewis Carroll, sino quienes llevan demasiado tiempo escribiendo el mismo cuento con distinta portada.

«En el País de las Maravillas de Lewis Carroll nadie trabajaba demasiado, pero todos estaban locos. En el de Asturias muchos trabajan, otros esperan hacerlo, algunos sobreviven gracias a ayudas, y los únicos que parecen vivir realmente de maravilla son quienes llevan cuarenta años prometiendo que el próximo cuento será distinto.»

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