Asturias Liberal > Aportaciones > Carta abierta a un político cualquiera

El sentido común del ciudadano de a pie

No soy economista, ni politólogo, ni siquiera asesor de ningún ministerio y/o político.

Simplemente, soy un ciudadano de a pie.

De esos que hacen cuentas a principios, a mediados y a finales de mes, que saben que no se puede gastar indefinidamente más de lo que entra y que, cuando prometen algo en casa, luego tienen que cumplirlo pues en la economía doméstica no existen los presupuestos infinitos, ni la culpa siempre es del vecino, ni sirve presentarse cada cuatro años diciendo que ahora sí se empezará a gestionar bien.

Por eso me sorprende que el sentido común que aplicamos millones de familias para administrar nuestro hogar desaparezca misteriosamente cuando hablamos de dinero público.

De esta manera, quizá la política necesite menos estrategas y más personas que hayan tenido que cuadrar una cuenta corriente, aunque haya sido pequeña.

Estimado señor Perfecto PromesasACumplir

Estimado Sr. D. Perfecto PromesasACumplir, candidato de cualquier partido y de todos a la vez:

Dentro de poco volverá usted a recorrer mercados, plazas, radios y televisiones asegurando que, esta vez sí, todo será diferente; así, prometerá bajar los impuestos, subir los salarios, arreglar las pensiones, mejorar los servicios públicos, solucionar la vivienda, desaparecer los problemas y, si le queda tiempo, probablemente también prometerá que no lloverá en Semana Santa.

Ninguno de los 4 años.

Como ya conocemos el guion, permítame hacerle unas cuantas sugerencias.

Programas electorales escritos por una IA

Y, ya de paso, haga un pequeño favor a los ciudadanos: cuando redacte su programa electoral, intente que no parezca escrito por un generador IA de frases políticas.

Porque, año tras año, todos ustedes prometen exactamente lo mismo: más inclusión, más igualdad, más sostenibilidad, más resiliencia, más gobernanza, más transparencia, más participación ciudadana, más innovación, más transformación, más cohesión territorial, más justicia social, más progreso, más diálogo, más digitalización, más transición ecológica, más fiscalización, más eficiencia, más convivencia, más derechos, más oportunidades y, por supuesto, que no falte, un firme compromiso con las personas.

Curiosamente, nadie promete menos burocracia, menos despilfarro, menos asesores, menos deuda, menos impuestos innecesarios o menos leyes imposibles de entender.

Esto, lo entenderíamos todos los ciudadanos de a pie, hasta yo.

Y es una pena, porque las palabras dejan de tener valor cuando sirven para justificar cualquier cosa.

«Inclusión», «igualdad», «progreso» o «sostenibilidad» son principios loables, pero si caben de forma transversal en el programa de todos los partidos al mismo tiempo, quizá el problema no esté en las palabras, sino en que han dejado de significar algo concreto.

No nos diga que impulsará una estrategia integral para favorecer un modelo sostenible, resiliente, inclusivo y transversal porque suena «divino de la muerte» aunque mejor, explíquenos qué va a hacer el lunes por la mañana, cuánto va a costar, quién lo va a ejecutar y cuándo podremos comprobar si lo cumplió.

Lo demás son fuegos artificiales redactados por un gabinete de comunicación —ahora un IA—.

Objetivos, plazos y resultados

De igual manera, cuando presente su programa electoral, divídalo en dos apartados muy sencillos:

  • Lo que se compromete a hacer antes de dos años.
  • Lo que se compromete a hacer entre los dos y los cuatro años.

No parece una exigencia desproporcionada.

Cualquier empresa trabaja con objetivos, plazos y resultados.

Cualquier autónomo sabe lo que tiene que entregar y cuándo.

Conoce perfectamente lo que tiene que pagar y, más o menos, cuándo va a cobrar lo que se le adeuda.

Cualquier familia planifica sus ingresos y sus gastos.

Resulta sorprendente que usted/ustedes, administrando miles de millones de euros, sean incapaces de hacer lo mismo.

¿Será que no quieren o, incluso, que no tienen conocimientos —ni ustedes ni sus docenas de asesores— para ello?

La extravagante costumbre de dimitir

Y ya que estamos innovando, firme un compromiso público: si al llegar al ecuador de la legislatura no ha cumplido una parte importante de lo prometido, presente su dimisión.

Sí, ya sé que suena extravagante.

La responsabilidad política parece el unicornio o una especie en peligro de extinción: todo el mundo habla de ella, pero nadie consigue verla.

Prometa solamente aquello que pueda cumplir

Otro pequeño detalle.

Deje de prometer aquello que no depende exclusivamente de usted.

En lugar de decir «haré esta inversión, acabaré tal autovía, terminaré el metrotrén», pruebe con algo bastante más honesto: «Haré todo lo posible para conseguir…».

Reconocer que uno no controla el universo no resta credibilidad; al contrario, la aumenta.

Y durante los debates electorales haga un esfuerzo casi heroico: dedique más tiempo a explicar qué piensa hacer usted que a convencernos de que el otro es peor.

El repertorio ya nos lo sabemos de memoria: «la herencia recibida», «los de antes», «los de enfrente», «Europa», «Madrid», «la oposición», «Ucrania», «Irán», «la coyuntura internacional»… Siempre hay un culpable disponible.

Lo realmente extraordinario sería encontrar un responsable.

Capacidad frente a fidelidad

También le pediría que eligiera a su equipo por su capacidad y no por su fidelidad.

Rodearse de profesionales suele dar mejores resultados que repartir sillones entre quienes más aplauden.

La competencia nunca debería ser menos importante que la obediencia.

El dinero público no existe

Y recuerde algo que parece olvidarse con demasiada facilidad: el dinero público no existe.

De verdad se lo digo: NO EXISTE.

Existe el dinero de millones de ciudadanos que trabajamos, pagamos impuestos y hacemos renuncias cada mes para llegar a fin de mes.

Cada euro que usted gasta salió antes del bolsillo de los que tuvimos que levantarnos temprano para ganarlo.

Quizá si cada factura pública llevara escrito el nombre de quienes la pagan, algunos gastos dejarían de parecer tan imprescindibles.

Gobernar para todos

Hay otra cuestión que convendría recordar.

Cuando gane unas elecciones —si las gana— no será el presidente de quienes le votaron.

Será el presidente de TODOS.

También de quienes no confiaron en usted.

También de quienes nunca lo harán.

Por sus propias ideas o, simplemente, porque no.

Porque los impuestos los pagamos todos.

Los hospitales atienden a todos.

Las carreteras las utilizamos todos.

La Administración pertenece a todos.

Gobernar pensando únicamente en quienes le dieron su voto no es gobernar.

Es seguir haciendo campaña electoral durante cuatro años utilizando el dinero de todos.

Un gobernante no puede distinguir entre distintos ciudadanos según la papeleta que introdujeron en la urna.

El cargo le obliga a representar a toda la sociedad, no solo a su electorado.

El político como presidente de una comunidad de vecinos

Y termino con una reflexión.

Señor político, imagínese por un momento que decide presentarse a presidente de su comunidad de vecinos y resulta elegido para un mandato de cuatro años.

Durante ese tiempo sube la cuota mensual vía impuesto revolucionario, pero también aumenta los gastos de la comunidad, esta vez de forma desproporcionada y exponencial.

Contrata dos conserjes donde nunca hicieron falta.

Nombra tres asesores para ayudarle a gestionar el edificio.

Se asigna un coche oficial para desplazarse entre portales colindantes.

Y además decide que, aunque la comunidad ya arrastraba una deuda importante, el presupuesto aumentará automáticamente cada año al ritmo del IPC, sin revisar un solo gasto, sin eliminar partidas innecesarias y sin preguntarse si realmente todo eso hace falta.

Y la deuda aumenta a ritmo surrealista.

Pero aún hay más.

Imagine que decide que los rellanos solo se limpian en las plantas donde viven sus afines, quienes le votaron.

Que las bombillas solo se cambian en los pasillos de sus simpatizantes.

Que las humedades se reparan antes en unas viviendas que en otras según el apoyo que recibió en las elecciones.

Que el ascensor funciona mejor para unos vecinos que para otros.

Que los jardines, la pintura o las mejoras de las zonas comunes se realizan primero donde viven quienes le respaldaron y se dejan para más adelante —o para nunca— las de quienes votaron al otro.

¿Cuánto duraría usted como presidente de esa comunidad?

Cuando cada vecino revisa las facturas

Probablemente, ni una sola junta de propietarios.

Los vecinos le pedirían explicaciones, revisarían cada factura, cuestionarían cada gasto y promoverían su destitución.

Nadie aceptaría que respondiera culpando al presidente anterior, al administrador de fincas o al vecino del cuarto.

Porque cuando el dinero sale directamente del bolsillo de cada propietario, el sentido común aparece de forma casi milagrosa.

Sin embargo, cuando ese mismo dinero pasa a llamarse «dinero público», parece que aceptamos comportamientos que jamás toleraríamos en nuestra comunidad de vecinos, en nuestra empresa o en nuestra propia casa.

Y, aun así, los ciudadanos solemos responder con bastante más educación de la que algunos gobernantes merecen.

En lugar de convertir la indignación en insultos o enfrentamientos, acudimos a las urnas, debatimos, criticamos y esperamos que alguien haga las cosas mejor.

Esa es, precisamente, la grandeza de una democracia.

Porque el poder no es un privilegio; es una responsabilidad.

Y quien administra el dinero de todos debería rendir cuentas con el mismo rigor que cualquier administrador de una comunidad de vecinos.

Merecer la confianza de quienes no le votaron

Señor político, piénselo la próxima vez que prometa, gaste o decida.

Gobernar no consiste en ganar unas elecciones; consiste en merecer, cada día, la confianza de todos, sus afines y los que no.

Especialmente de los que no le votaron, porque será entonces cuando demuestre que es un gobernante y no simplemente el jefe de un partido.

Y si no está de acuerdo con lo anterior, rebátalo de alguna manera o, mejor aún, no se presente.

Dos formas inútiles de hacer política

Y una última reflexión, si me lo permite, señor político.

Tengo la sensación de que, en demasiadas ocasiones, solo existen dos formas de hacer política.

La primera es la del político permanentemente enfadado.

El que vive indignado desde que se levanta hasta que toma su último Cola Cao antes de acostarse.

El que convierte cada rueda de prensa en un ajuste de cuentas, cada sesión parlamentaria en una bronca y cada intervención en un catálogo de reproches.

Para él, todo lo que hace el adversario está mal por definición.

Si gobierna uno, el otro está obligado a decir que es un desastre.

Y cuando cambian los papeles, también cambia el discurso, pero nunca la actitud.

La segunda es la del político de perfil bajo, modo avión.

El que parece haber confundido gobernar con dejar pasar el tiempo.

El que administra la inercia, espera a que escampe, evita tomar decisiones incómodas y confía en que el calendario haga el trabajo que debería hacer él.

Da igual que esté en el Gobierno o en la oposición: su estrategia consiste en aguantar, esperar el desgaste del rival y no asumir ningún riesgo.

Ninguno de los dos perfiles resulta especialmente útil.

El primero vive instalado en el «y tú más», como si señalar los errores ajenos compensara automáticamente los propios.

El segundo se limita a sobrevivir políticamente mientras cobra puntualmente a final de mes.

Y entre el ruido de uno y el silencio del otro, los ciudadanos seguimos esperando ideas.

Recuperar la iniciativa política

La política necesita recuperar la iniciativa.

Necesita dejar de limitarse a administrar la situación y volver a intentar transformarla.

Tanto quien gobierna como quien ejerce la oposición deberían competir por ofrecer las mejores soluciones, no por fabricar el mejor titular ni el insulto más ingenioso.

De «insultones» ya estamos llenos.

La oposición está para fiscalizar, por supuesto.

Pero fiscalizar no consiste en poner cara de enfado delante de un micrófono, repetir tres eslóganes aprendidos y convocar una rueda de prensa cada vez que el Gobierno tropieza.

Fiscalizar también es presentar alternativas, cifras, propuestas y soluciones.

Lo primero da titulares; lo segundo exige trabajo.

Bufff, menudo «trabajo» es ese «trabajo».

El cómodo oficio de Calimero profesional

Porque ejercer de Calimero profesional resulta extraordinariamente cómodo: denunciarlo todo, responsabilizar al Gobierno de cualquier problema, esperar pacientemente a las siguientes elecciones y cobrar el sueldo cada mes sin haber asumido una sola responsabilidad de gestión.

Es una estrategia rentable para algunos partidos, pero profundamente estéril para nosotros, los ciudadanos.

En definitiva, la política necesita menos políticos de carrera y más personas con experiencia real, criterio propio, capacidad de liderazgo y un caudal constante de propuestas.

Algunas serán acertadas.

Otras no.

Pero siempre será preferible un dirigente que se atreve a plantear ideas, debatirlas y rectificarlas si es necesario, que otro cuya única estrategia consiste en esperar a que el contrario se equivoque.

Porque quien propone puede equivocarse.

Quien no propone, simplemente no avanza.

Y un país que deja de avanzar acaba viviendo de discutir su pasado, en lugar de construir su futuro.

Posdata: el país perfecto de los programas electorales

P. D. Si uno reuniera todos los programas electorales de los últimos veinte años, descubriría que vivimos en el país con más inclusión, más igualdad, más sostenibilidad, más innovación, más resiliencia, más transformación digital y más compromiso con las personas del planeta.

Lástima que, después de leerlos, uno tenga que volver a la realidad.

La de levantarse cada día por la mañana pensando en voz alta que este país y cada región merecen mejores gobernantes, al frente y en la oposición.

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