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Ledezma advierte de que cualquier diálogo sin María Corina Machado, sin Edmundo González y sin resultados inmediatos corre el riesgo de convertirse en otra maniobra del chavismo para ganar tiempo, dividir a la oposición y burlar nuevamente la voluntad popular.
Una negociación rodeada de incertidumbre
Antonio Ledezma analiza con esperanza prudente, pero también con una profunda desconfianza, la nueva ronda de negociaciones entre la Asamblea Nacional venezolana elegida en 2015 y el régimen encabezado interinamente por Delcy Rodríguez, cuya delegación estará dirigida por su hermano Jorge Rodríguez.
La ausencia directa de María Corina Machado y del presidente electo Edmundo González Urrutia constituye la principal debilidad de un proceso cuyos objetivos, calendario, condiciones y garantías siguen sin conocerse suficientemente.
Ambos dirigentes han anunciado que no obstaculizarán ninguna iniciativa capaz de producir avances verificables hacia la democracia, pero recuerdan que toda negociación debe partir del mandato expresado por los venezolanos en las elecciones presidenciales de 2024.
El pueblo venezolano ya decidió
El pueblo venezolano ya votó y ya eligió. Por eso, la negociación no puede convertirse en una fórmula para desconocer aquella decisión, rehabilitar políticamente al chavismo o prolongar artificialmente la transición que debe devolver la soberanía a los ciudadanos.
No se trata de negociar unas pequeñas concesiones administrativas con quienes usurparon el poder, sino de establecer una ruta firme hacia la salida de la dictadura y la celebración de elecciones presidenciales verdaderamente libres.
El largo historial de engaños del chavismo
Ledezma recuerda que el régimen ha incumplido repetidamente los compromisos asumidos en anteriores procesos de diálogo. Jorge Rodríguez estuvo presente en las negociaciones de República Dominicana, México y Barbados, utilizadas para ganar tiempo, aliviar la presión internacional y dividir a la oposición.
Después de tantas burlas, volver a sentarse ante el mismo negociador exige vigilancia y firmeza. Quien acepta ser engañado una y otra vez termina colaborando involuntariamente con la estrategia del estafador.
El régimen no puede acudir a la mesa exigiendo únicamente el levantamiento de las sanciones mientras conserva presos políticos, partidos intervenidos, candidatos inhabilitados y un sistema electoral sometido. Negociar no significa capitular ni intercambiar impunidad por falsas promesas democráticas.
La primera prueba: liberar a los presos políticos
La primera demostración de voluntad del régimen no necesita comisiones, seminarios internacionales ni complejas arquitecturas diplomáticas. Basta con abrir las cárceles y liberar inmediatamente a todos los presos políticos.
También resultan imprescindibles el levantamiento de las inhabilitaciones, la devolución de los partidos judicializados y la actualización del registro electoral. Los millones de venezolanos residentes en el exterior deben recuperar igualmente su derecho efectivo a participar en las elecciones.
A ello debe añadirse la designación de autoridades electorales independientes y la fijación de un calendario inequívoco. Sin fecha electoral, sin garantías y sin resultados comprobables, el diálogo será otra puesta en escena de la dictadura.
Estados Unidos debe garantizar, no sustituir
La participación de Estados Unidos puede ofrecer una garantía que no existió en procesos anteriores. Sin embargo, Washington debe entender que sus tiempos diplomáticos no son los mismos que los de una sociedad sometida a una emergencia humanitaria devastadora.
Venezuela soporta inflación, devaluación, servicios públicos destruidos, hospitales sin recursos, escuelas abandonadas y millones de ciudadanos en el exilio. La transición no puede aplazarse mientras la población continúa pagando el coste humano del chavismo.
Estados Unidos puede acompañar, presionar y ofrecer garantías, pero no debe ignorar la legitimidad democrática surgida de las urnas. La reconciliación nacional no puede construirse sacrificando a quienes recibieron el respaldo mayoritario de los venezolanos.
Machado y González encarnan la legitimidad democrática
Ledezma reconoce la integridad personal de Dinorah Figuera y confía en que ponga esas virtudes al servicio de una transición auténtica. Pero insiste en una realidad que ningún diseño diplomático puede borrar: María Corina Machado representa el liderazgo democrático ratificado en las primarias de octubre de 2023.
Por su parte, Edmundo González Urrutia posee la legitimidad emanada de las elecciones presidenciales de julio de 2024. Ninguna delegación opositora puede actuar al margen de ese mandato popular ni negociar su desaparición política.
Dialogar, sí; rescatar al chavismo, no
La dictadura intentará utilizar la mesa para levantar sanciones, blanquear a sus dirigentes y fomentar nuevas fracturas entre los demócratas. La oposición legítima debe impedir que el diálogo se convierta en el salvavidas de quienes destruyeron Venezuela.
Dialogar puede ser necesario. Capitular, jamás. La negociación solo tendrá sentido si conduce a la liberación de los presos políticos, al regreso de María Corina Machado y a unas elecciones presidenciales libres, con fecha firme, garantías internacionales y respeto absoluto a la voluntad popular.
