Hay una nueva unidad monetaria que se ha instalado silenciosamente en nuestras vidas: el pellizco.
No hablamos del euro ni del céntimo, sino que hablamos de esos 0,10, 0,20, 0,30, 0,50 o incluso un euro que aparecen en algunos tickets con la discreción de quien no quiere molestar. Una cantidad tan pequeña que uno suele pensar: “Bueno, total, es una nimiedad: tan solo veinte céntimos”.
Y precisamente ahí está la genialidad del invento porque si alguien nos quita 20 euros, protestamos, pero en cambio, si nos quita 20 céntimos, casi nos da vergüenza preguntar.
El impuesto silencioso
De esta manera el pellizco puede estar convirtiéndose en el impuesto silencioso de nuestros días: barato, discreto y psicológicamente indoloro.
Veinte céntimos aquí. Treinta allá. Cincuenta por aquello. Un euro por lo de más allá.
Y como cada uno, tomado individualmente, parece insignificante, lo aceptamos sin demasiadas preguntas, pero lo barato, cuando se repite muchas veces, llega a ser caro.
Realmente es el impuesto perfecto: no parece impuesto, no duele como un impuesto y, sobre todo, no merece la pena (por barato) protestar contra él.
El pellizco ecológico
Vivimos tiempos de economía circular, ecologismo, sostenibilidad, cambio climático y consumo responsable. Todo muy moderno y necesario, naturalmente.
Pero hay una cosa que sí parece haber alcanzado la auténtica economía circular: nuestro dinero.
Sale del bolsillo, da una vuelta por una serie de conceptos perfectamente respetables y termina desapareciendo.
Compras por unos 200 euros unas placas y perfiles de Pladur y aparece una pequeña “contribución a la gestión del residuo”. Veinte céntimos.
La cantidad es tan ridícula que protestar por ella casi cuesta más en dignidad que en dinero, pero la pregunta es: ¿qué gestión concreta se hace con esos veinte céntimos?
Porque, cualquiera que haya hecho una reforma sabe que los restos de Pladur, perfiles, cartones y embalajes siguen existiendo después de que el pellizco haya sido cobrado. El residuo permanece, pero nuestra contribución ya ha completado su viaje por la economía circular.
Con las bombillas encontramos pellizcos parecidos pues compramos una y pagamos un pequeño importe para su futura gestión como residuo. Así, cuando la bombilla todavía no se ha fundido ya tiene jubilación, pero lo que resulta más difícil es seguirle la pista cuando llega el momento de convertirse en residuo.
Y luego están las bolsas. Ese ente superfluo que iba a desaparecer. Nos cobraron por ellas para que dejáramos de utilizarlas y funcionó tan bien que seguimos encontrándolas… y seguimos pagándolas.
Eso sí que es economía circular.
El pellizco climático
No podía faltar el cambio climático pues no sabemos si el planeta se calienta más rápido o más despacio, pero nuestros tickets parecen haber desarrollado su propio efecto invernadero: residuo, envase, gestión, reciclaje, canon, contribución…
Todo tiene una explicación ecológica y, probablemente, mucho de la misma sea perfectamente legítimo. El problema no es pagar por gestionar residuos o proteger el medio ambiente, sino que empieza cuando el consumidor se acostumbra a pagar pequeños importes sin preguntar exactamente qué financian, cuánto se recauda y qué resultado producen.
Porque veinte céntimos no son nada hasta que son veinte céntimos multiplicados por millones.
El pellizco de la comodidad
Pero el fenómeno no se limita al ecologismo pues vivimos también en la gloriosa era de pagar por no hacer cosas nosotros mismos.
Que te lo lleven: pellizco.
Que te lo preparen: pellizco.
Que te lo envuelvan: pellizco.
Que puedas elegir: pellizco.
Que puedas devolverlo: pellizco.
Que puedas sentarte: pellizco.
Que quieras hielo: pellizco.
Que quieras una bolsa: pellizco.
Que quieras llevar una maleta: pellizco.
Que quieras imprimir el billete: pellizco.
Hemos conseguido convertir la comodidad en una sucesión de microservicios facturables.
El pellizco de la tarjeta
Está también el viejo pellizco por pagar con tarjeta pues cuando uno pensaba que la tarjeta servía precisamente para facilitar el pago, resulta ya habitual que en determinados sitios utilizarla puede llevar aparejado un pequeño suplemento.
Es decir: pagas por pagar. La próxima innovación será que el cajero nos diga:
—¿Quiere que le cobre?
—Sí.
—Eso son 30 céntimos.
El pellizco de la entrada
Comprar una entrada por internet ofrece otro clásico: la entrada cuesta 20 euros, pero adquirirla cuesta 22,50.
¿De dónde salen los 2,50?: “Gastos de gestión”.
Magnífico concepto; la gestión debe de ser una actividad extraordinariamente compleja, porque a veces consiste básicamente en que alguien ha pulsado unas cuantas teclas.
Y si quieres imprimir la entrada, otro pequeño pellizco.
El papel, que durante siglos fue una tecnología cotidiana, se ha convertido ahora en un servicio premium de alto standing.
El pellizco del asiento y del equipaje
En determinados transportes puedes comprar un billete y después descubrir que sentarte en un sitio concreto tiene suplemento y uno se pregunta si el asiento tiene tapicería de oro. Pues va a ser que no.
Y luego está el equipaje: antes comprabas un billete y viajabas con tus cosas; ahora puedes necesitar varias tarifas para conseguir que tu propia maleta viaje contigo.
El viajero moderno ya no compra un billete: negocia un paquete de derechos básicos.
El pellizco bancario
Los bancos también son grandes maestros del género: medio euro por esto, un euro por aquello, dos euros por lo de más allá.
Importes suficientemente pequeños como para que uno piense: “No voy a perder el tiempo reclamando por un euro” y ése es precisamente el negocio porque si multiplicamos ese euro por cientos de miles de clientes, deja de ser un euro convirtiéndose en una idea magnífica.
El pellizco solidario
Y aquí aparece una modalidad especialmente sofisticada: el redondeo solidario.
Llegas a pagar y te preguntan si quieres donar 20, 30 o 50 céntimos y piensas que la solidaridad es estupenda, pero tiene algo de curioso que haya llegado incorporada a la pantalla de pago como si comprar cualquier cosa (como podría ser una barra de pan) incluyera automáticamente la posibilidad de convertirnos en filántropos.
Uno ya no sabe si está pagando la compra o haciendo méritos para su canonización.
El pellizco del “por si acaso”
Está también ese pequeño seguro que aparece misteriosamente añadido en determinadas compras online, no lo habías pedido, no sabías que existía, pero ahí está.
“Seguro de protección”.
Naturalmente.
Porque si hay algo que necesita protección es nuestro bolsillo de los seguros que aparecen sin que nadie los haya invitado.
El pellizco de la devolución
Comprar puede ser sencillo, pero devolverlo ya es otra cosa pues aparece entonces el coste de gestión de la devolución.
Es una maravilla conceptual: pagas por comprar y, si cambias de opinión, pagas por deshacer la compra.
El capitalismo ha descubierto la forma de cobrar dos veces por la misma indecisión.
El pellizco por no hacer nada
Y llegamos a uno de mis favoritos: el cargo por inactividad pues aquí ya entramos en el territorio filosófico que resulta de no hacer nada pero que puede tener coste.
Antes uno pensaba que para gastar dinero tenía que comprar algo, ahora no.
Puedes simplemente no utilizar una cuenta, una tarjeta o un servicio y recibir igualmente un pequeño pellizco.
La pasividad, finalmente, ha sido monetizada.
Y luego está la terraza
Pero ninguna colección de pellizcos estaría completa sin el clásico pellizco de terraza.
Uno entiende que sentarse en una terraza pueda tener un suplemento pues hay mesas, sillas, limpieza, camareros, espacio… pero lo divertido es cuando somos cuatro comensales, pedimos cuatro consumiciones y aparecen cuatro pellizcos.
Y me pregunto: si el camarero viene una sola vez con cuatro cafés en la bandeja, ¿ha hecho cuatro servicios individuales o realmente ha hecho uno conjunto?
La cuestión merece un experimento científico y me explico:
Cuatro amigos.
Nos sentamos juntos, pero pedimos de uno en uno, por el simple hecho de amortizar el servicio de terraza ya que a cada uno nos cobra lo nuestro. Y pedimos:
El primero: café solo. Pellizco por terraza.
El segundo: café con hielo. Pellizco por terraza y otro por hielo.
El tercero: Coca-Cola sin hielo. Pellizco.
El cuarto: Coca-Cola con hielo. Doble pellizco.
Y entonces llega la cuenta.
—Perdone, ¿este pellizco del hielo del café me lo puede descontar del de la Coca-Cola?
—¿Por qué?
—Porque la Coca-Cola la he pedido del tiempo así que no ha tenido que echarle hielo. Como estamos en economía circular, pensé que podríamos reutilizar el pellizco.
No sé si funcionaría, pero sería una experiencia memorable de consumo responsable.
La gran paradoja
El verdadero problema no es un pellizco, sino que es la colección de los mismos.
Qué duda cabe de que la economía moderna ha descubierto que resulta mucho más elegante cobrar diez cosas pequeñas que una grande pues no parece que te estén quitando dinero, sino que parece que estás colaborando.
Con el medio ambiente, con la comodidad, con la tecnología, con la gestión, con la solidaridad…
Y, al final, con todo.
La moraleja
Quizá la moraleja sea precisamente la que nos enseña la propia economía circular: lo pequeño, cuando se multiplica, deja de ser pequeño.
Eso vale para el CO₂, para los residuos, para el consumo… y también para los pellizcos.
No se trata de protestar por cada veinte céntimos ni de convertir cada ticket en una investigación parlamentaria, sino que se trata de no asumir que, porque una cantidad sea pequeña, la pregunta también lo sea.
La próxima vez que aparezca un pellizquito, quizá baste con preguntar: ¿Y esto exactamente para qué sirve?
Porque quizá el verdadero ecologismo consista no solo en reciclar más, consumir mejor y contaminar menos sino que consista también en reciclar alguna que otra explicación, consumir menos cargos inexplicables y emitir, de vez en cuando, un saludable: “¿Y este pellizco por qué?”
Que la economía sea circular, de acuerdo pero que no termine siendo nuestro bolsillo el único que da vueltas.
Porque al sablazo lo ves venir.
El pellizco, en cambio, te sonríe mientras te cobra.

Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
