Asturias Liberal > España > La comunidad de vecinos: Crónica de un portal con la puerta abierta
El Mirador de la Concordia

Cuenta una leyenda que había una comunidad de vecinos de diez propietarios, veinte vecinos en total, llamada El Mirador de la Concordia.

Era una comunidad pequeña, de esas en las que todo el mundo se conoce y donde las juntas de vecinos suelen durar poco. Tenía sus estatutos, sus normas, su presidente, su tesorero, su conserje y, naturalmente, un sereno de la ciudad que, por una módica cantidad, tenía encomendada la noble misión de vigilar que la puerta del portal permaneciera cerrada cuando correspondiera.

Al otro lado había otra comunidad, Los Jardines del Buen Entendimiento, bastante más grande y con una relación de vecindad… digamos que mejorable.

Entre ambas comunidades había una puerta, una puerta grande, una puerta importante, una puerta que separaba dos comunidades y que, por algún motivo que todavía estaba por aclarar, un buen día dejó de cumplir exactamente la función para la que había sido instalada.

Veinte personas entran por la puerta

Y entonces ocurrió, veinte personas entraron ilegalmente en El Mirador de la Concordia.

Veinte. La misma cantidad de personas que vecinos vivían allí.

No llamaron al telefonillo, no pidieron permiso, no esperaron a que el presidente consultara los estatutos, simplemente entraron y no precisamente para echar un vistazo; simplemente se quedaron.

Conviene hacer aquí una precisión, antes de que aparezca el vecino del quinto con el Código Civil debajo del brazo: aquello no fue una invasión militar, pues no había soldados, ni tanques, ni helicópteros, ni una banda de música marcial.

Fue una entrada masiva e irregular, una especie de invasión sin ejército que, en términos de comunidad de vecinos, viene a ser como tomar el portal sin necesidad de enviar paracaidistas: basta con que alguien deje abierta la puerta y otro tenga ganas de entrar.

Cuando las zonas comunes dejan de ser comunes

El problema fue que los veinte nuevos ocupantes no se limitaron a permanecer discretamente en un rincón, ocuparon las zonas comunes, el portal, los rellanos, las escaleras, los pasillos, el patio, todo aquello que los veinte vecinos originales tenían la extraña costumbre de considerar suyo porque, entre otras cosas, lo pagaban.

La vecina del tercero, Doña Ascensión del Rellano, salió una mañana de casa y se encontró la escalera ocupada.

—Perdonen, ¿puedo pasar?

Sí, podía.

Pero una cosa es poder pasar y otra muy distinta es sentir que estás atravesando una zona que ya no controlas dentro de tu propia comunidad.

La del cuarto, Doña Prudencia del Tendedero, empezó a encontrarse personas sentadas delante de su puerta.

Un día apareció una silla.

—¿Y esta silla?

—Es de uno de los nuevos.

—¿Y quién le ha dado permiso para ponerla?

Nadie contestó.

La silla, por supuesto, permaneció allí.

La vecina del quinto, Doña Ofelia del Teletrabajo, descubrió que trabajar desde casa tiene sus inconvenientes cuando el rellano se convierte en una estación internacional de paso.

Y el negocio del bajo, Ferretería El Tornillo Flojo, empezó a notar que los clientes ya no entraban con la misma tranquilidad.

—¿Qué le pasa a la tienda? —preguntó el presidente.

—Que el portal parece una estación de autobuses —respondió el ferretero—. Y yo vendo tornillos, no billetes.

Un comedor social con felpudo

Pero todavía faltaba lo mejor.

Porque aparecieron las ONG y, naturalmente, hicieron lo que hacen las ONG cuando encuentran personas necesitadas: ayudar.

Empezaron a llegar voluntarios con agua, alimentos y asistencia.

A determinadas horas se formaban largas colas en el portal para repartir comida.

El portal dejó de parecer el portal.

Parecía un comedor social con felpudo.

—¿Qué está pasando? —preguntó Doña Ascensión.

—Están dando de comer.

—¿Aquí?

—Aquí.

—¿En nuestro portal?

En nuestro portal.

La realidad también tiene necesidades fisiológicas

Las necesidades fisiológicas tampoco parecían demasiado interesadas en los estatutos de la comunidad, así que los rellanos empezaron a convertirse en improvisados cuartos de baño.

Y, por si aquello fuera poco, comenzaron a aparecer nuevos problemas: algunos de los recién llegados presentaban enfermedades contagiosas o síntomas que hacían recomendable su aislamiento y vigilancia sanitaria.

El problema era que, en una comunidad con las zonas comunes ocupadas y una veintena de personas entrando y saliendo de un lado para otro, aquello de «confinar al afectado» resultaba bastante más sencillo de escribir en un acta que de llevar a la práctica.

—Hay que aislar a este señor —dijo el presidente.

—¿Dónde?

Silencio.

—Pues… en una zona separada.

—¿Cuál?

Nuevo silencio.

La comunidad tenía un portal abarrotado, rellanos ocupados y un cuarto de contadores del tamaño de un armario.

—Quizá podríamos utilizar el cuarto de bicicletas.

—Ahí está la bicicleta del vecino del segundo.

—Entonces no.

Y la cuestión sanitaria acabó incorporándose al ya interminable orden del día.

Los antecedentes que nadie quiere poner en el acta

Pero aún había otra circunstancia que inquietaba a los vecinos.

Algunos de los nuevos ocupantes no eran completamente desconocidos para la comunidad pues a varios se les había identificado en ocasiones anteriores protagonizando incidentes, pequeños altercados o alguna que otra tropelía en otras comunidades del barrio.

No eran, por supuesto, todos, ni mucho menos, pero algunos ya tenían antecedentes de haber dado trabajo a otros presidentes de comunidad.

—¿Ése no estaba en Los Jazmines del Buen Rollo?

—Me parece que sí.

—¿Y no fue el que rompió el cristal del portal?

—Creo que fue otro.

—Pues éste se parece muchísimo.

—Porque en todas las comunidades hay gente que se parece.

El presidente decidió que aquello, por si acaso, no constaría en acta.

Dos niñas cambian la discusión

Y entonces ocurrió algo que conmovió especialmente a la comunidad y fue que entre los recién llegados había un par de niñas cuya entrada irregular estaba siendo objeto de discusión.

Las dos terminaron bajo la protección de los vecinos del tercero, que decidieron hacerse cargo de ellas mientras se aclaraba su situación.

Doña Ascensión del Rellano, que hasta entonces había estado protestando por la ocupación de las escaleras, se encontró de pronto en una situación mucho más complicada.

—Son niñas —dijo.

Y tenía razón y a discusión cambió inmediatamente de tono, porque una cosa es hablar de control del portal, de estatutos, de ocupaciones y de responsabilidades, y otra muy distinta es encontrarte delante a dos menores que necesitan protección así que los vecinos del tercero las acogieron y procuraron que no les faltara lo necesario.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Doña Ascensión.

Lo que haríamos con cualquier menor que necesitara ayuda.

—¿Y con el resto?

Doña Ascensión miró hacia el rellano.

—Con el resto habrá que pensar también.

Y tenía razón por segunda vez, porque ayudar a alguien que lo necesita no obliga a renunciar a que la puerta de la comunidad tenga cerradura.

El Administrador de Fincas está de vacaciones

Pero todavía faltaba el capítulo del Administrador de Fincas.

Doña Prudencia del Tendedero convocó una reunión extraordinaria.

—Yo no tengo nada contra nadie —dijo, con esa frase que en las juntas de vecinos suele anunciar que alguien está a punto de tenerlo contra todo el mundo— pero quizá podríamos intentar que las zonas comunes siguieran siendo zonas comunes.

El presidente, Don Evaristo del Acta Perdida, asintió solemnemente.

—Me parece razonable.

—Pues haga algo.

—Voy a llamar al Administrador de Fincas.

El Administrador de Fincas se llamaba Don Aniceto del Orden y Concierto y parecía un hombre muy competente o, al menos, eso decía su tarjeta.

El presidente lo llamó.

—Don Aniceto, tenemos un problema.

—¿Qué clase de problema?

—Han entrado veinte personas en la comunidad.

—¿Veinte?

—Veinte.

—Pero si ustedes son veinte vecinos.

—Exactamente.

—¿Y dónde están?

El presidente miró por la ventana.

En todas partes.

Silencio.

—¿Y qué quieren que haga?

—Pues poner un poco de orden y concierto.

Otro silencio.

—Ah.

—¿Puede venir?

—No.

—¿Por qué?

Estoy de vacaciones.

—¿De vacaciones?

—Sí. Estoy en la costa.

—Pero tenemos veinte personas dentro, las zonas comunes ocupadas, colas de reparto de comida en el portal, necesidades fisiológicas en los rellanos y hasta problemas sanitarios.

—Comprendo.

—Entonces, ¿puede venir?

—No.

—¿Cuándo vuelve?

Cuando termine mis vacaciones.

Y colgó.

El presidente dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Don Evaristo.

—Que está de vacaciones.

—¿Y quién administra la finca mientras tanto?

—Él.

—Pero está de vacaciones.

—Sí.

—Entonces no administra.

Exactamente.

La junta quedó en silencio.

Cerrar la puerta ya no basta

Mientras tanto, algunos de los veinte abandonaron la comunidad.

Después de mucho esfuerzo, una parte importante se marchó, pero no todos pues una proporción considerable permaneció dentro.

Y ahí apareció el verdadero problema porque conseguir que alguien no entre es una cosa pero conseguir que se marche alguien que ya está dentro es otra completamente distinta.

La comunidad volvió a reunirse.

—Hay que sacar a los que quedan.

—De acuerdo.

—Pero habrá que hacerlo conforme a las normas.

—Naturalmente.

—¿Y mientras tanto?

Silencio.

Doña Ascensión seguía teniendo problemas para bajar las escaleras.

Doña Prudencia seguía encontrando sillas en el rellano.

Doña Ofelia seguía intentando trabajar entre conversaciones y entradas y salidas.

El ferretero de El Tornillo Flojo seguía preguntándose por qué sus clientes tenían que atravesar aquello para comprar una caja de tacos.

Los vecinos del tercero seguían protegiendo a las dos niñas mientras se aclaraba su situación.

Y el presidente seguía intentando averiguar cómo podía una comunidad de veinte vecinos funcionar normalmente con otras veinte personas ocupando sus espacios comunes.

La pregunta inevitable: ¿quién abrió la puerta?

Finalmente, alguien hizo la pregunta inevitable:

—Pero ¿quién abrió la puerta?

Todos miraron al conserje, Don Celedonio del Cerrojo.

Don Celedonio miró al sereno, Don Anselmo del Ojo Cerrado.

Don Anselmo miró al presidente.

El presidente miró el teléfono.

Y el teléfono seguía mostrando el mismo nombre:

Don Aniceto del Orden y Concierto — DE VACACIONES.

Y fue entonces cuando los veinte vecinos comprendieron una cosa bastante elemental y es que una puerta no es un adorno, sino que sirve para separar, sirve para controlar quién entra y sirve, sobre todo, para que no tenga que decidirse a posteriori qué hacer con quienes entraron sin permiso.

Porque si una comunidad de veinte vecinos recibe de golpe a otras veinte personas que entran ilegalmente, ocupan las zonas comunes, reciben asistencia en el portal, utilizan los rellanos para hacer sus necesidades, algunos requieren medidas sanitarias difíciles de aplicar, otros ya han tenido problemas en comunidades anteriores y, después de que una parte abandone el edificio, todavía queda un número considerable dentro, el problema no desaparece simplemente porque alguien consiga cerrar la puerta.

Los veinte vecinos siguen viviendo allí, utilizando las escaleras, entrando por el portal, trabajando en sus negocios, pagando sus cuotas y siguen esperando que alguien les explique por qué, teniendo un conserje, un sereno y un Administrador de Fincas, acabaron teniendo cuarenta personas dentro de casa.

No fue una invasión militar

Quizá por eso, cuando alguien dice que aquello no fue una invasión porque no había un ejército, Don Evaristo, presidente de El Mirador de la Concordia, podría responder:

—Naturalmente que no fue una invasión militar. Pero explíqueselo usted a Doña Ascensión cuando intente bajar las escaleras.

Porque en una comunidad de vecinos —como en cualquier frontera— hay una diferencia bastante importante entre llamar al telefonillo, entrar con permiso y entrar sin él y hay otra todavía más importante: la diferencia entre conseguir cerrar la puerta y conseguir resolver lo que ha ocurrido después de abrirla.

La pregunta incómoda

Y aquí llega la pregunta incómoda.

Ahora imagina que todo esto no es una comunidad de vecinos, sino que el portal es un territorio real.

●Que los veinte vecinos siguen viviendo allí.

●Que los veinte nuevos ocupantes han entrado ilegalmente.

●Que algunos necesitan asistencia.

●Que otros tienen problemas sanitarios.

●Que algunos ya han protagonizado incidentes en otros edificios.

●Que unas niñas han quedado bajo la protección de vecinos.

●Y que una parte de los recién llegados sigue dentro después de que la mayoría haya abandonado el inmueble.

¿Qué solución ves para esa comunidad de vecinos?

Porque ahí está la gracia —y también la trampa— de la comparación.

Si la puerta sigue abierta, habrá que cerrarla.

Si alguien ha entrado ilegalmente, habrá que determinar qué corresponde hacer con cada caso.

Si hay menores que necesitan protección, habrá que protegerlos.

Si alguien está enfermo, habrá que atenderlo y adoptar las medidas sanitarias que correspondan.

Si alguien ha cometido un delito, habrá que actuar conforme a la ley.

Y si una persona tiene derecho a permanecer en la comunidad, habrá que respetarlo.

Pero ninguna de esas obligaciones parece incompatible con una idea bastante sencilla: los vecinos tienen derecho a que su comunidad tenga unas normas, a que sus zonas comunes sean utilizables y a que la puerta de entrada cumpla la función para la que fue instalada.

La pregunta, por tanto, no es solamente qué hacemos con los que ya están dentro sino que es mucho más incómoda: ¿quién vuelve a hacerse cargo de la puerta?

Posdata: el portal es Ceuta

P.D. Ahora imagínate que esta comunidad de vecinos no es una comunidad de vecinos, sino que el portal es Ceuta, que los veinte vecinos son sus habitantes, que la comunidad de al lado es Marruecos, que los veinte que entran representan, proporcionalmente, la avalancha de personas que cruzaron irregularmente la frontera, y que el conserje y el sereno son quienes debían controlar esa puerta.

Imagina que el comedor improvisado del portal son las ayudas humanitarias, que una parte de quienes entraron acaba marchándose, pero otra permanece; que algunos menores quedan bajo la protección de vecinos; que aparecen problemas sanitarios cuya gestión resulta complicada; que entre los recién llegados hay personas con antecedentes de incidentes en otros lugares; y que, mientras los vecinos piden explicaciones y orden, el Administrador de Fincas —ese personaje que, en la vida real, tendría que ocuparse de que la finca funcionase— está de vacaciones.

Y ahora vuelve a leer la historia.

Quizá entonces la pregunta ya no sea si aquello fue una «invasión» porque no había un ejército sino que la pregunta interesante sea otra: ¿qué nombre le ponemos a una entrada ilegal masiva, facilitada desde el otro lado de una frontera, cuando quienes entran ocupan el espacio de una comunidad y una parte de ellos decide quedarse?

La palabra que elijamos puede ser cuestión de semántica.

Las consecuencias, no tanto.

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