Asturias Liberal > Aportaciones > Antonio Ledezma con Corina en Oslo: la dignidad que no se rinde

 

Fotografía de portada: María Corina Machado, junto al primer ministro noruego, Jonas Gahr Store, durante la rueda de prensa conjunta que han ofrecido en Oslo. Stian Lysberg Solu (DPA/Europa Press)


A veces la política deja de ser cálculo y se convierte en testimonio. La reciente concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado pertenece a esa rara categoría de acontecimientos que no se explican con titulares, sino con biografías.

Y entre las biografías que dan sentido a este reconocimiento colectivo destaca una con nitidez moral: la de nuestro colaborador Antonio Ledezma.

Exalcalde de Caracas, perseguido, encarcelado y exiliado, Ledezma no es un comentarista externo de la tragedia venezolana. Es uno de sus protagonistas.

En Oslo, acompañando a Machado en una travesía clandestina —de esas que desnudan al régimen mejor que mil comunicados— volvió a encarnar esa figura insoportable para las dictaduras: la del hombre que no se resigna.

Ledezma lo expresó con una claridad que hoy escasea:

  • •El Nobel no es un premio individual, sino un repique de campana con alcance planetario.
  • •No una medalla, sino millones.
  • •No una persona, sino un pueblo entero que lleva más de un cuarto de siglo resistiendo.

Frente al cinismo del chavismo, que se burla del acto llamándolo “velorio”, Ledezma pone nombre a las cosas: Venezuela no sufre un mal gobierno, sino una narcotiranía sostenida por la represión, el crimen organizado y la connivencia internacional.

Hay símbolos que explican mejor que cualquier discurso. En 2017, bajo arresto domiciliario, Ledezma entregó a María Corina Machado su bandera venezolana. No era un gesto sentimental: era una cesión de custodia moral.

Hoy, esa bandera reaparece como hilo conductor de una resistencia que no se compra ni se doma.

 

Y en esa resistencia, Ledezma —colaborador destacado de Asturias Liberal— representa precisamente lo que tanto falta en Europa: una oposición que no negocia su dignidad, que no confunde prudencia con cobardía y que entiende que la libertad no se administra, se conquista.

Porque hay causas que no admiten matices, amigo lector: cuando el mal se organiza, la claridad moral deja de ser un lujo y pasa a ser una obligación.

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