Asturias Liberal > España > No, no ganan todos: la financiación de Cataluña se come al Estado

 

Todas las comunidades ganan” es una frase cómoda. Pero si el Estado pierde capacidad de inversión y cohesión, la ganancia deja de ser real y se convierte en contabilidad selectiva.

Hay una afirmación que se repite con disciplina casi litúrgica desde que el Gobierno presentó el nuevo modelo de financiación autonómica: “todas las comunidades ganan”. La repiten ministros, portavoces y titulares con la misma tranquilidad con la que se repiten los mantras. Y, sin embargo, es una afirmación incompleta. Peor aún: es económicamente engañosa.

No porque algunas comunidades no reciban más dinero —lo reciben—, sino porque se oculta el coste real de ese aumento. El debate se ha quedado atrapado en una sola columna del balance: la de las transferencias autonómicas. Pero un sistema territorial no se sostiene con una columna. Se sostiene con una estructura. Y esa estructura, hoy, se está debilitando.

El salto fiscal que adelgaza al Estado

Cambio en la distribución del IRPF y el IVA. El nuevo modelo reduce drásticamente la parte gestionada por el Estado y traslada el peso fiscal a las comunidades autónomas.


El nuevo modelo eleva de forma sustancial la cesión de impuestos estatales: el IRPF pasa al 55%, el IVA al 65%. El volumen total del sistema se dispara hasta los 224.500 millones de euros. En apariencia, abundancia. En realidad, traslado de poder fiscal.

Porque esos recursos no caen del cielo: salen del Estado central. Y cuando el Estado pierde ingresos directos, pierde algo más importante que dinero: pierde capacidad de actuar.

Aquí está el punto ciego que ni medios ni políticos quieren mirar. La financiación autonómica no es el único flujo económico que sostiene la cohesión territorial.

Está también la inversión estatal directa, la política industrial común, las infraestructuras correctoras, los fondos de compensación, la capacidad anticrisis. Todo aquello que no depende de la riqueza previa del territorio, sino de una lógica de equilibrio nacional.

Cuando el Estado pierde ingresos directos, no solo cede dinero: cede capacidad de inversión, de corrección y de respuesta. Eso es cohesión territorial en términos reales.

Cuando el Estado adelgaza sus inversiones , esas partidas son las primeras en sufrir. No porque alguien las recorte con saña ideológica, sino porque desaparece el margen presupuestario que las hacía posibles.

Menos ingresos directos implican menos inversión discrecional. Y menos inversión discrecional desde la Administración Central implica más desigualdad territorial, no menos.

Asturias: más euros hoy, más intemperie mañana

Asturias es un buen ejemplo. Con el nuevo sistema recibiría unos 246 euros más por habitante. Es cierto. Pero al mismo tiempo perdería posición relativa en el ranking de financiación y quedaría más expuesta a una reducción de inversión estatal futura. Para una comunidad envejecida, dispersa y con menor base fiscal, la inversión del Estado no es un complemento: es un pilar. Sustituirla por una transferencia algo mayor no es ganar; es cambiar estabilidad estructural por liquidez coyuntural.

Aquí aparece la segunda gran falacia: confundir ganancia contable con ganancia real. Ganar no es solo ingresar más hoy. Ganar es mantener capacidad de sostener servicios mañana, resistir crisis, corregir desventajas estructurales. Y eso exige un Estado fuerte, no un Estado desnutrido que delega todo en autonomías con capacidades muy desiguales.

El argumento oficial insiste en que “todas ganan” porque todas reciben más. Pero si ese7.944 i “más” se financia debilitando al único actor capaz de garantizar la cohesión, el resultado es perverso: las comunidades más fuertes consolidan ventaja y las medias o débiles quedan a la intemperie.

La introducción del principio de ordinalidad refuerza esta lógica: quien más tiene, no solo no pierde, sino que blinda su posición. No es solidaridad; es conservación jerárquica del poder económico.

El nuevo modelo no solo redistribuye recursos: redistribuye peso político-económico. Con la retirada del Estado, Cataluña incrementa su centralidad relativa en el sistema.


Dicho sin rodeos: este modelo no redistribuye riqueza, redistribuye poder. Y lo hace reduciendo el papel del Estado como árbitro y nivelador. En ese escenario, afirmar que “todos ganan” es, como mínimo, una verdad a medias. Y en política económica, las verdades a medias suelen ser mentiras completas.

La cohesión territorial no se mide solo en euros transferidos a cada autonomía: se mide en capacidad compartida, inversión común y estructura estatal suficiente. Si eso se debilita, algunos cobrarán más hoy. Pero no todos ganarán mañana.


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