Asturias Liberal > España > Elogio del coronel Balas con muchos peros

 

El teniente coronel Antonio Balas es una de esas figuras que no buscan protagonismo. Es más, proyectarlo sería un serio problema que convertiría su trabajo eficaz en una parodia teatral.

Su discreción va a menos, pero el trabajo discreto de su unidad, mientras estuvo a su frente, rinde frutos impagables para el Estado de Derecho: investigar, documentar, ponerse a disposición judicial. Cumplir con su función.

En condiciones normales, nada de eso debería llamar la atención. Al combativo y meritorio periodista de El Debate, Antonio Naranjo, le parece un valor digno de mencionar. Y lo es, pero solo hasta cierto punto.

Debería ser una rutina institucional, pero en la España actual, ese comportamiento empieza a percibirse como excepcional. Ése es el problema.

La excepción que revela el fallo

El reconocimiento a Balas, a la UCO y a tantos profesionales que sostienen el funcionamiento real del Estado no puede quedarse en el elogio personal. Porque su valor no reside solo en su integridad, sino en lo que revela: que las instituciones no se protegen solas. Dependen de quienes, dentro de ellas, deciden no adaptarse a las inercias del poder.

Eso tiene una consecuencia perniciosa.

Si el buen funcionamiento del sistema descansa en la conducta individual de unos pocos, entonces el sistema, como tal, no está resuelto, solo está combatido y siempre en inferioridad de condiciones, siempre en retroceso.

Funciona lo suficiente como para investigar delitos, pero no lo bastante como para prevenirlos, para reaccionar, pero para anticipar y ése es el punto ciego.

El escándalo permanente

España vive en un escándalo permanente. Los nombres cambian, los casos se suceden, las investigaciones avanzan con dificultad, pero el patrón se repite. No porque falten jueces, policías o periodistas que hagan su trabajo —ahí están Balas y tantos otros—, sino porque el sistema carece de mecanismos eficaces para leerse a sí mismo antes de que el delito estalle.

Es decir: se actúa cuando el daño ya está hecho. La justicia interviene, la policía judicial investiga, la prensa conecta los hechos. Todo eso funciona, con sus limitaciones y necesariamente llega siempre tarde.

La vigilancia que falta

No existe, o no opera con suficiente fuerza, una arquitectura institucional con miembros formados y rigurosos dedicada a detectar riesgos estructurales, a identificar incentivos perversos, a cerrar accesos privilegiados antes de que se conviertan en casos penales.

  • Ese vacío convierte la lucha contra la corrupción en una carrera de fondo donde la liebre corre más que el galgo que la persigue.
  • Basta con echar la vista atrás y ver cómo esos escándalos aumentaron con el tiempo desde 1978, año del actual ciclo.
  • ¿Y qué falta para no seguir cayendo por la pendiente?

Sin vigilancia previa, sin capacidad de diagnóstico sistémico y sin instrumentos para imponer límites antes del delito, la corrupción no desaparece: se administra y se convierte en episodio, en desgaste, en ruido que se renueva sin corregirse.

El sistema político no colapsa, pero tampoco aprende y en ese contexto, los Balas cumplen una función tan esencial como insuficiente.


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