La ruptura entre sistema y ciudadanía
Hay una conclusión que aún no se está diciendo con claridad: Cerredo ha evidenciado una desconexión profunda entre el sistema político y la ciudadanía. Sus extensas, sentidas y razonables respuestas en La Nueva España dejan ya meridianamente claro lo que debe taxativamente hacer Adrián Barbón como máximo responsable que es de la Administración Regional: explicar sin excusas, pedir perdón y exponer un plan claro de reformas en el marco de una cuestión de confianza ante la Junta General.
Las frases clave de las víctimas:
- “¿A mí qué más me da que dimita alguien?”
- “No basta irse a casa”
- “Que no se nos olvide”
Estas tres frases, salidas de lo más profundo y lo más sensato del sentir popular, solo quieren decir: No basta con dimitir sin más y que haya nuevos «casos Cerredo» ni similares. Dimitir y resolver, esa es su lección política, para que no vuelva a ocurrir
Porque las víctimas no son un actor externo sino ciudadanos que estuvieron expuestos durante años a un riesgo que el sistema debía controlar y no controló. Lo que ha quedado al descubierto no es solo un fallo técnico ni una cadena de errores administrativos y políticos. Es una ruptura: el sistema vigente en Asturias no ha respondido ni antes, ni durante, ni después.

Consecuencias reales
Las declaraciones de las familias lo han dejado cristalino.
No basta con dimitir.
No basta con indemnizar.
No bastan las promesas.
Lo que están exigiendo son consecuencias reales y con eso están dando un giro total al sentido de todo el debate. Porque obliga a pasar del plano de las explicaciones al de las respuestas efectivas. Y ahí es donde aparece una conexión que hasta ahora nadie había terminado de formular: consecuencias reales significa someter el poder a una prueba real.
La cuestión de confianza
Eso es, exactamente, una cuestión de confianza: un acto político serio y no una formalidad parlamentaria.
Es una rendición de cuentas y una puesta de su cargo a disposición de los representantes de los ciudadanos.
Es una presencia honestamente expuesta con contenido político concreto.
Las propias palabras de las víctimas permiten definir qué debería implicar: explicación sin excusas, reconocimiento de lo ocurrido, petición de perdón público y, sobre todo, un plan de reformas administrativas orientadas al ciudadano.
Un plan que si no lo acomete este presidente ha de hacerlo el próximo que aspire a serlo. Y no solo en la gestión de Minas, donde el fallo ha sido evidente, sino en la forma en que la administración responde cuando detecta riesgos que afectan directamente a la vida de las personas.
Ese es el punto clave. La cuestión de confianza deja de ser un mecanismo abstracto y se convierte en el instrumento que puede cerrar la brecha entre sistema y ciudadanía.
Las posiciones se quedan cortas
Frente a esto, las posiciones actuales se quedan cortas.
El PSOE se mantiene en el terreno técnico culpando a Blue Solving . Izquierda Unida reconoce el fallo del sistema, pero acota responsabilidades a los exconsejeros y pretende eludir así la suya propia. PP-Foro y Vox exigen la dimisión directa sin más plan que exponer a los asturianos.
Ninguna de estas soluciones repara nada. Que el Presidente dimita directamente parece la más radical, pero no sirve para solucionar un problema político y administrativo de primer orden salvo que estas formaciones digan eso de que «con ellos sería diferente«, sin más. ¿ Y cómo lo harían diferente?
Y Covadonga Tomé ha dado un paso relevante al plantear la reparación inmediata, pero sin completar aún el salto hacia la exigencia política plena.
Si Tomé, que es quien está marcando una agenda con primacía de las personas, no concluye en exigir la responsabilidad política del propio Presidente Barbón, habrá quedado en el simple gesto demagógico. El Estatuto de Autonomía le ofrece una opción y debe pedirla.
La agenda de este y de futuros presidentes ha de quedar señalada por lo que los representantes de los asturianos hablen en ese debate ante la Junta. Todos han de quedar retratados: los que están, para ofrecer explicaciones; y los que quieren estar, para decir claramente qué harían para cambiar las cosas.
Ninguna de las actuales posiciones, por sí solas, responde a lo que las víctimas han puesto sobre la mesa.
El sistema ante su propia prueba
Porque lo que está en juego ya no es solo quién tiene la culpa, sino si el sistema es capaz de reaccionar cuando falla. Si no lo hace, todo quedará en lo conocido: debate político, desgaste y soluciones parciales. Y si lo hace, el sistema cumplirá su obligación de mirarse a sí mismo, hablar a los ciudadanos y responder ante quienes ya no aceptan explicaciones sin consecuencias.
Las víctimas han definido el estándar. Ahora le toca a la política decidir si está a la altura.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
