La cuestión de fondo no es solo qué hicieron, sino qué tipo de sistema permite que perfiles así alcancen semejantes cotas de influencia.
Una revelación inquietante hay en la escena actual con Víctor de Aldama, Koldo García y José Luis Ábalos. Éstos ya han hablado ante el juez, mientras Santos Cerdán espera su turno y nosotros esperamos el mismo tipo de espectáculo.
Porque visto en el juicio no es solo un juicio, es un espejo de muchas cosas que ocurren en la sociedad. Una ética asociada a su propia estética: poses en la silla de encausados, peinados imposibles, victimismos más imposibles aún. No es solo un juicio.
La estética de una forma de poder
Porque más allá de lo penal —que deberá dirimirse como mejor proceda, o eso esperamos— lo que aflora es un retrato ético y estético de una forma de poder. Es por esto que uno se siente más inquietado que escandalizado.
No estamos ante grandes arquitectos del Estado ni ante mentes sofisticadas que operan en la alta complejidad institucional. Más bien, vemos perfiles que transmiten una mezcla de improvisación, picaresca y cultura política rudimentaria.
Tipos más habituados al pasillo, al favor y al atajo que al informe riguroso o a la comprensión real de los problemas ciudadanos donde lo que prima es parasitismo con poca arquitectura institucional y demasiada fontanería de partido.
Hay incluso una estética reconocible, algo que recuerda —salvando todas las distancias— al Señor Lobo de Pulp Fiction: el hombre que llega, resuelve, limpia y se va.
Pero aquí no se da la brillantez seca ni la eficacia quirúrgica del personaje cinematográfico, sino una versión degradada y doméstica.
La mediocridad que escala
Y, sin embargo, estos cuatro personajes y otros del tipo de Leire Díez, la acosadora de fiscales a cuenta del PSOE, alcanzaron cotas de influencia sorprendentes situando el drama en dos variables: ralea e influencia en el seno del Estado.
Por eso no se trata solo de quiénes son ellos, sino de cómo el sistema permite, incentiva y protege que perfiles así escalen posiciones en los engranajes del poder mientras la prensa crítica, la UCO, jueces y fiscales corren detrás sin alcanzar nunca del todo toda la verdad ni todo el dinero público desaparecido.
La mezcla de intereses personales, de partido, empresariales y estatales genera un ecosistema donde la lealtad informal pesa más que la competencia, y donde la proximidad sustituye al mérito verificable.
No son casos aislados, es un patrón nacional. No hay duda. El sistema político español premia la cercanía y estimula la mediocridad influyente. Los partidos afectados, hoy el PSOE, se deshacen de ello con la consigna fácil de pensar que esto es una excepción o una desviación puramente puntual y simulan haber sido, ellos mismos, engañados y defraudados.
Ya ocurrió en otras etapas —también bajo gobiernos distintos, incluidos los de Mariano Rajoy— y volverá a ocurrir mientras los incentivos institucionales sigan premiando la lealtad cerrada, el favor cruzado y la opacidad funcional.
El problema no son solo los nombres
Porque el problema no son solo los nombres propios, el problema está arraigado en los usos y costumbres de partidos auto-representativos y en los hábitos complacientes de toda una sociedad.
Mientras las instituciones no se reformen en profundidad —y no hablamos de retoques cosméticos, sino de una verdadera reconfiguración de incentivos, controles y responsabilidades— siempre habrá “Koldos”, “Ábalos” o equivalentes funcionales ocupando esos espacios intermedios. Esos lugares donde se cruzan el partido, el Estado, el sindicato, la empresa amiga, el intermediario útil y el comisionista con agenda propia.
Son las zonas grises donde la democracia formal empieza a parecer una red de favores. Y ahí entra el último elemento, quizá el más incómodo de todos: el origen social.
Estos perfiles no surgen de la nada, emergen del propio tejido social, de ese “ciudadano medio” al que tantas veces se apela retóricamente, pero al que rara vez se analiza con honestidad cruda.
Porque dentro de ese conjunto —plural, complejo, contradictorio— también están las semillas de estas conductas: la tolerancia al atajo, la normalización del favor, la resignación ante lo irregular y la vieja simpatía por quien “sabe moverse”.
La reacción pendiente
Así que no, no basta con indignarse ante el espectáculo judicial porque la cuestión de fondo es otra: si la sociedad que produce estos perfiles está dispuesta a dejar de producirlos. Porque ninguna regeneración institucional será suficiente si no va acompañada de una reacción cívica de los españoles medios, precisamente de aquellos entre los que nacen también los personajes que después escalan por las cañerías del poder.
El problema no es que aparezcan personajes así. El problema es que encuentren siempre una puerta abierta.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
