Asturias ya tiene futuro. Y no uno cualquiera: un futuro con gafas de realidad virtual para escanciar sidra sin botella ni vaso.
La escena es magnífica, regalo en exclusiva de alguno de los dirigentes periodísticos del autodenominado Diario Independiente de Asturias.
Si no fuera porque esa es su línea habitual habría que pensar que está burlándose no sólo de los asturianos que han creído lo que más parece una humorada, sino del mismo Gobierno Regional. Se puede encontrar en la edición de papel del domingo día 10, es decir, de anteayer.
Título del editorial: «El futuro ya está aquí con los adelantados asturianos«
Una persona levanta el brazo, como mandan los cánones del chigre, pero no hay sidra, no hay vaso, no hay culín, no hay madera, no hay suelo pegajoso ni camarero mirando con resignación.

Hay unas gafas. Hay simulación. Hay relato. Hay, en fin, ese entusiasmo tan nuestro por llamar revolución a cualquier cosa que lleve cable, pantalla o subvención.
La metáfora perfecta
La foto es casi perfecta como metáfora de época. Asturias, región que fue carbón, acero, energía, astilleros, talleres, metalurgia y músculo industrial, aparece ahora representada por un escanciado virtual.
La industria convertida en servicio. El gesto sin materia. La sidra sin sidra. El vaso sin vaso. La economía sin peso.
Y no es que la tecnología no importe. Importa muchísimo y es imprescindible. Nadie sensato puede despreciar la innovación, la digitalización, la robótica, la inteligencia artificial, la simulación aplicada o la transferencia tecnológica.
El problema empieza cuando se confunde la herramienta con el modelo productivo salvo que se aspire a que Asturias sea una simulación virtusl de lo que fue y aún es Silicon Valley. Cuando se presenta el envoltorio como si fuera la sustancia. Cuando se pretende vender como futuro lo que, sin una base industrial fuerte donde aplicarse, corre el riesgo de quedarse en escaparate, taller demostrativo o simpática atracción de feria para congresos con sofá.
El relato y la estructura
Porque Asturias no tiene un problema de falta de titulares optimistas. De eso vamos sobrados. Tiene un problema de estructura productiva.
El campo se contrae. La industria pierde peso. Los servicios crecen, sí, pero demasiadas veces en ramas de bajo valor añadido, empleo frágil y productividad limitada.
Y los sectores tecnológicos, aunque existen y deben cuidarse, siguen ocupando una posición relativa demasiado baja para sostener por sí solos el gran salto regional que se anuncia con tanta literatura dominical.
La pregunta necesaria es sencilla: ¿dónde se aplica esa tecnología?
Porque la realidad virtual, la sensórica, la analítica de datos, los gemelos digitales o la automatización solo adquieren potencia transformadora cuando se insertan en procesos materiales robustos: acero, energía, naval, defensa, química, metal, agroindustria avanzada, logística, bienes de equipo.
Es decir, justo aquello que algunos parecen querer jubilar retóricamente bajo la etiqueta de “viejo”.
La industria que sostiene el mundo real
Viejo, al parecer, es un horno, una acería, una central, una fábrica, una línea de producción, una cadena logística o una empresa que exporta toneladas.
Nuevo es ponerse unas gafas para escanciar una sidra que no existe. Pues cuidado. Porque el mundo real sigue funcionando con minerales, electricidad, acero, cables, barcos, grúas, tubos, máquinas, componentes, redes y fábricas.
La nube también pisa suelo. Los algoritmos también necesitan energía. Y hasta las gafas de realidad virtual necesitan industria pesada detrás, aunque luego algunos la miren como si fuera un personaje clásico en una fiesta de reguetón.
Asturias no saldrá adelante declarando obsoleto lo que todavía sostiene su capacidad real. Saldrá adelante modernizando su industria, no sustituyéndola por decorados tecnológicos.
Saldrá adelante si el conocimiento se acopla a la producción, si la innovación baja al taller, si la universidad se engancha a la empresa, si la energía vuelve a ser ventaja competitiva y si el discurso público deja de confundir autoestima con autoengaño.
El futuro no se imprime en una portada
La épica de los “adelantados asturianos” queda muy bien en portada. Tiene música, orgullo y ese punto de consuelo colectivo que tanto gusta en las regiones cansadas.
Pero el futuro no se decreta con un editorial ni se imprime en una foto simpática. Se construye con inversión, escala, industria, productividad, infraestructuras, energía abundante con amplia distribución y empresas capaces de competir fuera.
Lo demás puede ser útil, agradable y hasta divertido.
Asturias necesita tecnología, sí. Pero necesita, sobre todo, un lugar real donde esa tecnología produzca riqueza real.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
