Asturias Liberal > Asturias > Un país de decorados

Los asturianos llevan años viviendo dentro de una paradoja extraña. Nunca hubo tanta presentación, tanta fotografía institucional, tanto congreso, tanta promesa industrial y tanta rueda de prensa cuidadosamente iluminada.

Y, sin embargo, algo esencial sigue sin moverse. La sensación de fondo permanece intacta, como esas estaciones antiguas donde cambian los carteles, pero nunca llega el tren esperado.

Y no hablamos de política, hablamos de un clima emocional colectivo, de la impresión, cada vez más extendida, de que Asturias vive atrapada en una representación teatral permanente de dinamismo mientras la realidad profunda continúa estancada.

Cada semana aparece un nuevo anuncio: proyectos estratégicos, hubs tecnológicos, reindustrializaciones históricas, inversiones transformadoras, polos de innovación, oficinas del futuro con nombres en inglés que suenan modernos incluso antes de existir. Anuncios que no se cumplen, nunca lo hacen. El cumplimiento en esta región es inversamente proporcional a la extensión de las portadas que los medios cómplices y los políticos que prometen

Y uno quiere creer, por supuesto que quiere creer. Sucede que la fe se diluye tras los cerca de 25 años que nos separan de los diversos eventos que dieron origen a la España contemporánea.

Y Asturias necesita creer. Pero la pregunta incómoda sigue ahí, esperando pacientemente al fondo de la sala: ¿qué está cambiando de verdad? ¿Por qué Asturias ha de seguir creyendo?

Los datos duros siguen mostrando envejecimiento, pérdida demográfica, dificultad para atraer talento, dependencia creciente del sector público y una fragilidad industrial que no desaparece por mucho que se multipliquen las infografías de colores.

La escena se repite, con distintos atrezos pero idéntico desenlace, solamente cambian los eslóganes heredados de una historia mal asimilada, la de la Asturias ebria y dinamitera.

Ebria de engaños y, muy especialmente, de autoengaños colectivos y de barra. Dinamitera de la propia seriedad, de ínfimo amor propio inteligente. No hay otro tipo de orgullo que el de quien piensa a largo plazo, sin golpes en el pecho, sin identificaciones autocomplacientes.

Y cambian los actos, cambian las campañas institucionales, pero nunca cambia el futuro. Éste solo se desplaza un año más, una década más.  Y eso acaba teniendo consecuencias psicológicas profundas. La sociedad empieza a desconfiar incluso de las buenas noticias. Y con razón, con mucha razón.

El ciudadano escucha anuncios con la misma expresión con la que oye una promesa repetida demasiadas veces. No por cinismo. Por cansancio.

Mover focos no equivale a mover una economía. Y llenar auditorios no equivale a construir futuro.

Asturias todavía conserva inteligencia, identidad, capacidad técnica y memoria industrial suficiente para reaccionar. Pero está reprimida. Reprimida por una élite regional abonada al atrezo y dependiente de las subvenciones.

Asturias necesita proyectos reales y materializados, continuidad, seriedad y tiempo. Mucho tiempo. Porque el futuro no se fabrica con decorados.


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