Asturias Liberal > Asturias > Adrián Barbón: el último administrador de la pesadilla de Asturias

Un solo dirigente no crea un sistema, pero acaba encarnándolo con una precisión casi involuntaria. No inventa todos los problemas, no firma todos los retrasos, no diseña todas las dependencias. Pero llega en un momento determinado, hereda una maquinaria y, en vez de desmontarla, la perfeccionan como relato. Un relato que, para Asturias, es una pesadilla de burla y desprecio.

Adrián Barbón pertenece a esa categoría.

No es el origen del problema asturiano. Asturias no empezó a perder músculo productivo en 2019. No empezó entonces su declive demográfico, ni su dependencia de Madrid, ni la cultura de la compensación pública, ni la lenta sustitución de industria real por expectativa administrada. Todo eso viene de lejos: de la reconversión industrial, de los fondos mineros, de las infraestructuras eternamente aplazadas, de los anuncios que envejecieron hasta convertirse en costumbre.

Pero Barbón sí representa algo muy concreto: la fase comunicativa y emocionalmente sofisticada de ese modelo en el que están instalados todos los altos funcionarios autonómicos, las organizaciones empresariales y sindicales y los sucesivos miembros del Gobierno Regional.

La espera convertida en avance

La Asturias de Barbón no es solo una comunidad que espera. Es una comunidad a la que se le enseña a interpretar la espera como avance, el cambio de ilusiones para que la ilusión no decaiga. El ilusionismo es la técnica; la burla, el resultado.

Porque ya no se trata solo de prometer. Se trata de convertir cada retraso en una estación del progreso, cada incumplimiento en una nueva oportunidad de anuncio y cada deuda histórica en una foto institucional.

El mecanismo funciona porque opera sobre una idea simple:

La narración es la de siempre: Asturias no está tan mal; Asturias está, solamente, a punto de.

A punto de despegar. A punto de conectarse. A punto de liderar la industria verde. A punto de convertirse en polo de defensa. A punto de aprovechar la Variante de Pajares. A punto de resolver las Cercanías. A punto de culminar el Metrotrén. A punto de transformar El Musel en gran palanca logística y energética. A punto de atraer inversiones industriales si la red eléctrica acompaña. A punto de todo y asentando nada. Y de tantas nadas, hacen de Asturias una monumental NADA.

A punto, siempre a punto.

Ese “a punto” es el verdadero régimen emocional de la Asturias contemporánea. Y Barbón ha entendido mejor que nadie cómo gobernar dentro de él.

La apropiación narrativa de las herencias largas

No gobierna desde la gran obra propia, sino desde la apropiación narrativa de herencias largas. La Variante de Pajares es el ejemplo perfecto. Una infraestructura concebida y licitada bajo gobiernos donde Álvarez-Cascos miraba por Asturias, modificada, pero retrasada y sufrida durante décadas que acaba inaugurándose bajo su presidencia autonómica y bajo el Gobierno de Pedro Sánchez dejando a los puertos asturianos sin conectar con ella.

Al final es un casi, que resulta ser una nada. Pero cree él que es su logro y deja la sensación agridulce del deseo asturiano mal cumplido, que como decir incumplido.

Naturalmente, se vende como símbolo de una nueva Asturias. El problema no es celebrarla. El problema es borrar su biografía.

Porque la Variante no cuenta solo la llegada del AVE. Cuenta también los años de demora, los problemas técnicos, los cambios de criterio y la extraordinaria capacidad asturiana para celebrar como conquista inacabada lo que durante demasiado tiempo fue incumplimiento.

Lo mismo ocurre con las Cercanías. Tras años de deterioro, material envejecido y planificación estatal deficiente, llega el escándalo de los trenes mal diseñados, se anuncia un plan, se promete gratuidad y el relato vuelve a ordenarse: ahora sí. Pero si todavía hay que exigir la ejecución íntegra del plan, entonces el anuncio no puede presentarse como reparación consumada. Es solo una nueva capa de promesa.

El Metrotrén: futuro enterrado

El Metrotrén de Gijón y que era para toda Asturias, resume todavía mejor la patología. Un túnel bajo la ciudad, una infraestructura parcialmente ejecutada, una promesa metropolitana concebida en tiempos de Francisco Álvarez-Cascos y después enterrada por cambios de gobierno recelosos de la brillantez del proyecto, indefiniciones, planes de vías, estaciones aplazadas y falta de voluntad efectiva. Pocas metáforas son tan crueles: un tren que no circula por un túnel que sí existe.

No es ausencia de obra. Es algo peor.

Es obra abortada. Es gasto sin servicio, ni siquiera sin un servicio alternativo que resuelva los problemas de concetividad del centro de Asturias. Nada otra vez, una burla nueva. Es, en suma, futuro enterrado.

La arquitectura de los sueños que nunca se realizan

Aquí aparece la arquitectura de esta pesadilla. Como en todo sueño, la idea implantada debe ser simple. No puede parecer impuesta. Tiene que entrar como una semilla y dejar que el sujeto, el ciudadano, la complete con su propio deseo. En la política asturiana, el poder ha implantado durante décadas una idea parecida:

Asturias siempre está a una obra, a un minuto, a un tris de distancia de su futuro. De esta va, seguro.

Una obrita más de un gran plan que solo existe en los titulares de La Nueva España y de El Comercio. Una conexión virtual más. Una infografía más. Una visita ministerial más.

El sujeto —la sociedad asturiana—sometido a la arquitectura del sueño irrealizado, completa después la idea con su propio imaginario: parece que los jóvenes ya no se marcharán, que otra industria está a punto de volver, que las cuencas revivirán, que Gijón y Avilés recuperarán músculo, que Asturias dejará de vivir entre la nostalgia industrial y la subvención compensatoria.

Un sueño en bucle:

  1. Barbón promete, las Cámaras de Comercio y los sindicatos acompañan, la prensa del sistema (porque de esto se trata, de un sistema lucrativo para unos y paralizante para los demás) titula a toda página.
  2. Hay retrasos, el plan no era tal, el fracaso se huele, pero se disipa con un nuevo anuncio y una nueva piedra filosofal.
  3. Vuelta a la casilla de salida de una arquitectura pensada para que los asturianos giren en la rueda de un ratón que se mueve sin avanzar jamás. El asturiano es un hámster. Los Barbón de turno y su oscuro sistema mueven la rueda. Ellos felices y el ratón burlado.

El problema no está en que los asturianos no deseen un futuro próspero, industrial, empresarial, generador, no en absoluto. El drama está en que desean al ritmo de la burla y la promesa. Burla y promesa. Promesa y burla. Mientras se mantenga al público centrado en la promesa, el engaño se oculta desde cada plan. Así funciona la administración política del deseo de un futuro mejor y se mantengan los presupuestos económicos del relato que esconde vagancia política, vagancia empresarial y demagogia sindical. Son buenos gestores, sin duda, del desprecio burlesco.

Barbón no necesita decir que todo está resuelto. Sería inverosímil. Le basta con sugerir que todo está en marcha. Que cada problema histórico entra por fin en su fase decisiva. Que cada convenio abre una etapa. Que cada visita de un ministro confirma la centralidad de Asturias. Que cada anuncio empresarial anticipa un salto.

El ciudadano completa el resto.

Quiere creer. Y no porque sea ingenuo, sino porque está cansado.

La Asturias real insiste

Pero la Asturias real insiste. Insiste en la demografía. Insiste en la pérdida de peso económico. Insiste en la dependencia de transferencias públicas. Insiste en la fuga de talento joven. Insiste en los retrasos ferroviarios, la fragilidad industrial y la falta de red eléctrica suficiente para grandes inversiones.

La red eléctrica es quizá el punto más revelador. No luce como una gran inauguración, pero decide si la industria viene o no viene. Asturias puede hablar de hidrógeno, acero verde, defensa, centros productivos y transición energética. Pero si no tiene potencia disponible, subestaciones, líneas y capacidad de conexión, todo lo demás es decorado. La industria contemporánea no se alimenta de discursos, sino de energía, permisos, suelo, logística y mercado.

El Musel añade otra pieza. Fue una gran infraestructura estratégica, sí, pero también un caso marcado por sobrecostes, investigaciones, discusión sobre fondos europeos y dudas sobre rendimiento. Un puerto ampliado tiene sentido si detrás hay industria, trenes eficaces, logística y energía. Si no, corre el riesgo de convertirse en otro monumento a la planificación incompleta.

El narrador amable del sistema

La crítica a Barbón no debe plantearse como una cuestión personal. No hace falta. Barbón es más interesante como síntoma: el dirigente que convierte la parálisis en relato de movimiento; la dependencia en cooperación; la llegada tardía en éxito histórico; la promesa reciclada en horizonte emocional.

No es un villano. Es algo políticamente más revelador: el narrador amable de una Asturias que ha aprendido a vivir dentro de la expectativa.

El problema es que una región no puede vivir eternamente en el prólogo.

Asturias ha escuchado demasiados “ahora sí”: con los fondos mineros, con la ZALIA, con la regasificadora, con el AVE, con las Cercanías, con el Metrotrén, con el hidrógeno, con la defensa, con Indra, con la red eléctrica.

Llega un momento en que hay que abrir el libro y leer los resultados.

La pregunta que Barbón encarna

Y los resultados obligan a preguntar: ¿por qué, después de tantos planes, Asturias sigue perdiendo población, talento joven, peso empresarial y capacidad de decisión propia?

Barbón no responde a esa pregunta. La encarna.

Como Paniceres podía leerse como nodo institucional-empresarial del sistema asturiano, Barbón puede leerse como su síntoma político terminal: el presidente que no despierta a Asturias del sueño administrado, sino que lo narra con optimismo, cercanía y eficacia.

Pero una decadencia bien narrada sigue siendo decadencia.

Y Asturias no necesita que le prometan otra vez el futuro. Necesita exigir cuentas por el pasado, poder real en el presente y resultados verificables antes de volver a creer.

Todo lo demás es sueño administrado.

Y Barbón, con su voz institucional y su optimismo de manual de resistencia, no es el despertador sino el narrador de una pesadilla con formato de sueño.

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