Asturias acaba de recibir otro plan de la mano del muy académico y poco conocedor real de la industria, el Consejero de Ciencia, Industria y Empleo. Otro documento. Otra estrategia. Otro horizonte.
Esta vez se llama Estrategia Industrial del Principado de Asturias. Horizonte a 2030. Y, como casi siempre, llega envuelto en palabras impecables: competitividad, sostenibilidad, digitalización, transición energética, innovación, empleo de calidad, autonomía estratégica, economía circular y colaboración público-privada.
Todo suena bien. Demasiado bien. Ese es precisamente el problema.
Porque Asturias no se muere por falta de planes y de promesas, dos cosas que en esta tierra vienen a ser lo mismo.. Asturias se debilita, entre otras razones, porque lleva décadas confundiendo la publicación de planes con la ejecución de políticas industriales eficaces. Cada cierto tiempo aparece un nuevo documento, una iniciativa, un algo que va a pasar «pero ya» y que promete ordenar el futuro.
Sin ir más lejos, tenemos la Estrategia elaborada en 2021 que señala los mismos objetivos y carece de la misma concreción que este de ahora. Y cada cierto tiempo la realidad vuelve a entrar por la puerta del taller: empresas que cierran, industrias que reducen actividad, jóvenes que se marchan, infraestructuras pendientes, red eléctrica insuficiente y una región que continúa esperando su próximo “ahora sí”.
Y por si fuera poco incumplimiento el de la estrategia de 2021, el sufriente compañero de Borja Sánchez, Guillermo Peláez ha reconocido ante las preguntas del diputado Gonzalo Centeno que le quedan 46 millones por gastar de los Planes Recuperación Transformación y Resiliencia del Gobierno, financiados por Europa vía Next Generation que se perderán a la fecha de su vencimiento el día 30 de junio.
Pero lo duro no es eso, lo más impactante son los ejemplos que Peláez ha puesto para iluminar en qué lo han gastado, licitado o adjudicado: restaurar minas, crear 1.900 plazas para «les Escuelines» y alguna vivienda asequible entre otras cosas de ese calibre. Por tanto, y yendo a lo que decíamos del Plan Industrial de 2021: inversión en condiciones para la industria nada.
Y si nada ha habido estos últimos cinco años, por qué habríamos de confiar en que el Plan para 2030 sí vaya a ser aplicado. Borja Sánchez redacta planes siguiendo las directrices de Barbón y Guillermo Peláez gasta por su lado siguiendo las directrices del mismo director. Es decir, no hay nadie al volante.
Pero vamos a desmenuzar los 160 folios del Plan Industrial para 2030.
El nuevo documento tiene una virtud involuntaria: sirve como confesión.
Primer punto: el plan es útil como confesión
El Gobierno presenta la estrategia como prueba de fortaleza industrial. Habla de un PIB regional superior a los 30.000 millones, de más de 63.000 empleos industriales y de un sector que genera más valor que en cualquier momento de las últimas dos décadas. Es el relato oficial: Asturias resiste, Asturias avanza, Asturias tiene industria.
Pero el propio documento reconoce después que el peso de la industria en el PIB regional viene mostrando una tendencia descendente durante décadas y que Asturias se ha alejado del objetivo del 20% industrial. Es decir, la estrategia dice dos cosas a la vez: que estamos fuertes y que llevamos años debilitándonos. Visto lo hecho con los fondos europeos, no es de extrañar. Es como tratar una infección con pildoritas de homeopatía.
Ahí aparece la grieta.
Resulta grave, muy grave que su papel relativo de la indistria se haya deteriorado mientras se sucedían estrategias, pactos, mesas, fondos, planes y discursos. Porque si hay sectores que sí se amplifican (también relativamente) son aquellos terciarizados de baja productividad. La pregunta no es si Asturias aún conserva industria, aunque en una década ya habrá que hacérsela. La pregunta es por qué no ha sido capaz de convertir esa base en una posición de poder económico creciente.
Segundo punto: diagnóstico razonable, garantía débil
El segundo punto es que el plan es razonable como diagnóstico, pero débil como garantía.
El documento identifica problemas reales: suministro energético, suelo industrial, tramitación administrativa, necesidad de mano de obra cualificada, falta de masa crítica de las pymes, digitalización, I+D+i e imagen industrial. La lista no está mal. De hecho, está bastante bien.
Pero esa misma lista revela algo delicadillo:
si en 2026 hay que señalar como prioridades el acceso a la energía tras 22 años sin ampliar la red de distribución de la misma,
si era necesario más suelo listo para invertir con una Zalia a día de hoy sin desarrollar,
si era necesaria la simplificación administrativa y aumentar la masa crítica empresarial y no se ha hecho ni en el anterior plan, ni en el anterior del anterior, y así hasta la primera década de este siglo,
entonces lo que se está admitiendo es que Asturias lleva años hablando de reindustrialización sin tener resueltas condiciones básicas de reindustrialización.
No hablamos de adornos. Hablamos de los cimientos.
Una fábrica no se instala porque un consejero publique una estrategia. Se instala si hay energía competitiva, suelo adecuado, permisos en plazo, logística, proveedores, trabajadores cualificados, financiación, estabilidad regulatoria y mercado. Todo lo demás es literatura de acompañamiento.
Una fábrica no se alimenta de titulares. Se alimenta de energía, suelo, permisos, logística, trabajadores y mercado.
Tercer punto: Asturias siempre está a una estrategia de distancia de su futuro
El tercer punto es que este plan encaja perfectamente en la lógica política de Adrián Barbón: Asturias siempre está a una estrategia de distancia de su futuro.
Antes fue la ZALIA. Después la regasificadora. Luego la Variante de Pajares. Luego las Cercanías. Luego el Metrotrén. Luego el hidrógeno. Luego la defensa. Luego Indra. Ahora, otra vez, la estrategia industrial. Siempre hay un documento, una infraestructura, una mesa o una inversión que promete activar por fin el despegue.
Es la arquitectura del sueño eterno: una idea simple implantada en la mente colectiva que funciona en bucle eternizando el problema y desplazando la solución: domani, domani.
Cuarto punto: la energía, el talón de Aquiles
El cuarto punto es el más grave: la energía.
El propio documento reconoce que, sin abastecimiento energético suficiente, la industria asturiana está seriamente limitada. Y añade algo demoledor: algunas empresas actuales han tenido que suspender planes de ampliación de producción por falta de suministro eléctrico. Ya lo habíamos tratado en estas páginas y lo citamos arriba: 22 años sin ampliar la red de distribución de electricidad en una región con industrias electrointensivas.
Esto debería haber provocado un terremoto político.
Porque si Asturias habla de hidrógeno, acero verde, defensa, digitalización, transición energética y nuevos proyectos industriales, pero al mismo tiempo hay empresas que no pueden ampliar por falta de suministro eléctrico, entonces el relato oficial tiene un problema de base. No de comunicación. De estructura.
La industria contemporánea no funciona con titulares. Funciona con megavatios, subestaciones, líneas, redes, permisos, potencia disponible y costes competitivos. Sin eso, la Asturias industrial del futuro se queda en maqueta.
Sin red eléctrica suficiente, la nueva industria asturiana no es estrategia. Es maqueta con eslogan.
Quinto punto: quién responde si en 2030 Asturias sigue igual
El quinto punto es la pregunta de fondo: ¿quién responde si en 2030 Asturias sigue igual? Me permito responder ya: nadie, porque Nadie es quien está al volante. El mismo Presidente que habilita a un consejero a editar un documento de 160 páginas, habilita a otro a invertir en escuelines.
El documento incluye indicadores, mapas de impacto, objetivos generales y gobernanza. Bien. Pero Asturias no necesita solo indicadores. Necesita consecuencias. Necesita responsables. Necesita plazos verificables. Necesita saber qué ocurre si el peso industrial no mejora, si la energía no llega, si el suelo no está listo, si las pymes no ganan tamaño, si la tramitación sigue siendo lenta y si la industria joven vuelve a quedarse en promesa.
Porque el gran problema asturiano no es la ausencia de planes. Es la ausencia de rendición de cuentas tras los planes. Y no se pueden rendir cuentas de un plan si no contiene memoria económica. Dicho claramente y traducido al BOPA: cuánto hay que invertir, de dónde se sacarán los capitales y en qué plazos se hará. Los planes anteriores carecían de respuestas a esas cuestiones. Éste de 20230……. lo mismo.
Cada estrategia llega como si las anteriores no hubieran existido. Cada horizonte borra el horizonte anterior. Cada nuevo documento permite reiniciar el reloj político. Y así Asturias vive en un presente continuo de promesas: nunca se juzga del todo lo incumplido porque siempre acaba de empezar lo siguiente.
Sexto Punto
Pero hay otra carencia que el documento toca solo de pasada y que resulta decisiva para cualquier estrategia industrial seria: la conexión ferroviaria de mercancías.
La estrategia habla de rutas logísticas, de intermodalidad, de ZALIA, de El Musel, de Avilés y del Corredor Atlántico. Bien. Pero lo hace sin convertir el problema ferroviario en una emergencia política de primer orden.
Y ahí está una de las grandes omisiones del documento: Asturias puede tener puerto, suelo logístico, tradición industrial y discurso exportador; pero si no dispone de una conexión ferroviaria interoperable, competitiva y plenamente integrada en los grandes corredores europeos, seguirá jugando con una pierna atada.
Una industria aislada logísticamente es una industria condenada a competir peor.
El problema no es solo tener tren. Es tener tren útil para mercancías. Tren con capacidad. Tren con continuidad. Tren con ancho adecuado. Tren integrado en la red europea. Tren que permita sacar producción desde Asturias hacia España y Europa sin convertir cada movimiento logístico en una carrera de obstáculos.
Asturias corre el riesgo de convertirse en una isla ferroviaria: una región con puertos, con historia industrial, con empresas exportadoras y con discurso atlántico, pero sin la integración ferroviaria que exige la industria contemporánea. Y eso no es un detalle técnico. Es una amputación estratégica.
Porque la competitividad industrial no depende solo de producir. Depende también de mover lo producido. Depende de recibir componentes, enviar mercancías, conectar cadenas de valor, reducir costes de transporte y participar en mercados internacionales sin sobrecostes absurdos. Si Asturias queda fuera de la interoperabilidad ferroviaria real, la región no será una puerta atlántica. Será un fondo de saco con buena literatura logística.
Sin ancho europeo, sin mercancías competitivas y sin Corredor Atlántico real, la estrategia industrial asturiana nace con un agujero en el mapa.
La ZALIA no puede ser solo un nombre repetido en documentos. El Musel no puede ser solo un puerto ampliado. Avilés no puede ser solo una referencia logística. Todo ese sistema necesita conexión ferroviaria eficaz. Si no, la intermodalidad se queda en palabra de consultor: bonita, técnica y perfectamente inútil cuando llega la hora de competir.
Por eso este punto debe incorporarse al núcleo duro del plan. La energía es imprescindible. El suelo también. La tramitación, por supuesto. Pero sin ferrocarril de mercancías plenamente integrado en los corredores europeos, Asturias no tendrá una estrategia industrial completa. Tendrá otra promesa con flechas, mapas y horizonte a 2030.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
