Asturias Liberal > España > Hidráulica parlamentaria o cómo gobernar con sorbos ajenos: “Vasos comunicantes y tragos compartidos”

En política, como en hidráulica, los vasos comunicantes no solo igualan niveles: también comparten riesgos, impurezas y olores difíciles de disimular.

La teoría de los vasos comunicantes —esa maravilla de la física que tantos quebraderos de cabeza nos dio a algunos en la adolescencia y el bachillerato— sostiene que varios recipientes conectados por su base tienden a igualar el nivel del líquido que contienen.

No importa la forma del vaso, ni su altura, ni si es ancho como un ministerio o estrecho como una promesa electoral: el fluido, paciente y obediente a la gravedad, acaba por situarse a la misma altura en todos.

Da igual la forma o su ideología: todos por igual.

La física entra en el salón noble de la política

Trasladada la teoría al noble salón de la política, el experimento resulta, cuando menos, fascinante.

Imaginemos un gran vaso, a priori transparente como el cristal aunque grueso y duro como el acero, que contiene un volumen respetable de votos.

Es uno de los vasos mayoritarios, pero no tanto: se queda en un elegante 30 y tantos por ciento, ancho de boca, orgulloso de su capacidad, soberbio por naturaleza, aunque insuficiente para alcanzar por sí solo la línea mágica del 50%.

El líquido —llamémoslo “voluntad popular”, que siempre suena mejor que “aritmética parlamentaria”— se queda a medio camino.

A su alrededor, varios vasitos de distinta índole, con menos capacidad, más pequeños, unos con forma de tubo de ensayo, otros con aspecto de autonomía con escudo grabado, otros, simplemente, con ideología independentista que suma al total cuando las matemáticas lo requieren, contienen cantidades modestas, casi insignificantes frente a la inmensidad del volumen total del líquido, pero decisivas.

El milagro hidráulico del 51%

Individualmente, no impresionan; juntos, conectados por esa discreta tubería subterránea que es el pacto “parlamentario”, logran que el nivel conjunto supere el 51%.

Y entonces, ¡milagro hidráulico!: el gran vaso, que no alcanzaba la mitad, descubre que con un par de sorbos ajenos ya gobierna con mayoría suficiente.

La física no engaña; la matemática parlamentaria, tampoco.

El agua no pregunta de dónde viene ni a dónde va: solo suma.

Lo admirable del sistema es su estabilidad capilar. Mientras el nivel se mantenga por encima del umbral, todos los vasos sonríen con una transparencia que ya quisiera el cristal de Bohemia o, incluso, Swarovski.

Cuando el líquido empieza a enturbiarse

Pero de la teoría a la práctica, en un momento determinado, se empieza a perder su lado menos pedagógico cuando en uno de los recipientes comienza a enturbiarse el contenido.

Un ligero poso en el fondo, una burbuja sospechosa, una filtración que huele a contrato adjudicado con demasiada familiaridad.

La corrupción, como el café mal colado, no se queda quieta: se comunica.

Y aquí lo verdaderamente instructivo: ninguno de los vasos se separa de la matriz al primer indicio de turbidez.

¡Qué va, dónde va a parar! La teoría enseña que, mientras el nivel común no descienda por debajo de la línea crítica, todos permanecen conectados con admirable disciplina hidrostática.

Se argumenta que la mancha es pequeña, que el volumen total diluye la impureza, que el color no es tan oscuro como lo pintan.

La cohesión, dicen, es responsabilidad.

La prudencia como excusa de laboratorio

Además, los expertos en dinámica de fluidos institucionales recuerdan que no conviene precipitarse.

Mientras el vaso no esté formalmente imputado, mientras la sedimentación no haya sido certificada por los laboratorios competentes, mientras no exista una sentencia firme que declare inequívocamente la naturaleza del residuo, cualquier intento de aislar el conducto sería una temeridad anticientífica.

La prudencia exige esperar. Observar.

Constituir comisiones de análisis del color, del olor y de la densidad de la mancha.

Y, entre tanto, mantener abiertos todos los canales de comunicación hidráulica.

Cuando la turbidez amenaza al sistema

Sólo cuando la turbidez amenaza con alterar el nivel general del sistema, o cuando los vasos vecinos empiezan a temer por la transparencia de sus propias paredes, surge de pronto una apasionada defensa de la pureza del circuito.

Entonces sí: se descubren válvulas, se improvisan compuertas y se proclama, con solemnidad académica, que aquel vaso llevaba tiempo actuando por su cuenta.

Así, llega un momento —inevitable como la gravedad— en que el líquido sube demasiado o el sedimento ya no puede ocultarse bajo el nivel común.

El vaso empieza a rebosar. Y entonces, lo que era conexión solidaria se convierte en estampida.

Los mismos vasos que defendían la física del conjunto descubren súbitamente la independencia de cada recipiente.

Se rompen tuberías, se niega la comunicación, se proclama la pureza original del vidrio propio.

La hidrodinámica se vuelve amnesia selectiva.

La pregunta incómoda: qué líquido circula

De esta manera, la política —tan aficionada a los equilibrios de laboratorio— nos recuerda que los vasos comunicantes no solo igualan niveles, también comparten riesgos.

Y que el problema no es sumar hasta el 51%, sino preguntarse qué clase de líquido estamos dejando circular por el circuito.

Porque al final, cuando el agua se enturbia demasiado, el electorado —ese Gran Hermano que todo lo observa— decide si vacía los vasos, cambia la tubería… o rompe la estantería entera.

Moraleja: en política, como en hidráulica, lo difícil no es que el nivel suba hasta el 51%, sino que el líquido no huela a cañería vieja cuando todos fingen oler colonia institucional.

Postdata: la mano en el fuego

Entre los vasos comunicantes que alcanzan la mayoría siempre aparece una figura entrañable: el miembro del Gobierno —ministro, portavoz, secretario de Estado o lo que fuere— que comparece con gesto solemne para declarar: «Pongo la mano en el fuego por…».

La frase suele anteceder a tres fases bien conocidas, pues debería recordarse que la combustión también es una ley física: primero es metáfora, luego es chamusquina… y al final expediente.

Fase primera: defensa cerrada, amistad de décadas, fotos compartidas desde parvulitos y veranos juntos cuando ambos, en este momento, ya frisan el medio siglo.

Fase intermedia: “habrá que esperar a que la justicia se pronuncie”, “no confundamos responsabilidad política con responsabilidad penal”.

Fase final —puro hielo—: “no, si yo no lo conocía de nada, salvo un par de reuniones estrictamente institucionales”.

Y así, lo que empezó siendo solidaridad hidrostática termina en amnesia selectiva.

Porque en el laboratorio parlamentario los vasos se comunican… hasta que el contenido se pudre.

Entonces cada cual descubre, con sorprendente rapidez científica, la independencia absoluta de su cristal.


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