La historia no es un testigo mudo; es el tribunal definitivo que, tarde o temprano, pone a cada quien en su lugar.
La historia no es un testigo mudo; es el tribunal definitivo que, tarde o temprano, pone a cada quien en su lugar. Y cuando se escriban las páginas de este convulso siglo XXI, se recordará con absoluta nitidez que fue la administración del presidente Donald Trump la que se atrevió a dar el zarpazo definitivo a la cabeza de una serpiente sumamente peligrosa que pretendía perpetuarse y extenderse por toda América.
Una operación contra la cabeza de la serpiente
Lo ocurrido el pasado 3 de enero quedará patentado en los relatos de la historia como una perfecta operación de extracción.
Un acto de justicia elemental contra quien no solo carecía de legitimidad de origen para ocupar la Presidencia de la República de Venezuela, sino que arrastraba el pesado fardo de estar acusado de perpetrar crímenes de lesa humanidad y de mantener confirmadas articulaciones con los carteles de la droga y los núcleos más oscuros del terrorismo internacional.
Esta determinación estadounidense no solo enfrentó a las mafias locales, sino al entramado geopolítico global que sostiene la tiranía. La historia revalidará que el territorio venezolano fue entregado de rodillas como un enclave estratégico para los regímenes de Rusia y de Irán.
Mientras el pueblo padecía el saqueo, las facciones políticas —tanto las del régimen “oficial” como las de ese interinato acomodaticio— se alineaban de forma directa o indirecta con los intereses de Moscú y Teherán, convirtiendo a la nación en una ficha de ajedrez para el contrabando de recursos, el lavado de dinero y la desestabilización del hemisferio occidental.
Los socios de la tiranía
Fueron ellos quienes obligaron a las autoridades de los Estados Unidos a poner en marcha esa maniobra tan riesgosa para extraer al dictador. No obstante, en el terreno quedaron sus socios; esos colaboracionistas y herederos de la tiranía que hoy tratan de ganarle tiempo al tiempo.
Esos que saben perfectamente cómo se ejecutó el desvalijamiento más espantoso de la historia moderna, porque no ha habido en el mundo un expolio más grande que el que dejó a Venezuela en la más absoluta ruina.
No ha habido en el mundo un expolio más grande que el que dejó a Venezuela en la más absoluta ruina.
Cuando en el futuro se filme la cinematografía de este quiebre, cuando se editen los libros y documentales que recojan la crónica de la liberación venezolana, será obligatorio hablar del rol quirúrgico jugado por las fuerzas especiales de los Estados Unidos.
Pero, por encima de todo, de su comandante en jefe, Donald Trump, quien asistido por un servidor público excepcional como el hoy secretario de Estado, Marco Rubio —un conocedor profundo del drama que padecemos los venezolanos y nuestros hermanos cubanos—, tuvo la determinación de liquidar a estas mafias.
Ambos entendieron que a las estructuras populistas y engañosas no se las reforma; se las desmonta, tal como se comenzó a hacer en aquella madrugada de enero. Queda pendiente consumar ese trabajo.
Los hermanos Rodríguez y la memoria del horror
La historia ya comienza a almacenar los datos de lo que se ha desencadenado en estos primeros seis meses. Ya existen capítulos enteros dedicados al siniestro dúo que integran los hermanos Rodríguez.
La memoria histórica se niega a aceptar que el destino de Venezuela sea convertirse en una réplica exacta de la Cuba maniatada por un modelo despótico y nepotista. Sería un insulto dinástico y un absurdo antihistórico pretender emular la tiranía gerontocrática de los hermanos Castro a través de la sumisión ante los hermanos Rodríguez.
Será imposible para los cronistas del futuro no relatar la directa responsabilidad de estos personajes en la instalación de centros de tortura y persecución. Cada preso político muerto en esas mazmorras, cada vida truncada, llevará en su ataúd la cicatriz imborrable de estos operadores que fueron aliados de Hugo Chávez hasta su muerte, y luego de Nicolás Maduro y Cilia Flores, jugando al ajedrez del poder hasta que la realidad los desbordó.
Hoy, el paisaje de la nación es aún más desolador: hay más hambre, la desnutrición carcome a las nuevas generaciones y la crisis de los servicios públicos ha alcanzado niveles de catástrofe humanitaria sin precedentes. En un país bendecido por la naturaleza, los acueductos fallan a diario dejando ciudades enteras en la sequía, mientras que el sistema eléctrico colapsa, sumiendo a los ciudadanos en la oscuridad física y existencial.
La farsa gatopardiana
Ante esta parálisis deliberada, la posteridad no debería, bajo ningún concepto, considerar lo que acontece en Venezuela como la puesta en práctica del Gatopardismo. Sería trágico que nuestra biografía republicana terminara validando la tesis de la famosa novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo, cuyo axioma inmortal reza que “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
Eso es precisamente lo que el interinato ha intentado perfeccionar: simular transiciones, organizar diálogos estériles, firmar acuerdos cosméticos y agitar banderas de cambio para que, al final del día, las estructuras de poder, los privilegios de los carteles y la impunidad sigan exactamente intactos. Venezuela no puede ser el escenario de una farsa gatopardiana donde se cambia de actores para que el drama del sufrimiento humano continúe igual.
Venezuela no puede ser el escenario de una farsa gatopardiana donde se cambia de actores para que el sufrimiento continúe igual.
La transición pendiente
El juicio de la historia aún tiene pendiente el desenlace final: la sustitución definitiva de todos los rastros dictatoriales. Esta crónica de redención debe completarse con la instalación de una auténtica transición democrática en la que, por elementales razones morales y humanitarias, no deben asumir roles conductuales —salvo para facilitar el reajuste— quienes fueron los causantes de la tragedia.
Los venezolanos no estamos cruzados de brazos esperando que otros hagan la tarea que nos corresponde; el mundo ha sido testigo de nuestro sacrificio en las calles. Simplemente aspiramos a que la comunidad internacional no le otorgue oxígeno, músculos ni municiones a quienes llevan décadas disparando a mansalva contra el pueblo. A esos que aborrecen las elecciones libres y que han perfeccionado el fraude como un ardid de exportación.
El cierre del círculo
Los anales del tiempo esperan confiados en que Donald Trump y su equipo cierren el círculo. Ya hay unas cuartillas reservadas en la posteridad para describir cómo el presidente de los Estados Unidos y su secretario de Estado hicieron posible que un pueblo se reunificara en el exilio y en la resistencia interna.
Una reseña donde un liderazgo legítimo, como el que encarnan María Corina Machado y Edmundo González, termine de ejercer con hidalguía la encomienda que el destino y la providencia le han reservado: la reconstrucción moral y republicana de Venezuela.
La historia no absuelve a los cobardes ni corona a los impostores: tarde o temprano, dicta sentencia.

Antonio José Ledezma Díaz (San Juan de los Morros, 1 de mayo de 1955) es un político y abogado venezolano, destacado opositor al régimen de Nicolas Maduro. Actualmente exiliado político en España. Fue el alcalde mayor del Distrito Metropolitano de Caracas hasta 2015, cuando fue sustituido por Helen Fernández.También se ha desempeñado como alcalde del municipio Libertador de Caracas en dos ocasiones y gobernador del antiguo Distrito Federal. Fue dos veces Diputado del extinto Congreso Nacional de Venezuela (actual Asamblea Nacional) desde 1984 y fue elegido Senador de la República en 1994, siendo la persona más joven en ser elegida para ese cargo.
