Asturias Liberal > Aportaciones > La odisea de comprar unos calzoncillos (o cómo descubrí que el tiempo es relativo en un centro comercial)

De cuando comprar dejó de ser una simple compra para convertirse en un ejercicio de resistencia, estrategia y exceso de opciones.

Hay experiencias que quedan marcadas a fuego y que uno recuerda siempre.

El nacimiento de un hijo.

La primera comunión.

El día de la boda.

La primera hipoteca.

Y, en mi caso, aquel sábado en el que decidí ir a comprar ropa interior a un gran centro comercial.

Todo empezó con una frase aparentemente inocente.

—Vamos a comprarte unos bóxer.

Si hubiera sabido lo que me esperaba, me habría hecho un remiendo con los viejos y habría estirado otros cinco años más.

O diez.

Porque uno ya frisa una edad en la que las aventuras las prefiere ver por televisión.

Yo soy de comercio de proximidad

Lo reconozco.

Siempre he sido así.

No me gusta conducir y tampoco el transporte público.

Me gusta la tienda de barrio.

La de toda la vida.

La que está a cinco minutos caminando.

La que tiene un dependiente que te conoce casi de siempre y sabe perfectamente tus gustos sin necesidad de que le enseñes el DNI.

Soy incapaz de entender esa costumbre tan americana de decir:

—¿Qué hacemos esta tarde?

—Vamos al centro comercial.

¿Ir al centro comercial… a pasar la tarde?

Eso, para mí, siempre ha sido como decir:

—¿Qué hacemos hoy por la tarde?

—Vamos a Hacienda a ver si hay ambiente.

Nunca lo entendí.

Y, sin embargo, allí me dispuse a ir yo.

Subido al coche.

Con destino a uno de esos gigantes comerciales que, cuando los construyen, parece que el requisito indispensable sea hacerlo en otro municipio que no sea el tuyo.

Porque un centro comercial nunca está cerca.

Queda allí alantrones.

Siempre está «a veinte minutinos», que en Asturias significa atravesar media comunidad autónoma.

«A la hora de comer no habrá gente»

Ésa fue la gran mentira.

No sé quién inventó esa teoría.

Supongo que el mismo que dijo que las obras duran quince días o que el dentista no hace daño.

Nada más salir de la autopista comenzaron las rotondas.

Y otra rotonda.

Y otra más.

Parecía una feria de rotondas.

Creo que hubo un momento en el que pasé tres veces por la misma glorieta y un coche me encendió las largas a modo de saludo por segunda vez.

Había más tráfico que en la Castellana un lunes por la mañana.

Pero llegamos.

Milagrosamente.

Y también milagrosamente, encontramos aparcamiento cerca.

Me envié la ubicación a mí mismo para no perder el tiempo buscando luego el vehículo.

Si no, otra hora buscándolo.

Y entramos.

«La ropa interior está nada más entrar»

Eso me dio mucha tranquilidad, pues pensé:

«Cinco minutos y para casa.»

¡Qué iluso!

Nada más cruzar la puerta apareció el famoso lineal.

Digo «lineal» porque así lo llaman.

Yo lo llamaría de otra manera.

Era un expositor cuadrado.

Pero no un expositor cualquiera.

Era una especie de megacubo de Rubik textil.

Había bóxer.

Slips.

Calzoncillos.

De algodón.

De algodón orgánico.

De microfibra.

Sin costuras.

Con costuras invisibles.

Transpirables.

Ultratranspirables.

Ni idea de qué es eso.

Ultramegatranspirables.

Pues esto, mucho menos.

Ergonómicos.

Anatómicos.

Para mí son los mismos que los anteriores.

Con apertura o furaco.

Sin apertura o furaco.

Aquí depende de los gustos.

Con cintura elástica.

Con cintura premium.

Con tejido inteligente.

Con tecnología no sé qué.

Con efecto segunda piel.

Con soporte.

Con doble soporte.

Con triple soporte…

A este paso esperaba encontrar unos que aparcaran solos.

Y que incluso me trajeran el vehículo a la puerta.

Y luego estaban las tallas.

Y los colores.

Y los estampados.

Y los paquetes de dos.

De tres.

De cuatro.

De cinco.

De siete.

Creo que había más combinaciones que en el Euromillón.

El síndrome del kiosco moderno

En aquel momento recordé una escena de la infancia: cuando uno iba al kiosco con cinco pesetas.

Había dos chucherías.

Elegías una y asunto resuelto.

La vez siguiente elegías la segunda y, así, habías probado todo el kiosco.

Hoy entras en un kiosco y necesitas un máster universitario gominolil para escoger unas gominolas.

Con los calzoncillos pasa exactamente igual.

Yo miraba aquello completamente bloqueado.

No sabía distinguir unos de otros.

Todos me parecían iguales.

Era como si me hubieran puesto delante piezas de un motor de avión.

Todas amontonadas como en un desguace, pero perfectamente alineadas.

Cogía unos.

—Éstos.

Satisfacción nivel: Dios.

Sanseacabó.

Y automáticamente aparecía mi mujer.

—No.

Ésos no.

Recuerda que llevan la costura aquí.

Y luego te molesta.

Cogía otros.

—Pues éstos.

—No.

Ésos tienen la goma demasiado rígida.

Otros.

—Éstos sí, ¿verdad?

—¿Ésos?

No tienen goma.

—¿Y éstos?

—Ésos encogen.

Otros.

—¿Y aquellos?

—Ésos son los que dijiste que parecían una lija.

Entre tanta costura que sí y tanta costura que no, en ese momento comprendí el verdadero significado del refrán que me dijo un día un amigo:

«Decía mi güela que la que nunca usó bragues, les costures y-hacen llagues

No hay más preguntas, señoría.

La dimensión desconocida

Yo juraría que estuve allí cuatro horas.

Sin exagerar.

Creo incluso que me crecieron las uñas de los pies y vi aumentar la barba al señor que también transitaba a mi lado.

Había un muchacho dando vueltas alrededor del expositor exactamente igual que yo.

Estoy convencido de que nos cruzamos treinta y dos veces.

Llegó un momento en que nos saludamos con la mirada.

Era la complicidad de dos náufragos en una isla diminuta.

Ninguno encontraba su talla.

Ni su modelo.

Ni el sentido de la vida.

Al final, gracias a la experiencia acumulada por mi mujer durante años soportando mis compras, conseguimos encontrar los elegidos.

A mí seguían pareciéndome idénticos a los primeros.

Pero decidí no discutir.

El Everest de las cajas

Superada la primera prueba, apareció la segunda: las cajas.

Veinte cajas.

Del uno al veinte.

Muy fácil.

Y una cola única.

Larguísima.

Yo soy una persona curiosa y muy pragmática.

Soy capaz de acordarme del número de teléfono que tenían mis padres hace cuarenta años.

Del precio del pan en pesetas.

Del nombre del profesor de Ciencias Naturales en sexto de EGB.

Pero soy incapaz de recordar la matrícula de mi propio coche.

Y cuando estoy en la carnicería tengo que mirar cincuenta veces el numerito, porque estoy convencido de que van a cantar el mío justo cuando pestañee.

Así que estudié el terreno desde el punto de vista ingenieril.

La cola empezaba justo enfrente de la caja nueve.

Conclusión:

Si me llaman a una caja con número inferior, giro a la izquierda.

Si es superior, giro a la derecha.

Perfecto.

Todo controlado.

La cola supersónica

Pensé que aquella fila tardaría una eternidad.

Error.

Aquello avanzaba como si regalaran billetes de cien euros.

Empecé incluso a hacer pequeños estiramientos.

No fuera a tocarme de repente y sufrir un tirón muscular en la arrancada.

Mi mujer, avergonzada, miraba para otro lado como si fuéramos dos auténticos desconocidos.

Entonces sonó.

—¡¡Caja diecisiete!!

Salí disparado.

No fuera a ser que alguien me adelantara y me quitara el sitio y tuviera que volver a colocarme en la parrilla de salida, calentando de nuevo neumáticos.

Con tanta decisión que vi libre la caja trece.

Y allí me planté.

Si estaba vacía…

¿Por qué no me iban a cobrar?

Mi lógica era impecable.

Mi mujer, no obstante, tenía otra opinión.

—¡¡La diecisiete!!

—Pero si ésta está libre

—¡¡Que no!!

¡La diecisiete!

—¿Seguro?

—¡¡!!

En ese momento yo ya no sabía si habían dicho la diecisiete, la trece o la cuarenta y dos.

Solo quería que nadie pensara:

«Mirad al paisano.

Seguro que es la primera vez que viene.

Sólo le falta la boina a rosca.»

Finalmente conseguimos pagar.

Y salimos.

La gran revelación

Cuando llegamos al coche, agotado física y psicológicamente, pronuncié la frase que cualquier persona en sus cabales habría pronunciado.

—Tú decías que no iba a haber gente.

No vuelvo.

Hemos perdido toda la tarde para comprar cuatro calzoncillos.

Mi mujer me miró.

Sonrió.

Consultó el reloj del coche.

Y dijo:

—Josín…

Desde que aparcamos hasta que volvemos al coche han pasado quince minutos.

Quince.

No una hora.

No dos.

Quince minutos.

Y era verdad.

El reloj no mentía.

Pero mi cerebro sí.

Porque cuando uno entra en un mundo que desconoce…

El tiempo deja de medirse con relojes.

Se mide con desconcierto.

Con dudas.

Con indecisión.

Con esa sensación de que todo el mundo sabe perfectamente lo que hace… menos tú.

Y eso hace que un cuarto de hora pueda parecer una expedición mochilera a la Polinesia.

Luego están las compras por internet…

Y ahora todo el mundo dice que lo fácil es comprar por internet.

Muy sencillo.

Dicen.

«Entras.»

«Pinchas.»

«Pagas.»

«Y mañana lo tienes en casa

Sí…

Hasta que descubres que existen cuarenta y tres modelos distintos.

Cincuenta y seis tejidos.

Diecisiete tipos de cintura.

Cinco largos de pierna.

Y ciento ochenta y cuatro opiniones de compradores.

Uno dice:

«Son perfectos.»

El siguiente:

«Encogen dos tallas

Otro:

«Son enormes.»

Otro:

«Parecen hechos para un Playmobil

Y llega el comentario definitivo:

«Mi marido está encantado

Muy bien.

Pero…

¿Qué talla usa su marido?

¿Mide metro sesenta o dos metros?

¿Pesa sesenta kilos o ciento cuarenta?

Porque esos pequeños detalles también ayudan.

Y luego está el maravilloso mundo de las devoluciones.

Que si imprime la etiqueta.

Que si métala en la bolsa original.

Que si llévela al punto de recogida.

Que si espere el reembolso.

Para cuando termina el proceso, seguro que los calzoncillos antiguos ya han alcanzado el valor sentimental de una reliquia familiar.

Ya sé, ya sé: la ropa interior no admite devoluciones, pero es un ejemplo surrealista extrapolable a cualquier jersey.

Sinceramente, creo que todavía me quedan varios cursos —o tres vidas— para graduarme en compras online.

De momento sigo confiando más en tocar la tela… aunque eso implique sobrevivir al lineal del centro comercial.

Moraleja número uno

Con los años uno descubre que comprar ya no consiste en elegir.

Consiste en sobrevivir a un exceso de opciones.

Antes faltaban cosas.

Ahora sobran.

Y, curiosamente, tardamos mucho más en decidir.

Moraleja número dos

Albert Einstein demostró que el tiempo es relativo.

Yo puedo confirmarlo.

Quince minutos comprando ropa interior en un gran centro comercial pueden equivaler psicológicamente a una travesía de evangelización por el desierto.

No hace falta estudiar Física Cuántica para comprobarlo.

Basta con intentar encontrar unos bóxer «como los de siempre».

Como «los de toda la vida».

P. D.

Cada vez entiendo mejor a nuestros padres cuando encontraban una prenda que les gustaba y compraban seis iguales.

No era falta de imaginación.

Era simple sentido común y experiencia.

P. D. 2

Si algún día me oís decir:

—Vamos al centro comercial a pasar la tarde

No discutáis conmigo.

Llevadme directamente al médico, pues algo en mí no estará funcionando bien.

P. D. 3

Dicen que el futuro consiste en que una inteligencia artificial sabrá exactamente qué necesitamos antes incluso de que lo pensemos.

Conociéndome, seguro que me recomendará dieciocho modelos distintos de bóxer, me pedirá que compare las opiniones de otros compradores, me ofrecerá una suscripción para recibir ropa interior cada tres meses… y, al final, acabaré preguntándole a mi mujer cuáles son «los de siempre».

Porque hay tecnologías que avanzan mucho, pero ciertas decisiones domésticas siguen teniendo una única autoridad competente.

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