Asturias Liberal > España > Zapatero y Sánchez: dos estilos, un solo camino

Determinados políticos necesitan creer en algo para justificar lo que hacen y resultar convincentes, generar adeptos ilusos, seducir como referentes morales para operar impunemente en el subsuelo Otros ni siquiera necesitan esa molestia, disponiendo de palancas de poder logran adhesiones incondicionales.

José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez representan esas dos formas de ejercer el poder. Dos estilos distintos, un solo camino.

Zapatero: Alicia con intermediarios

El estilo de Zapatero era inconfundible. Formalmente, el simplón humilde, el «bobo solemne» como le llamó Rajoy o el del «pensamiento Alicia» que definió Gustavo Bueno.

La bobería, la simpleza y el «pensamiento Alicia» estaban destinados a encubrir una capacidad de intermediación supuestamente corrupta tan amplia y demandada que sólo se puede explicar por la presencia en él de una convicción tan profunda en su papel Alicia-benefactor-de-la-humanidad que fue así capaz de convencer de sus atributos de conseguidor.

Esa es, probablemente, la clave del personaje. No aparentaba actuar por interés, sino por misión.

Las comisiones jugosas supuestamente cobradas y las joyas no parece que le hayan supuesto una conciencia de incoherencia interior, sino un justo pago a su entrega al progresismo mundial viniera de la dictadura que viniera.

Como si los beneficios personales ilícitos, manchados con represión de dictaduras y sufrimiento sin fin no fueran una contradicción, sino la legítima recompensa de quien se considera imprescindible para una causa superior.

Decía Nietzsche que el hombre fuerte debía tener convicciones fuertes y, después, saber prescindir de ellas. A Zapatero no le hace falta prescindir de nada. Le basta con sostener la necesidad socialista de ser pobre y, a la vez, no serlo. Y tan fresco O la virtud socialista de dar mucho y, simultáneamente, recibir más.

Ahí reside una de las grandes fortalezas psicológicas de determinados dirigentes: cuando uno está convencido de representar el Bien, cualquier privilegio acaba pareciendo un simple instrumento al servicio de ese Bien.

Sánchez: el embuste como sistema

Pedro Sánchez, en cambio, no parece necesitar convicción profunda alguna. Ni del tipo Alicia, ni de otra modalidad cualquiera. Sánchez practica el embuste a sabiendas. Es la prevaricación moral en estado puro. Miente, sabe que medio país lo sabe y sabe que sabemos que ni él mismo cree lo que dice. Pero lo hace igualmente.

Su método es mucho más frío. Mucho más desnudo. Utiliza directamente la compra de lealtades de los cercanos suyos, de esa coalición de retales parlamentarios que ni todos juntos ni por separado pueden representar una idea coherente de España y para ella. Son cada uno de esos partidos menores como es Sánchez: utilitarismo sin escrúpulos.

Sánchez no es capaz de formular dogmas flotantes como hacía Zapatero. No podría decir eso de «tener poco y dar mucho», ni le llega la fantasía a proclamar al viento como patria.

Su discurso carece de esa envoltura casi mística con la que su antecesor revestía cualquier ocurrencia. Es mucho más prosaico. Mucho más contable. Aun así, la jugada le sale: resistir. Ni convicciones ni nada. Comprar, comprar, comprar y siempre comprar… voluntades, podría decir un Luis Aragonés mefistofélico que gracias a Dios nunca tuvimos.

Dos estilos, un solo camino

Y, sin embargo, ambos se necesitan. Zapatero y Sánchez se complementaron divinamente en estas dos etapas de la política española. Sin la convicción monetizada del Zapatero-intermediario, poco podría hacer Sánchez. Sin el recurso al ingente gasto público de Sánchez, fruto de su cargo sostenido con ese mismo talonario público, Zapatero vería su ideología beneficiosa muy mermada.

Uno aportaba el relato moral; el otro, la caja. Uno vendia la redención; el otro financia las adhesiones. Uno convencía de que cualquier alianza responde a una causa superior; el otro convierte esa alianza en una mayoría parlamentaria a base de concesiones sucesivas.

Al final, no estamos ante dos proyectos distintos, sino ante dos fases del mismo proyecto. Primero se construye el relato que convierte cualquier cesión en un acto de progreso.

Después se administra el poder repartiendo recursos para que ese relato siga siendo políticamente rentable.

Dos estilos, sí. Pero un solo camino: la conservación del poder como fin último y la utilización de cualquier herramienta —ideológica, económica o institucional— para conseguirlo.

Y queda lo de «la pela», el engrosamiento del patrimonio personal. En uno ese tema está en fase de instrucción judicial. En el otro, a la espera de que lo esté.

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