Cuando el sistema educativo se examina a sí mismo
Lo ocurrido en las oposiciones docentes ya no cabe en el cajón de las rarezas asturianas. Asturias ha puesto los ejemplos más llamativos —“abances”, “surga”, “llendo”—, pero la alarma es nacional: Murcia registra cifras récord, con especialidades donde solo aprueba entre el 24% y el 41%; en 2025, Aragón llegó al 83,5% de suspensos, Murcia al 82% y Castilla-La Mancha superó también el 80%, según el recuento de la SER.
En Extremadura se denunciaron exámenes invalidados por abreviaturas, mayúsculas o detalles formales; en varias comunidades, los sindicatos hablan de penalizaciones, falta de transparencia y criba masiva. No estamos ante cuatro faltas con boina asturiana, sino ante un sistema que empieza a escupir sus propios productos defectuosos.
La gran estafa del facilismo
En Asturias Liberal ya lo llamamos facilismo educativo: la gran estafa moral de un modelo que confunde compasión con rebaja de estándares. Aprobar más, exigir menos, promocionar antes y llamar “inclusión” a lo que muchas veces es simple abandono intelectual.
El resultado es conocido: alumnos más protegidos de la frustración inmediata, pero menos armados para la realidad. El drama aparece cuando esos alumnos llegan a adultos, obtienen títulos, preparan oposiciones y descubren que la vida todavía distingue entre saber y no saber.
PISA: mediocridad persistente
España no es, ni de lejos, una potencia del conocimiento. En PISA 2022, último ciclo con resultados cerrados —PISA 2025 aún no ofrece datos comparables—, España obtuvo 473 puntos en matemáticas, 474 en lectura y 485 en ciencias.
En matemáticas fue su peor resultado histórico, aunque quedó en torno a la media OCDE por la caída general tras la pandemia; en lectura se situó por debajo; en ciencias empató aproximadamente con la media. La foto es de mediocridad persistente y descenso respecto a ciclos anteriores.
La instrucción sacrificada
Y aquí está la relación causa-efecto. Si durante años se reduce la instrucción fuerte —lenguaje, matemáticas, ciencias, lectura seria, escritura correcta, razonamiento—, no puede sorprender que luego fallen la sintaxis, la comprensión lectora y la precisión conceptual.
Si el currículum se llena de materias autonómicas, complementarias, transversales, emocionales, identitarias y de temporada, algo pierde espacio. Y lo que suele perderlo es lo básico. Lo básico no luce en un folleto ministerial, no da titulares simpáticos y no permite inaugurar pedagogías de confeti, pero sostiene todo lo demás.
Ideología, dispersión y pérdida de fundamentos
A eso se añaden dosis variables de ideologización. No siempre brutal, no siempre explícita, pero sí constante: convertir la escuela en taller de sensibilización permanente, laboratorio de identidades y escaparate de causas públicas. Mientras tanto, la instrucción queda como cosa antigua, áspera, casi sospechosa.
Leer bien, escribir bien, calcular bien y saber ciencias parecen tareas menores frente a la gran liturgia de “formar ciudadanos críticos”. Curioso ciudadano crítico el que no entiende un texto, no redacta una página y no distingue un dato de una consigna.
La coartada asturiana no basta
La Consejería asturiana puede tener razón al denunciar faltas inadmisibles. Pero la coartada es pobre. Esos opositores han sido formados por el sistema que ahora los examina: escuela, instituto, universidad, facultades de Educación, leyes educativas, inspecciones, consejerías y ministerios. El sistema no puede fabricar durante años baja exigencia y después posar de notario escandalizado cuando aparece la factura.
La factura de décadas de baja exigencia
Suspender a quien no sabe es imprescindible. Pero la pregunta nacional es más dura: ¿quién permitió que llegaran hasta ahí? La respuesta no cabe en una falta de ortografía. Cabe en décadas de facilismo, currículum disperso, instrucción debilitada y miedo político a la exigencia. Y cuando un país tiene miedo a exigir, termina pagando la factura en cultura, competencia y futuro.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
