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A vuelapluma y sin pretensiones

El orgullo que reaparece

Este Mundial ha puesto —más bien, ha devuelto— un sentimiento que es evidente en la calle: sentirse español, usar la bandera y celebrar que somos un gran país, una gran nación o lo que sea. Pero lo cierto es que, de nuevo, hace aflorar un sentimiento que muchos reprimen durante el resto del tiempo.

¿No se fijan ustedes en la vehemencia con la que se celebra, en cómo se compran camisetas de la selección y en cuántas banderas vemos por las calles, en manos de la gente, en las ventanas de las casas y por todas partes?

Cuánto orgullo de ser español; una reivindicación sana, alegre y pacífica, alejada del putrefacto debate político. Cuánta celebración de quienes somos, cuánta hermandad, cuánta poca crítica y cuánto «buen rollo». La verdad es que da gusto. ¿No les pasa a ustedes lo mismo?

El permiso provisional para ser español

Leía ayer un meme que decía: «Los que tengáis banderas, pulseras o camisetas de España, aprovechad para usarlas hasta el domingo». A partir del lunes, volvéis a ser fachas.

Triste reflexión sobre una realidad

Es como si enorgullecerse de nuestra historia, de nuestro país y de nuestros logros estuviese mal. Y son muchos y de todos los colores: desde la Reconquista hasta el descubrimiento y la colonización de América.

Sí, de esa América que Rubén Darío definía como «esa América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español».*

Ese gran logro, quizá el mayor de nuestra historia, del que muchos reniegan con tal de criticar a su propio país: España.

Un sentimiento bello y, al mismo tiempo, triste

¿No les parece que este hecho de sacar la bandera es síntoma de algo bello y hermoso, pero, al mismo tiempo, triste?

Es, evidentemente, un grito que sale de lo más profundo: desatado, fuerte, esencial y hasta primitivo. Es un grito de pura libertad. Solo le falta un «¡coño!» al final para mostrar la energía y el sentimiento con los que surge.

Pero, al mismo tiempo, es la muestra de algo triste, lamentable, nocivo y dañino. Diré más: creo que estúpido, muy estúpido.

Es la liberación de un corsé autoimpuesto, pueril, partidista, bajo y ruin. Es la muestra del secuestro de nuestra realidad por parte de grupos políticos que viven de la división ciudadana.

Quienes viven de dividirnos

Viven de secuestrarnos, de secuestrar nuestra libertad y nuestros sentimientos, y de impedirnos reconocer nuestros propios logros.

Es la expresión de un revisionismo woke, izquierdista, contracultural o como quiera llamarse.

Es la negación de lo que somos, precisamente en una época de autodefinición ramplona, individualista y sentimental. Es la negación de la familia, de la tribu y de la pertenencia a algo más grande.

Es también adanismo: un adanismo que impide analizar y asumir la historia como lo que es, historia.

La historia que nos trajo hasta aquí

La historia es aquello que nos trajo hasta hoy y que nos define, en lo bueno y en lo mejor. También en lo malo y en lo peor, por supuesto; eso va de suyo.

Es un intento de hacernos olvidar que somos algo más que meros sujetos aislados. Somos el resultado de algo mucho más grande, construido por muchas personas a lo largo de la historia y situado en la raíz misma de Occidente.

Es, en definitiva, un intento de destruir lo que somos y de convertirnos en peleles, en marionetas o en meros usuarios de aquello que nos venden.

¿Seré facha?

¿Seré facha? No hay cuidado: el Mundial todavía está ahí y lo vamos a ganar.

Oda a Roosevelt, de Rubén Darío

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador!
Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.

Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.

Eres un profesor de energía,
como dicen los locos de hoy.

Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.

No.

Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.

Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».

Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta

Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.

Mas la América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;

que consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor;

la América del gran Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,

la América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»;

esa América que tiembla de huracanes
y que vive de Amor;
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.

Y sueña. Y ama, y vibra;
y es la hija del Sol.

Tened cuidado.
¡Vive la América española!

Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo,
falta una cosa: ¡Dios!

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