Evocar mi vínculo con esa franja de tierra costera es, en esencia, volver a transitar por los caminos que me forjaron. Aunque no nací allí, los momentos que moré en el litoral guaireño moldearon mi juventud y me proporcionaron una visión mucho más oceánica de Venezuela y, me atrevería a decir, del mundo entero.
Mi punto de partida siempre fue San Juan de los Morros, mi ciudad natal enclavada de manera estratégica en la mismísima puerta del llano, a tan solo unos 163 kilómetros de Caracas y, por consiguiente, de La Guaira.
Quizás por esa cercanía geográfica y emocional, las tragedias e impactos que a lo largo de los años han estremecido al litoral guaireño no me resultan ajenos. Al contrario, me duelen profundamente, los siento en el mero centro de mi alma y despiertan en mi corazón un torbellino de pesadumbre y nostalgia.
Para entender de dónde viene este lazo indisoluble con La Guaira, debo remontarme a mi infancia. Tuve la inmensa fortuna de crecer bajo el amparo entrañable de tres tías maravillosas que me bordearon de un caudal de afecto maternal, secundando siempre a su hermana mayor, Severita, mi abnegada progenitora.
Nuestra realidad no era sencilla. De las cuatro hermanas, la que enfrentaba mayores aprietos económicos era mi madre, compelida por las circunstancias de la vida a capitanear en solitario a una novena de hijos, de los cuales yo era el menor. Mi madre era el símbolo viviente y la representación de la propia familia matriarcal.
Afortunadamente, nunca estuvimos solos: mi tía América nos abrigaba con el celo de una leona protectora. Estaba casada con Tito Delgado, un emprendedor incansable y eficiente que, a partir de la década de los sesenta, asumió la tarea de construir buena parte de los puentes que unían a las poblaciones del estado Guárico.
Mi tiernísima tía Carmen Susana estaba unida en matrimonio con un inmigrante trinitario que llegó a ocupar un cargo de gran relevancia en la mítica línea de aviación Pan American; y mi añorada, clarividente y enigmática tía Cointa, la menor de las hermanas, estaba casada con un laborioso inmigrante del sur de Italia, Pio Caponi, quien se desempeñaba como dibujante técnico para la compañía Shell en Punta Cardón, estado de Falcón.
Como es de suponer, mis tías tenían “la arepa asegurada debajo del brazo”. Pero lo hermoso de su abundancia era su generosidad: ese pan lo compartían de manera solidaria con sus sobrinos. Tanto ellas como nuestros inolvidables tíos —Tito, Agustín y Pio— siempre nos tendieron la mano.
Días de sol, sal y nostalgias guaireñas
Nuestras vacaciones infantiles se dividían en dos destinos: unas pocas veces viajábamos a la casa de la tía Cointa en Punta Cardón, pero nuestro rumbo predominante era La Guaira. Allí nos esperaba un núcleo familiar extendido y vibrante. No solo estaba mi tía Carmen, sino también mi abuela materna, Carmen Dolores, y una de mis hermanas, Analcira.
Ella había quedado viuda prematuramente de José Camacho, un ejemplar funcionario del cuerpo de bomberos del litoral guaireño que partió de este mundo cuando apenas rondaba los 27 años.
A pesar de su pronta partida, José dejó una huella imborrable en nosotros. Era el “cuñadísimo” que nos abrazaba y protegía como si fuese nuestro hermano mayor. Con él emprendíamos largas caminatas por las playas de Catia la Mar, donde nos dedicábamos a detallar los árboles de la zona.
El rey indiscutible de aquel paisaje era el uvero de playa, con su imponente presencia y sus hojas esféricas, moldeadas por la naturaleza con una consistencia fuerte y abombada: era el refugio perfecto. Los transeúntes buscaban con desespero su sombra para cubrirse del sol inclemente.
En ese entorno, las aves jugaban con los vientos invisibles, aportando su canto para darle un sentido y una melodía propia al rumor de las olas que nos avisaban que el mar estaba cerca. Nos dábamos también unos memorables baños en Puerto Viejo.
En el camino hacia esa playa nos entreteníamos recogiendo almendrones; usábamos piedras para machucar la semilla y extraer aquella golosina silvestre que para nosotros sabía a gloria.
No había malecón en el que no destacaran aquellos árboles que se abrían como sombrillas naturales para cobijar a bañistas y caminantes. Otras veces, preferíamos danzar y desafiar el oleaje de la playa La Zorra.
Aún recuerdo con una incontenible sonrisa aquella ocasión en que nos zambullimos desesperadamente en el agua salada, creyendo ingenuamente la fantasía infantil de que el mar aliviaría los raspones y heridas que nos habíamos hecho al tropezar y caer entre los cujíes y las tunas espinosas que crecían firmes a la orilla del camino.
Otro de los paseos habituales que realizábamos de la mano de nuestro querido cuñado era por el Paseo Macuto, un hermoso y arbolado bulevar que bordeaba una porción espléndida de nuestro mar Caribe.
Aquel espacio era el hábitat de centenares de palomas que revoloteaban e interactuaban juguetonamente con los turistas hospedados en las posadas instaladas a lo largo del bulevar. A partir de los años 50 y 60, el bulevar de Macuto se convirtió en un largo portal donde el mar Caribe dialogaba con la arquitectura.
Aquellas posadas y albergues, erigidos como centinelas de mampostería y madera, eran nidos de frescura que respiraban a través de sus ventanas de celosías. Sus fachadas, pintadas con los tonos pasteles que el sol y el salitre desgastaban con romántica paciencia, sostenían balcones con balaustradas.
Desde allí, los viajeros contemplaban el vaivén de las olas como quien mira un reloj de arena infinito. En sus patios internos, los helechos colgantes y el aroma a café recién colado desafiaban la brisa marina. Estos espacios creaban oasis de sombra donde el tiempo parecía suspender su marcha.
A estos albergues acudía una feligresía diversa y devota del descanso. Familias caraqueñas de clase media bajaban por los sinuosos caminos de la montaña, huyendo de la prisa del asfalto capitalino para sumergir sus fines de semana en la quietud del litoral. Intelectuales, poetas de vanguardia y bohemios indómitos encontraban en los pasillos de estas casonas un santuario de inspiración.
El perfil del turista era el de un cómplice del paisaje: hombres de guayabera y sombrero de paja, y mujeres de vestidos ligeros que caminaban descalzas por el porche. Todos compartían el deseo de habitar, aunque fuera por unos días, esa postal de oro y azul.
Aquel Macuto de mediados de siglo no era solo un destino cartográfico. Era un estado del alma donde la hospitalidad familiar y la brisa del Caribe arrullaban los sueños de una Venezuela que despertaba a la modernidad.
Fue en Macuto donde el lienzo de la historia encontró su luz más pura. Allí, Armando Reverón —el genio soberano de nuestras artes plásticas— erigió “El Castillete”, un templo de barro y palmas que fue a la vez hogar y fragua creativa.
En mis recuerdos resuena la voz del tío Agustín, un admirador de su legado, explicándonos con la gravedad de un sabio cómo aquel hombre logró apresar la deslumbrante y cegadora luz del Caribe, domesticándola en sus célebres épocas azul, blanca y sepia.
Apenas a unos pasos de ese mito, La Guzmania erguía su imponente silueta de casona histórica. Testigo del paso del caudillo Antonio Guzmán Blanco, varió luego en recinto custodiado por la Casa Militar para el descanso de los mandatarios de la República.
Qué misteriosos son los hilos del destino: aquel niño que contemplaba con asombro esos muros jamás habría imaginado que, al correr de los años, la vida le otorgaría el honor de descifrar esos mismos espacios históricos de la mano del expresidente Carlos Andrés Pérez.
Una vuelta perfecta del destino; un viaje impensable desde los ojos de la infancia. En 1999, esos mismos ojos captaron, esta vez con mirada de alcalde, cómo un lodazal cubría los techos rojos de esa casona, víctima del deslave de aquel fatídico 15 de diciembre.
El César Nieves y la semilla de una pasión deportiva
El mapa de nuestras vivencias familiares se dibujó con el bisbiseo de las olas; nuestra historia estaba indisolublemente ligada a la geografía del litoral. En la memoria habitan aquellos bloques de la Urbanización Páez, en Catia la Mar, donde residía una de mis cinco hermanas. Apenas a unos pasos de su puerta se erigía el estadio que el tiempo bautizaría como César Nieves.
Fue en ese diamante sagrado donde mis ojos infantiles presenciaron, por primera vez, la danza perfecta de la gran leyenda Luis Aparicio, vistiendo el glorioso uniforme de los Tiburones de La Guaira. Ver su agilidad y su magia sobre el terreno encendió en mi pecho una chispa inextinguible: de aquella tarde bendecida nació mi eterno y apasionado idilio con la novena guaireña.
El destino mudó luego los pasos de mi hermana, llevándola junto a mi abuela Carmen Dolores a un apartamento en la Urbanización 10 de Marzo de Maiquetía. Allí, bajo aquel techo, les tocó sentir en carne propia el rugido de la tierra: la terrible sacudida del terremoto del 27 de julio de 1967, un estruendo que dejó una cicatriz profunda en la memoria colectiva del país y en el alma de nuestra familia.
Mi hermana Analcira trabajaba en una dependencia del Seguro Social de La Guaira. Más de una vez fui su sombra silenciosa, acompañándola a su oficina solo para contemplarla en su labor.
Me maravillaba verla desenvolverse con una gracia natural que parecía inquebrantable; a pesar del enjambre humano que abarrotaba los pasillos sediento de atención y consuelo, Analcira jamás permitió que la prisa marchitara la sonrisa de su rostro. Con una paciencia infinita y una bondad que le nacía del alma, transformaba el caos en calma, ofreciendo un trato digno, humano y respetuoso a cada alma que se acercaba a su ventana.
Carnavales en Punta de Mulatos: el nacimiento de “El Zorro”
El pulso de la calle y la esencia misma del litoral se concentraban en el Mercado de Punta de Mulatos, ese epicentro de vida que todavía hoy sigue en pie. Adentrarse en sus pasillos junto a mi hermana significaba sumergirse en una marea de folclore y fraternidad.
Nos envolvía el pregón entusiasta de los pescadores, el aroma de la tierra fresca y la complicidad de un pueblo que compraba y vendía en un ambiente de profunda vecindad. En medio de aquel torbellino de colores, mi hermana me concedió el pase mágico a la fantasía al comprarme un humilde disfraz de El Zorro.
Mirado con los ojos del presente, el traje era pura sencillez: un antifaz de cartón que amenazaba con romperse, una capa ligera y una espada de plástico maleable que cedía ante cualquier soplido.
Pero la infancia posee el don de la alquimia; bastó sumarle una camisa y un pantalón negro para transformarme por completo. En aquellos carnavales de antaño, donde la alegría se fabricaba con muy poca cosa, correr disfrazado por las avenidas de la costa era tocar el cielo.
La sencillez de los juguetes quedaba eclipsada por el poder de la imaginación, dejándome el recuerdo de un tiempo donde bastaba una capa de tela para volar.
La quinta de El Palmar: un castillo en la montaña
Nuestras estancias vacacionales tenían una parada obligatoria que marcaba el inicio de la verdadera aventura: la quinta de mi tía Carmen en El Palmar Este, en Caraballeda. Cierro los ojos y vuelvo a viajar por la Avenida Costanera, y reaparecen las casas levantadas en la urbanización Los Corales.
Para nosotros, unos muchachos del interior acostumbrados a la horizontalidad infinita de las llanuras, contemplar aquella estructura recortada contra el cielo caribeño era impactar de frente contra la majestuosidad.
Aquella estancia no era simplemente una vivienda; ante nuestros ojos deslumbrados, se erigía como una auténtica mansión, un palacio labrado en un entorno que desafiaba nuestra geografía habitual.
Cada rincón de la propiedad respiraba una mística especial, pero lo más hermoso y sobrecogedor de esa vivienda de El Palmar era su origen. No había sido el dinero de una gran constructora lo que había levantado esas paredes, sino el esfuerzo puro, físico y fervoroso de mi tío Agustín.
En sus días libres, despojándose del uniforme de su trabajo rutinario, mutaba en un creador absoluto: hacía las veces de maestro de obras, carpintero, electricista y lo que hiciera falta. Ver las vigas perfectamente escuadradas o las conexiones eléctricas que daban vida a la casa era asomarse al monumento de su propia tenacidad.
Con mi tío Agustín compartía momentos fascinantes que se quedaron grabados a fuego en mi memoria. Él poseía esa sabiduría práctica de los hombres que saben hacer de todo con las manos, pero sus días transcurrían en un escenario que para mí rozaba la ciencia ficción.
Agustín trabajaba en el área de cáterin del viejo Aeropuerto Internacional de Maiquetía, específicamente para la famosa aerolínea Pan American World Airways, el gigante azul que conectaba a Venezuela con el glamoroso mundo de la aviación comercial.
A menudo, con una prodigalidad que hoy agradezco con el pecho lleno, me tomaba de la mano y me llevaba a recorrer las entrañas de su trabajo. Para él era su rutina; para mí, el inicio de un viaje interdimensional.
El olor a combustible de avión mezclado con el salitre del mar de La Guaira, el rugido ensordecedor de los motores y el ir y venir de tripulaciones impecables vestidas de azul daban la bienvenida a un universo donde el viaje no era un trámite, sino un arte.
Gracias a su empleo y al respeto que se había ganado entre sus compañeros, tuve el rarísimo privilegio de degustar exquisitos manjares reservados para unos pocos elegidos.
Tío Agustín me introducía en las cocinas de Pan Am, un laboratorio de precisión culinaria donde se preparaban las bandejas para las clases ejecutivas y de primera línea. Allí probé, por primera vez, aquellos sándwiches gourmet de panes e ingredientes desconocidos en mi tierra, que se servían de forma exclusiva en los vuelos internacionales con destino a Nueva York, Miami o Lisboa. Cada bocado sabía a modernidad, a un mundo exterior que se colaba en mi paladar.
Para un muchacho del interior del país, en una época en la que viajar al extranjero era una quimera y Disneylandia un mito inalcanzable de la televisión, caminar por esas áreas restringidas del aeropuerto de la mano de mi tío era la cumbre de la felicidad.
Cruzar los controles de seguridad, ver los aviones listos en la pista a pocos metros de distancia y saborear la exclusividad de la aviación de oro era, sin lugar a dudas, estar en el mismísimo paraíso. Mi tío Agustín no solo construía casas; con su mano firme y su trabajo en Maiquetía, me construyó una ventana eterna hacia el asombro.
El Vía Crucis de la devoción: el paso de la abuela
Mis tíos eran personas de una profunda fe católica. Mi tía, en particular, era una frenética devota del Santo Cristo de la Salud, patrono espiritual de los guaireños y la devoción más venerada de toda la región.
“Mira, Toñito, ese es el ‘Cristo Moreno’, encomiéndate a él con mucha fe”, me decía con voz dulce y reverente.
Durante los días santos en La Guaira, junto a mis tíos, mi abuela y mis primos, nos sumábamos a la multitudinaria procesión que se celebraba tradicionalmente cada Semana Santa en el mes de marzo. La sagrada imagen del “Cristo Negro” presidía la manifestación de fe.
La tradición local cuenta que la imagen llegó por equivocación en un barco al puerto guaireño y que, por designio divino, jamás pudo ser trasladada a su destino original, decidiendo quedarse para siempre con su pueblo. La asistencia a la procesión era masiva, emotiva y sobrecogedora.
Apiñados hombro con hombro, transitábamos un largo trecho por las estrechas y coloniales calles del casco histórico, donde el aroma a incienso se fundía con el salitre. En ese murmullo de oraciones colectivas y parpadeo de velas bajo la noche costera, se sentía el latido de un pueblo que, ante las dificultades, siempre ha sabido aferrarse a su fe con pundonor.
Esos recuerdos, suspendidos entre el calor del llano y la brisa del Caribe, son el testimonio de una Venezuela generosa, familiar y eterna que late con fuerza dentro de mí.
El asfalto de La Guaira no es solo piedra y brea; en Semana Santa se convierte en un yunque caliente donde se forja la fe. Mi abuela caminaba sobre él como si pisara sobre un sendero de espinas invisibles, arrastrando unas piernas que ya no le pertenecían a su cuerpo, sino a una promesa antigua.
Sus venas varicosas, ramas gruesas y azuladas de un árbol cansado, se hinchaban bajo la piel con la terquedad del oleaje que golpea los muelles. Cada paso era un triunfo de la voluntad sobre la carne; una marea interna de pesadez que amenazaba con derribarla ante la mirada severa de los sacerdotes que guiaban el cortejo.
Sin embargo, ella poseía el arte noble de disimular el calvario. No había quejidos en sus labios, solo una pausa estratégica, un sutil letargo en el andar que camuflaba como un acto de reverencia pura.
Se detenía justo cuando el aire se espesaba, rindiéndose ante la invasión mística de una melodía que parecía descender directamente de las nubes del litoral. Sus tímpanos, y los míos, se inundaban con los acordes celestiales del Popule Meus. Aquella obra cumbre de José Ángel Lamas, compuesta en 1801 en los talleres coloniales de la Escuela de Chacao, se transformaba en el bastón invisible de mi abuela.
El llanto lúgubre y conmovedor de la pieza sacra se fundía con el sudor heredado de la tarde, impregnando la salida del Santo Sepulcro y del Santo Cristo de la Salud con un dolor compartido. La música lloraba por los fieles y los fieles, conmovidos hasta el tuétano, llorábamos con ella bajo las bóvedas de la catedral guaireña.
El oasis de los Branger y el elíxir de la tarde
Al extinguirse el último retintín o tonillo de los violines y cerrarse las pesadas puertas del templo, el luto de la liturgia cedía su trono al altruismo de la costa. El cuerpo, exhausto por la caminata, reclamaba su recompensa en los linderos de El Palmar Este.
Muy cerca de la estructura cálida e imperecedera de la casa de mis tíos Carmen y Agustín, se alzaba el rincón de las cocadas, un verdadero templo pagano levantado en una de las esquinas más concurridas del sector.
Mientras esperábamos el bálsamo helado, mis ojos de niño se fugaban hacia el horizonte cercano para perderse en el esplendor de la quinta de la familia Branger. Sus jardines eran un milagro de la botánica costera: un lienzo de verdes encendidos, palmeras aristocráticas y flores que desafiaban la tiranía del salitre con una elegancia insultante.
Aquel edén privado, perfectamente peinado por el viento marino, se grabó en mi memoria como el contraste absoluto con las calles empedradas de la procesión. Y entonces llegaba el vaso: una pócima nívea, densa y helada, coronada con hilos de canela.
El primer sorbo de esa cocada era como tragar un pedazo de nube caribeña; un frío celestial que apagaba los incendios de la garganta y diluía de inmediato el cansancio acumulado en las piernas de la abuela.
El cierre del telón: el Rey y el segundo himno
El hambre acumulada tras las horas de penitencia encontraba su destino final en el rústico santuario de El Rey del Pescado Frito. El establecimiento, suspendido en el tiempo y perfumado por el aroma perenne del aceite hirviendo, el limón y el mar, nos recibía con la algarabía propia del litoral.
Las mesas de madera crujían bajo el peso de los pargos rojos y roncadores perfectamente dorados, cuyas pieles tostadas guardaban el sabor más puro del Caribe, escoltados por montañas de tostones con queso rallado que asemejaban monedas coloniales.
El día moría allí, entre risas familiares y la brisa que comenzaba a enfriar la noche. Pero el verdadero ritual de clausura iniciaba cuando los mesoneros daban vuelta a las sillas sobre las mesas vacías. En ese instante de penumbra y complicidad, las notas del Alma Llanera asaltaban el aire.
Pedro Elías Gutiérrez, aquel ilustre guaireño nacido en la misma tierra un 14 de marzo de 1870, parecía regresar del pasado para despedirnos. Estrenada en 1914 como parte de una zarzuela, su melodía se elevaba no como una simple canción de cierre, sino como el segundo Himno Nacional de nuestra patria.
Al compás de ese vals eterno, el restaurante entero parecía flotar sobre las olas, sellando una infancia imborrable donde el misticismo del Popule Meus y el galope jubiloso del Alma Llanera marcaban el pulso y el compás de mis más profundas nostalgias.
El renacer desde las profundidades del alma
El estruendo que sacudió la tierra aquel fatídico 24 de junio no pudo, ni podrá jamás, apagar el pulso de un pueblo inquebrantable. En un instante de sobrecogedor éxtasis, el repique de los tambores de San Juan, que celebraba la vida y la memoria ancestral en las barriadas del litoral, se convirtió en el último arrullo para las almas que partieron hacia la eternidad.
Aquellas vidas se despidieron en un eco trágico donde la fe, la herencia del tambor y el lamento más profundo se fundieron en un adiós piadoso, elevándose al compás invisible de nuestro Alma Llanera. La catástrofe golpeó con la violencia ciega de la naturaleza, pero la memoria de quienes se marcharon en medio del festejo y el temblor permanece hoy sembrada en la identidad de esta costa.
A ras de suelo, donde la destrucción dejó su huella material, las familias que padecieron la tragedia vuelven hoy la mirada hacia el horizonte con los ojos empañados por la melancolía, pero con el pecho encendido por una certeza colectiva: la de que van a levantarse.
Frente a la pérdida, el pueblo guaireño se aferra con fuerza a la mirada protectora de su Cristo Moreno, encontrando en la devoción el refugio necesario para sanar las heridas. No hay lodo, ceniza ni escombro capaz de sepultar la dignidad de esta región. La esperanza se respira en cada rincón, susurrada por el viento entre los uveros de la playa y reafirmada por el eterno oleaje de un mar indomable que atestigua el dolor, pero también la entereza de sus habitantes.
La Guaira escribe hoy el capítulo más difícil de su historia contemporánea, pero lo hace desde la resiliencia pura. Con sus rasgos identitarios intactos, las comunidades costeras se erigen sobre sus propias ruinas en una demostración absoluta de fe y voluntad.
Cada lágrima derramada por las víctimas se transforma ahora en el motor civil para reconstruir el hogar, la calle y el porvenir. Las familias heridas, pero jamás vencidas, caminan juntas hacia la reconstrucción, seguras de que la luz del sol volverá a brillar con fuerza sobre el litoral y de que este pueblo, forjado entre la tempestad y la esperanza, ya ha comenzado a renacer desde las profundidades del alma.

Antonio José Ledezma Díaz (San Juan de los Morros, 1 de mayo de 1955) es un político y abogado venezolano, destacado opositor al régimen de Nicolas Maduro. Actualmente exiliado político en España. Fue el alcalde mayor del Distrito Metropolitano de Caracas hasta 2015, cuando fue sustituido por Helen Fernández.También se ha desempeñado como alcalde del municipio Libertador de Caracas en dos ocasiones y gobernador del antiguo Distrito Federal. Fue dos veces Diputado del extinto Congreso Nacional de Venezuela (actual Asamblea Nacional) desde 1984 y fue elegido Senador de la República en 1994, siendo la persona más joven en ser elegida para ese cargo.
