De los pactos de Estado al dilema del chándal
Hubo épocas en las que la política giró en torno a la economía, la educación, la sanidad, las pensiones, la vivienda, el paro o la seguridad. Incluso hubo momentos en los que se habló con aparente seriedad de alcanzar grandes pactos de Estado, acuerdos llamados a sobrevivir a los cambios de gobierno y a situar determinados asuntos por encima de los programas electorales.
Aquellas aspiraciones, al parecer, junto a otras buenas intenciones, han quedado guardadas en el cajón de los olvidos.
Y luego están estos tiempos actuales y muy nuestros, en los que uno abre la prensa, enciende la televisión o brujulea en las redes sociales y descubre que el gran dilema nacional parece ser mucho más profundo: ¿vas en chándal o eres un fascista?
La expulsión del matiz
No es una exageración ni mucho menos. En las últimas semanas he leído varios artículos de opinión que, aun abordando cuestiones distintas, compartían un mismo hilo conductor: ya no basta con discrepar, no es elegible el claroscuro, ya no existe el matiz, la duda o el término medio. Todo debe resumirse en una elección absoluta: blanco o negro, buenos o malos, Madrid o Barcelona, conmigo o contra mí. Y, por lo visto, ahora también: chándal o fascismo.
Uno de aquellos artículos utilizaba precisamente un título muy parecido a ése. Ingenioso, provocador y diseñado ad hoc para las redes sociales, donde el éxito de una idea suele medirse por el número de clics y no por la cantidad de neuronas que obliga a utilizar. El problema es que, detrás de la ocurrencia, se esconde una tendencia cada vez más preocupante: convertir cualquier detalle cotidiano en un manifiesto ideológico.
DMOCRACIA: el armario como argumentario
De hecho, hace apenas unos días asistimos a una nueva demostración de hasta qué punto la estética ha entrado en el terreno político: una campaña institucional vinculada al entorno de Moncloa convirtió la vestimenta y la imagen informal en parte central del mensaje. El mantra, envuelto en estética juvenil, prendas informales y una puesta en escena muy estudiada, pretendía transmitir cercanía, empatía, modernidad y autenticidad. Nada nuevo en política: desde hace décadas los asesores de imagen saben que una fotografía bien construida puede llegar más lejos que un programa electoral de doscientas páginas. Total, muy poca gente lo va a leer. Y menos lo va a entender.
Pero resulta curioso observar cómo quienes durante años denunciaron la superficialidad de la política parecen haber descubierto ahora que una sudadera, un chándal o unas zapatillas pueden convertirse en argumentario político. El marketing ha terminado invadiendo hasta el más pequeño ropero.
Lo verdaderamente divertido es que la historia ofrece ejemplos para todos los gustos.
Uniformes, propaganda y poder
Si el chándal fuera realmente un indicador ideológico, habría que reescribir unos cuantos libros, ya que algunos de los dirigentes más reconocibles del siglo XX hicieron de esa prenda casi un uniforme oficial. Fidel Castro convirtió el atuendo militar en símbolo revolucionario durante toda su vida; otros líderes comunistas optaron por la austeridad estética como forma de propaganda; mientras tanto, en el otro extremo del espectro político tampoco faltaron uniformes, simbología y una obsesión enfermiza por la apariencia.
La conclusión es bastante sencilla: hasta la fecha, la ropa nunca había servido para medir la calidad democrática de nadie.
La excepción rojigualda
Debo resaltar que un tema muy distinto es cuando esa ropa —dígase chándal, camiseta, pulsera— lleva los colores de España y/o el escudo de la selección. Entonces ocurre un fenómeno sociológico digno de estudio. Durante unos días desaparecen las trincheras ideológicas, se silencian las guerras culturales, los expertos en etiquetar al prójimo hacen una tregua y millones de personas salen a la calle vestidas muy parecidas. La misma camiseta, la roja, la blanca, la primera equipación, la segunda o incluso la del Mundial 82, siempre y cuando lleve el escudo de España. Lo que en otros contextos podría interpretarse como una declaración política pasa, por arte balompédico, a convertirse en un símbolo compartido. Nadie pregunta si quien lo lleva vota a un partido u otro; basta con que aún ruede el balón. Resulta curioso comprobar que el tejido no cambia, pero sí el significado que decidimos darle.
Quizá ahí resida una de las mayores paradojas de nuestro tiempo: el único uniforme capaz de reconciliar a media España no es el de ningún partido, sino el de La Roja.
Durante noventa minutos dejamos de ser progresistas, conservadores, liberales, nacionalistas o abstencionistas. Somos simplemente España.
Después vuelve el reparto habitual de etiquetas, los bloques irreconciliables y las discusiones sobre quién representa mejor al pueblo. Pero, mientras el esférico esté en movimiento, hasta la polarización parece pedir un tiempo muerto o, según la moda de ahora, una pausa de hidratación.
Chandalismo y marketing revolucionario
Al margen de lo anterior, hay que hacer hincapié porque también resulta fascinante comprobar cómo determinados líderes, defensores de sistemas que proclamaban la igualdad material como destino inevitable de la humanidad, terminaron acumulando patrimonios, privilegios y niveles de vida bastante alejados del ciudadano corriente. Ahí aparece inevitablemente la ironía.
¿Era socialismo?
¿Era comunismo?
¿Chandalismo?
¿O era simplemente una excelente estrategia de marketing antes de que existiera la palabra marketing?
Porque la estética revolucionaria siempre ha vendido muy bien. Mucho mejor, de hecho, que la gestión.
Y eso explica por qué seguimos cayendo una y otra vez en el mismo juego.
Hoy discutimos sobre si un presidente debe llevar corbata, si un ministro puede acudir sin americana, si unas zapatillas deportivas representan cercanía con el pueblo o frivolidad institucional, si el chándal simboliza rebeldía o decadencia, y hasta si unos playeros de determinada marca esconden un mensaje político cifrado.
El futuro BOE del «dress code»
A este ritmo, cualquier día el Consejo de Ministros incluirá un apartado denominado «coordinación cromática institucional». Dress code, que siempre parece bastante más moderno —y hasta más sexy— que decir «código de vestimenta».
No sería extraño que acabara publicándose en el BOE una guía de estilo con recomendaciones del tipo: «la sudadera transmite proximidad», «la americana inspira solvencia», «las zapatillas conectan con los jóvenes» y «la corbata se utilizará únicamente en caso de crisis institucional o visita de un jefe de Estado».
Total, si la política ha decidido parecerse cada vez más a una agencia de publicidad, lo lógico es que el programa electoral acabe ocupando menos espacio que el manual de imagen corporativa.
Lo preocupante no es el chándal.
Ni la americana.
Ni la corbata.
Ni las deportivas.
Ni siquiera esos calcetines de colores que algunos políticos exhiben convencidos de que transmiten frescura mientras el ciudadano intenta recordar cuándo fue la última vez que pudo llenar el depósito del coche sin hacer cálculos domésticos.
Cuando la imagen devora las ideas
Lo preocupante es cuando dejamos que la estética sustituya completamente a las ideas.
Cuando una fotografía importa más que una ley.
Cuando una pose vale más que un argumento.
Cuando un eslogan de pocas palabras pretende resolver debates que requieren horas de conversación.
Y, sobre todo, cuando aceptamos sin rechistar que el adversario deje de ser alguien con quien discrepamos para convertirse automáticamente en una caricatura moral.
Democracia, discrepancia y sentido crítico
La democracia nunca ha necesitado unanimidad. Necesita exactamente lo contrario.
Necesita discrepancia.
Necesita argumentos.
Necesita sentido crítico.
Necesita ciudadanos capaces de escuchar algo más que el eslogan diseñado por un gabinete de comunicación.
Lo que no necesita es transformar cada prenda de ropa en un plebiscito ideológico.
Porque entonces dejamos de discutir sobre impuestos, pensiones, productividad, vivienda, empleo o servicios públicos para enfrascarnos en apasionadas discusiones sobre si el algodón representa mejor los valores constitucionales que el poliéster reciclado.
Y eso sí que sería una derrota colectiva.
La batalla cultural del armario
Quizá dentro de unos años los historiadores escriban que la gran batalla cultural de esta década no se libró en los parlamentos, sino en los armarios.
Que hubo quien creyó ver fascismo en una sudadera y revolución en una cazadora de pana o un pantalón de felpa.
Que las etiquetas dejaron de estar cosidas en la ropa para instalarse directamente sobre las personas.
Y mientras tanto, los problemas importantes siguieron esperando pacientemente a que alguien encontrara un hueco entre desfile y desfile.
Porque al final da exactamente igual vestir de Zara, de Armani, de Decathlon o de la tienda del barrio.
La democracia no mejora por el tejido.
Ni empeora por el color.
Y la libertad nunca ha dependido de la talla.
Posdatas para guardar en el armario
P. D. 1: Sigo sin tener claro si el auténtico chándal revolucionario debe ser de marca o de la prestigiosa firma «Marca Chándal». Aunque, si lleva el escudo de la selección española, parece que adquiere inmunidad parlamentaria durante unas semanas.
P. D. 2: Resulta llamativo que el único chándal capaz de poner de acuerdo a casi todo el país sea el de La Roja. Quizá convendría estudiar qué tiene una camiseta de fútbol que no hayan conseguido décadas de discursos, campañas institucionales y pactos imposibles.
P. D. 3: Si algún día el estado de nuestra democracia depende del tipo de goma que lleven los pantalones, quizá el problema nunca estuvo en el armario.
Aunque, visto lo visto, tampoco estaría de más guardar en él algún chándal de la selección: al menos ese consigue, de vez en cuando, que olvidemos durante noventa minutos que vivimos instalados en la bipolaridad. Luego el árbitro pita el final y cada cual vuelve disciplinadamente a su trinchera.

Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
