Asturias Liberal > España > Político profesional o profesional político: cuando el orden de los factores sí altera el valor del producto

La lógica matemática termina imponiéndose, tarde o temprano, pues la política admite relatos, pero la realidad siempre acaba haciendo cuentas.

Cuando las matemáticas se encuentran con las personas

Cuando estudié en el colegio me enseñaron una verdad aparentemente incontestable: el orden de los factores no altera el producto.

Una de esas leyes matemáticas que aceptamos sin rechistar, como que dos y dos son cuatro o que la regla de tres o el teorema de Pitágoras nunca se levantan con resaca.

Pero luego uno crece, ve pasar de soslayo la política, pasa unas cuantas horas en reuniones de empresa y descubre que las matemáticas son una ciencia exacta… hasta que intervienen las personas.

Porque en la vida real, y especialmente en determinadas empresas y en la política, el orden de los factores no solo altera el producto: lo transforma por completo.

No es lo mismo un político profesional que un profesional político.

Parece un simple cambio de palabras. Una pirueta gramatical.

Sin embargo, basta con invertir los términos para descubrir dos perfiles tan diferentes como inquietantemente parecidos.

El político profesional

El político profesional es un perfil totalmente conocido por todos; de hecho, suele ser más conocido ese gestor en la política, con su experiencia previa, que otros compañeros y su formación y experiencia anteriores.

Es quien ha hecho de la política su carrera.

Desde muy joven aprende el funcionamiento de un partido, enlaza responsabilidades, asesora, ocupa cargos públicos y va ascendiendo en el complejo escalafón institucional.

Vive por y para la política.

Su currículum es impecable… siempre que no se le pregunte qué hizo antes de entrar en ella.

No hay nada de malo en dedicarse profesionalmente a la política. Por supuesto que no.

Al contrario: gobernar requiere conocimiento, experiencia y capacidad de negociación. La democracia necesita personas preparadas.

El problema aparece cuando el objetivo deja de ser gobernar para convertirse en mantenerse en el cargo.

Cuando la prioridad ya no es cumplir el programa electoral, resolver los problemas diarios que van surgiendo o establecer nuevos parámetros en el largo plazo en pro de las siguientes generaciones, sino sobrevivir a la siguiente ejecutiva, al siguiente congreso o a la próxima confección de listas.

Entonces el talento más valioso deja de ser la gestión y pasa a ser el cálculo matemático e impersonal: hablar mucho sin decir demasiado, prometer sin concretar, molestar lo justo y acertar siempre… con el resultado de las encuestas del día siguiente.

El profesional político en la empresa

Pero aún más fascinante, si cabe, resulta el otro personaje: el profesional político.

No trabaja en un ayuntamiento ni ocupa un escaño. Se encuentra en muchas empresas privadas.

Es ese directivo, mando intermedio o ejecutivo que muchos tenemos en mente y que ha convertido la política en una actitud profesional.

Jamás dice exactamente lo que piensa, ni discrepa en público, ni se enfrenta a quien manda, pero tampoco lidera nada que pueda poner en riesgo su posición.

Su especialidad consiste en navegar entre dos aguas sin mojarse los zapatos.

Habla un idioma propio y nunca dice «no», pues prefiere expresiones como «habrá que analizarlo en interno», «es un tema sensible», «lo estudiaremos» o los eternos «tomamos nota» y «vamos viendo».

Tiene una capacidad extraordinaria para asistir a todas las reuniones igual que un ninja, sin ser visto ni salir señalado de ninguna.

Y otra aún mayor para aparecer en la fotografía cuando el proyecto sale bien y desaparecer discretamente cuando fracasa, pues nunca se equivoca: si algo es exitoso, el causante habrá sido él; en cambio, si falla, la decisión se tomó de forma consensuada.

Nunca una mala palabra, pero tampoco una buena acción que pueda alterar el cómodo equilibrio de las cosas.

Su obsesión no es transformar la organización, sino sobrevivir a la próxima reorganización.

No dirige: gestiona percepciones.

No toma decisiones: construye consensos para que nadie tenga que decidir demasiado.

Y, curiosamente, ese perfil suele prosperar en aquellas organizaciones donde el mérito se confunde con la prudencia y donde equivocarse haciendo resulta mucho más peligroso que la inacción.

Dos especies cada vez más parecidas

Al final, el político profesional y el profesional político acaban pareciéndose demasiado.

Uno mide sus palabras para no perder votos. El otro, para no perder despacho.

Uno vive pendiente de las encuestas. El otro, del organigrama.

Uno promete cambios. El otro promete expresiones.

Ambos dominan el noble arte de hablar durante largos y vacíos minutos sin dejar un solo titular y ambos han convertido la ambigüedad en una forma de supervivencia.

Quizá por eso cada vez cuesta más distinguir dónde terminan sus organizaciones: la política y la empresa.

Porque hay empresas que parecen parlamentos: abundan los discursos, las reuniones y las declaraciones de buenas intenciones, pero nadie decide.

Y hay parlamentos que se comportan como consejos de administración de una gran corporación: más preocupados por el «y tú más» y por preservar el sillón que por asumir riesgos.

Conmutatividad y simetría

Y es aquí donde merece la pena volver a las matemáticas, pues nos ofrecen dos propiedades tan elegantes como precisas.

La primera es la propiedad conmutativa, según la cual, en una multiplicación, el orden de los factores no altera el producto.

La segunda es la propiedad de simetría, que establece que determinadas relaciones funcionan en ambos sentidos: si A es hermano de B, necesariamente B es hermano de A.

Pero basta con abandonar el terreno de los números para descubrir que la política no entiende ni de conmutatividad ni de simetría.

Porque no es lo mismo un político profesional que un profesional político.

Aunque las palabras sean las mismas y únicamente cambie su orden, el resultado es completamente distinto.

En la política, la conmutatividad fracasa.

Y tampoco existe simetría entre ambos perfiles.

Un político profesional, acostumbrado durante toda su vida al ecosistema de los partidos y la política, los gabinetes y las instituciones, difícilmente encontraría acomodo —o tiempo de permanencia— en una empresa privada donde cada decisión se evalúa por resultados, productividad, competencia y creación de valor.

Allí no basta con gestionar discursos, equilibrios o mayorías; hay que gestionar clientes, equipos, balances y realidades.

Y defenderlos todos los días.

Sin embargo, un profesional político —ese experto en sobrevivir, en no incomodar, en decir mucho sin comprometerse con nada, en nadar siempre entre dos aguas y en convertir la ambigüedad en una forma de vida— probablemente se adaptaría a la política institucional con una facilidad pasmosa.

De hecho, en ocasiones daría la impresión de llevar allí toda la vida.

Y esa es, quizá, la mayor ironía de esta historia.

Cuando el poder entra en la ecuación

Las matemáticas nos enseñan que cambiar el orden de los factores no modifica el resultado y que algunas relaciones son perfectamente simétricas.

La experiencia, en cambio, demuestra que cuando los factores son personas, trayectorias, incentivos y poder, el orden sí altera el resultado y las relaciones rara vez son recíprocas.

No es lo mismo vivir de la política que convertir la política en una manera de ejercer cualquier profesión.

No es lo mismo liderar que calcular.

No es lo mismo decidir que aplazar.

No es lo mismo crear valor que conservar una posición.

Quizá el verdadero problema no sea la existencia de políticos profesionales ni de profesionales políticos.

El problema comienza cuando unos y otros olvidan que las organizaciones —sean gobiernos o empresas— no existen para proteger la comodidad de quienes las dirigen, sino para servir a quienes dependen de ellas.

Al fin y al cabo, las matemáticas son exactas porque los números no tienen intereses, ni ambiciones, ni miedo a equivocarse.

Son simples números y no tienen corazón ni personalidad propia.

Las personas sí.

Y por eso, cuando el poder entra en la ecuación, la conmutatividad deja de cumplirse y la simetría desaparece: cambiar el orden de las palabras cambia el resultado, y recorrer el camino de ida no garantiza que exista un camino de vuelta.

La empresa privada ante la falta de resultados

Y aquí aparece la gran diferencia entre una empresa privada y una organización política.

En la empresa privada, la acumulación de profesionales políticos —personas más preocupadas por mantener su posición que por aportar soluciones, más pendientes de no equivocarse que de acertar, más centradas en el equilibrio interno que en la creación de valor— acaba teniendo consecuencias inevitables: dejan de avanzar porque nadie empuja, dejan de ganar porque nadie arriesga.

Y cuando una empresa deja de ganar, la realidad acaba imponiendo su propia ley: pierde competitividad, pierde oportunidades y puede terminar desapareciendo.

El mercado no entiende de excusas, de discursos bien construidos ni de equilibrios permanentes.

Una empresa puede sobrevivir durante un tiempo con falta de ambición, pero no puede sobrevivir indefinidamente sin resultados.

La política y la cuenta de votos

En política, en cambio, esa misma falta de avance funciona con una lógica diferente.

Las consecuencias no llegan necesariamente en forma de cierre o desaparición, sino que quedan depositadas en manos del sufragio.

Es la ciudadanía, mediante su voto, quien decide si una forma de gestionar merece continuidad o debe ser sustituida.

Esa es quizá la gran paradoja: una empresa tiene una cuenta de resultados que no admite demasiadas interpretaciones; la política tiene una cuenta de votos que puede tardar años en reflejar sus verdaderos resultados.

Por eso conviene recordar que, aunque las matemáticas sean exactas y la política sea humana, ambas comparten una regla básica: cuando una ecuación no funciona, hay que cambiar los elementos que la componen.

Porque ninguna organización, pública o privada, puede permitirse eternamente vivir de la conservación.

La pregunta que resuelve la ecuación

Al final, la diferencia entre avanzar y quedarse quieto suele estar en una pregunta muy sencilla:

¿Estamos dedicados a construir algo mejor o simplemente a evitar que nada cambie?

Y la respuesta, tarde o temprano, siempre acaba apareciendo en la ecuación.

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