Asturias Liberal > Aportaciones > Hacia el futuro

Venezuela se encuentra ante la encrucijada más profunda de su historia republicana. No es solo un dilema de matrices económicas o de reajustes institucionales; es un desafío de carácter espiritual y existencial.

Para salvar a la nación de las garras de la tiranía que la viene oprimiendo, primero debemos rescatarla del letargo histórico en el que algunos pretenden encadenarla.

El porvenir no se hereda ni se copia del ayer: el porvenir se conquista marchando con paso firme hacia la modernidad.

El peligro de convertirnos en Comala

Nuestra patria no puede resignarse a convertirse en Comala, ese pueblo espectral que la genialidad de Juan Rulfo retrató como el reino absoluto de la desolación. Vivir atrapados en el retrovisor de la historia, suspendidos entre el encono justificado hacia los verdugos y la nostalgia paralizante de «la Venezuela de antes», es condenar a nuestra sociedad a un exilio interior.

Al igual que Juan Preciado, quien cruzó llanos áridos buscando la sombra idealizada de un padre que terminó siendo un déspota absoluto, muchos venezolanos corren el riesgo de buscar soluciones milagreras invocando las viejas fórmulas o los viejos caudillos que abrieron las compuertas del desastre.

Comala está habitada por fantasmas que no descansan porque viven rumiando sus viejas quejas. No permitamos que nuestro debate público sea un coro de murmullos inertes. Los pueblos que solo miran al pasado terminan habitándolo, convirtiéndose en sombras que hablan solas en la oscuridad.

El pasado debe ser escuela cívica, nunca un ancla; debe ser el aldabonazo que nos alerte contra los abismos del populismo, pero jamás la celda que clausure los sueños de redención de nuestros hijos.

El país portátil

Esta tendencia a la provisionalidad no es nueva. Ya nos lo advertía Adriano González León en las páginas memorables de País Portátil. Durante décadas, Venezuela ha sido tratada por muchos como una nación de paso, una maleta a medio hacer, un territorio de riquezas súbitas donde todo se improvisa y nada echa raíces profundas.

Vivimos bajo la ilusión de que el país es un campamento petrolero portátil que se puede mudar, abandonar o añorar desde la distancia, sin asumir el compromiso de fundar instituciones sólidas e indestructibles.

Hacia el futuro significa, precisamente, desarmar ese armatoste portátil y edificar los cimientos de concreto de una República institucional.

Significa dejar atrás la inmadurez de esperar un Mesías o un quiebre mágico que resuelva por sí solo lo que requiere el esfuerzo sostenido de generaciones.

Para estabilizar la nación, debemos transformarla de un campamento provisional a una patria permanente, unida por la ley, la educación y el trabajo creador.

La realidad del poder

Esa madurez civil nos exige mirar la realidad de frente, sin los autoengaños que tanto daño nos han hecho. Como bien ha señalado con agudeza internacional Moisés Naím, la Venezuela de hoy no enfrenta una dictadura convencional, sino un complejo entramado de ocupación de potencias extranjeras combinada con carteles criminales autocráticos que operan bajo lógicas transnacionales.

La ingenuidad de creer que estas estructuras abandonarán el poder simplemente por la inercia de una votación formal o por el peso de la nostalgia popular ha quedado sepultada por la fuerza de los hechos.

Naím nos advierte sobre el peligro y la promesa de una recuperación económica tramposa o escurridiza, controlada por oligarquías que buscan maquillar la tiranía con fachadas de normalidad económica. Frente a este «autocratismo reinventado», la resistencia y el diseño del mañana no pueden ser improvisados.

El rescate del país requiere alianzas globales firmes, el desmontaje técnico de economías ilícitas y una reactivación energética guiada por la meritocracia, la inversión multinacional transparente y un Estado con justicia.

El romanticismo político ha muerto; el futuro nos exige la precisión quirúrgica del estadista.

La brújula de la verdad

¿Dónde descansa entonces la brújula de nuestra esperanza? En la palabra honda y transparente de nuestro poeta mayor, Rafael Cadenas. En su poema Ars Poetica, Cadenas nos legó un mandato que hoy resuena como una guía de reconstrucción nacional: “Que cada palabra lleve lo que dice… No he de proferir adornada falsedad… Seamos reales. Quiero exactitudes aunque sean aterradoras”.

El camino hacia adelante nos exige despojarnos de la retórica vacía, de los discursos rimbombantes que prometen el paraíso a la vuelta de la esquina y de las falsas maniobras que debilitan la causa democrática. El porvenir de Venezuela no se dibuja con las ilusiones del autoengaño, sino asumiendo el peso de nuestras realidades por más aterradoras que parezcan.

Cadenas nos invita a reconciliarnos con la verdad y con el presente, porque solo pisando tierra firme se puede saltar hacia el mañana.

Fundar el propio destino

Dejemos que el polvo de Comala se asiente y que los muertos entierren a sus muertos. Desarmemos para siempre el país portátil del populismo improvisado. Miremos con los ojos lúcidos y científicos el tamaño del monstruo que enfrentamos, y marchemos, guiados por la exactitud cívica, hacia la reconstrucción moral de la República.

El futuro nos aguarda, no en la niebla del ayer, sino en la luminosa verdad de una Venezuela que se atreve, por fin, a fundar su propio destino.

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