Asturias Liberal > Asturias > La Universidad y el ridículum de las 108 páginas

Cada vez que la Universidad de Oviedo pierde puestos en un ranking internacional, ponemos en marcha el ritual habitual: metodología, financiación, demografía, competencia internacional… y, por supuesto, la inevitable explicación de que «los rankings no reflejan toda la realidad».

Probablemente sea cierto pero quizá deberíamos preguntarnos qué realidad estamos midiendo.

Porque en la noticia sobre la caída de la Universidad de Oviedo en el ranking de Shanghái aparece también una explicación que me ha llamado especialmente la atención: el descenso estaría relacionado, entre otras cosas, con la jubilación de investigadores de gran peso y con que «el relevo se tiene que consolidar».

Hombre, claro. Por supuestísimo.

Cuando el relevo tiene que «consolidarse»

O sea que, si extrapolamos el argumento al mundo empresarial, podemos encontrarnos con situaciones ciertamente curiosas.

Imaginemos que Amancio Ortega se jubila y, como consecuencia, Inditex pasa de estar entre las cinco grandes empresas mundiales a ocupar el puesto 4.327 porque «el relevo se tiene que consolidar».

Pues nada, que vaya perdiendo dinero tranquilamente hasta que el relevo se consolide.

Total, son cosas que pasan.

El problema, en mi opinión, es que llevamos demasiado tiempo preocupándonos por el puesto que ocupamos en determinados rankings y bastante menos por qué entendemos por prestigio universitario y cómo decidimos medirlo.

Durante años, mientras trabajaba en una empresa por cuenta ajena y participaba en numerosos proyectos de I+D, muchos de ellos en colaboración con la Universidad de Oviedo, mantuve una discusión bastante recurrente —hasta la saciedad, debo reconocerlo— con responsables de Innovación y Educación del Principado.

Mi argumento era, y sigue siendo, sencillo:

mientras el prestigio universitario se mida fundamentalmente por publicaciones, citas y patentes, tendremos una Universidad muy buena publicando, pero no necesariamente una Universidad imprescindible para Asturias.

El currículum que parecía una novela rusa

Recuerdo especialmente un proyecto en el que tuve delante el currículum de uno de los investigadores.

Tenía 108 páginas.

Ciento ocho.

Aquello no era un currículum; era una novela rusa.

Publicaciones, patentes, congresos, referencias académicas… Impresionante.

Pero hice una búsqueda bastante poco académica.

Busqué cuántos proyectos había desarrollado con empresas. Ninguno. Cero.

Y ahí, con cierta socarronería asturiana, les decía a los responsables políticos:

«Seréis realmente importantes cuando lo que más se valore sean los proyectos que hacéis con las empresas».

La propuesta tampoco hacía demasiada gracia: ¿por qué no conseguir que los profesores e investigadores universitarios pasasen, al menos, un mes al año trabajando dentro de una empresa?

No para hacerse una foto ni para inaugurar nada sino para conocer sus problemas, sus costes, sus procesos, sus limitaciones y, sobre todo, esa peculiar costumbre que tienen las empresas de necesitar soluciones antes de que termine el siguiente ejercicio.

Porque una cosa es investigar sobre un problema y otra muy distinta es tener delante a una empresa diciendo:

«Esto no funciona. Necesito que lo soluciones».

Ahí empieza una transferencia de conocimiento bastante más interesante que muchas presentaciones sobre transferencia de conocimiento.

Saber no basta: hay que saber transmitir

Ahora bien, aquí también haría un matiz importante: haber pasado por una empresa no convierte automáticamente a nadie en buen profesor universitario.

Hace falta algo más: actitud y aptitud.

Porque saber mucho no significa necesariamente saber explicarlo. Y tener experiencia profesional tampoco garantiza saber transmitirla.

La Universidad necesita profesores que conozcan la teoría, pero también que sepan comunicarla, entusiasmar al alumno, responder a sus dudas y, cuando sea posible, explicar qué ocurre cuando esa teoría sale del libro y se enfrenta con la realidad.

Por eso siempre he defendido una combinación bastante sencilla: conocimiento académico, experiencia práctica y capacidad para transmitirlo.

Teoría y práctica, conocimiento y experiencia, actitud y aptitud.

Porque de poco sirve tener una extraordinaria experiencia profesional si, después, uno es incapaz de explicarla.

El sistema obtiene exactamente aquello que premia

Y conviene aclarar algo más: las publicaciones y las patentes son necesarias. La investigación básica es imprescindible y no todo conocimiento tiene que acabar inmediatamente convertido en una cuenta de resultados.

El problema aparece cuando el sistema acaba premiando mucho más publicar un artículo que resolver un problema real porque entonces no deberíamos sorprendernos de que nuestros investigadores publiquen.

Les estamos pagando, profesionalmente, para que publiquen.

Les estamos diciendo que eso es lo que cuenta.

Y después nos preguntamos por qué la Universidad y la empresa siguen hablando idiomas diferentes.

El sistema mide extraordinariamente bien aquello que es fácil de contar: publicaciones, citas, patentes, proyectos europeos…

Pero hay otras cosas bastante más difíciles de meter en una casilla:

●¿Cuántas empresas han colaborado realmente con la Universidad?

●¿Cuántos problemas industriales se han resuelto?

●¿Cuántas tecnologías han llegado al mercado?

●¿Cuántas empresas han mejorado gracias a esa investigación?

●¿Cuántos investigadores conocen de verdad el funcionamiento de una empresa?

●¿Cuánto conocimiento universitario ha contribuido realmente a transformar Asturias?

Quizá esas preguntas deberían tener también su propio ranking.

Una Universidad relevante para Asturias

Porque Asturias no necesita solamente una Universidad prestigiosa en Londres, Shanghái o Boston.

Necesita una Universidad relevante en Avilés, Gijón, Langreo, Mieres o Llanera.

Una Universidad a la que las empresas llamen cuando tengan un problema, no solamente cuando necesiten firmar un convenio.

Y quizá haya una pregunta definitiva para medirlo:

¿Cuántas empresas asturianas echarían de menos a la Universidad de Oviedo si mañana desapareciera?

Ese ranking sí me interesaría conocerlo.

Porque el verdadero prestigio universitario no debería medirse únicamente por cuántas veces citan a un investigador.

También por cuántas veces lo llaman porque hay un problema que necesita solución.

Lo que no estaba en aquellas 108 páginas

Y aquí vuelvo a aquel currículum de 108 páginas.

Quizá el problema no fuera que fuese demasiado largo sino que quizá el problema fuera lo que no encontré dentro.

Entre tanta publicación, tanta patente, tanta referencia y tanto congreso, busqué algo que para mí era mucho más importante:

la huella de su trabajo en el mundo real.

Porque un currículum puede ser extraordinario y, sin embargo, no decir gran cosa de la capacidad de una persona para transformar aquello que tiene alrededor.

Y tampoco se trata de enfrentar Universidad y empresa. Todo lo contrario.

Una buena Universidad necesita investigación, conocimiento, publicaciones y patentes.

Pero una buena Universidad pública necesita también devolver a la sociedad que la sostiene parte de ese conocimiento en forma de innovación, empresas, profesionales mejor preparados y problemas resueltos.

Si no, corremos el riesgo de convertir la transferencia de conocimiento en otra asignatura teórica.

Y ya tenemos bastantes.

Medir aquello que transforma

Quizá el verdadero prestigio no esté solamente en cuántas veces aparece citado un investigador, sino en cuántos problemas ayuda a resolver.

Y quizá la caída en los rankings debería servir precisamente para revisar las reglas del juego.

Porque si medimos lo que es fácil de contar, acabaremos premiando aquello que es fácil de publicar.

Y si queremos una Universidad realmente relevante para Asturias, tendremos que empezar a medir también aquello que realmente transforma Asturias.

Por eso me sigue haciendo gracia aquel currículum de 108 páginas.

Porque entre un currículum y un ridículum hay una diferencia muy pequeña.

No está en el número de páginas sino que está en lo que hay detrás de ellas y, sobre todo, en lo que queda fuera de ellas.

Porque al final, un buen currículum debería demostrar lo que uno sabe.

Pero una Universidad verdaderamente buena debería demostrar para qué sirve lo que sabe.

Mientras tanto, podemos seguir mirando los rankings.

Que, al menos, tienen una ventaja:

son mucho más fáciles de contar que la realidad.

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